José Luis Sampedro. / daniel mordzinski

José Luis Sampedro ha logrado la que fue, quizá, su mayor ambición en los últimos años de su vida: “Morir dulcemente, como muere un río en el mar”. Hace dos años, ya notaba en sus labios resecos el saborcillo acre de la sal. No le amargaba esa certeza. No tenía miedo, en absoluto. Tampoco prisa ninguna. Se dejaba morir día a día viviendo intensamente su último amor con su esposa, la filósofa Olga Lucas, 30 años más joven. Disfrutando como un chiquillo de su idilio con los jóvenes a los que animó a rebelarse. Y sufriendo en privado las servidumbres de su vejez con un estoicismo y un humor a prueba de sus más íntimas calamidades. “Míreme usted: estoy hecho un despojo”, bromeaba a medias, “pero mientras me rija la cabeza y pueda ir al baño solo, aquí estoy, tan campante”.

Cierto era. Nunca he visto a nadie más frágil ni más fuerte. Las cataratas que nublaban sus ojos no le cegaban al sufrimiento ajeno. La sordera no le impedía oír el pulso de la calle y los aldabonazos de su conciencia. Su declive físico no era óbice para amar la vida como un adolescente. Ese amor, esa alegría y esa compasión por el prójimo que le acompañaron durante toda su vida, no le habrán abandonado, seguro, hasta su último aliento. “¿Por qué voy a estar triste, si estamos rodeados de milagros?”, contestó a la estúpida pregunta de si no le daba pena la partida. “Piense en un huevo. Un gran invento sin técnica, sin científicos, sin nada. El huevo es una maravilla”. A ver quién era el guapo que le llevaba la contraria.

Nos recibió en su apartamento alquilado frente a la playa de Mijas, en la costa de Málaga. El mar y la luz se colaban hasta la cocina. Estaba escribiendo algo, a mano, el folio sobre una tabilla, de espaldas frente a la ventana y, al levantarse, se alzó ante nosotros un gigante místico. Una calavera animada por el aura de sus cuatro pelos blancos y el fulgor de sus ojos azulísimos. Puro hueso y espíritu. Pero espíritu enamorado. Fue lo primero que quiso decir. Pregonar su devoción a su esposa —“mis ojos, mis oídos, mis manos. Por ella vivo; sin ella, estaría muerto”—, con la que acababa de escribir Cuarteto para un solista (Plaza y Janés, 2011), una especie de testamento de su visión del mundo, del hombre y de la vida.

Luego nos embarcamos en una conversación río. Se le preguntara lo que se le preguntase, volvía por meandros inverosímiles a la esencia de su pensamiento. Somos naturaleza. Estamos jugando con fuego. Poner al dinero como bien supremo nos conduce a la catástrofe. Entre su sordera y su verborrea y mi torpeza y mis nervios, creí, ilusa y soberbia, que tendríamos que repetir el encuentro para poder entender aquel torrente. Cuánta ignorancia. Al oír la grabación, ahí estaba todo. Todo Sampedro. Un tesoro sencillo, compacto, brillante sin estridencias, como el acero viejo.

Al despedirnos, en el rellano de su puerta bautizado por él como “calle de la República”, escogió, entre todos, el ascensor como el mejor invento del siglo XX. Y del XXI. Quizá porque las escaleras de su casa le impedían bajar más a menudo de lo que quería a la arena de la playa que veía desde su ventana. Se conformaba, decía, con ver a los gorriones picar las migas del chiringuito. Así se consideraba. Un ave de paso. Un río que siempre es el mismo y siempre es distinto. Su única ambición, nos dijo, era morirse sin molestar a nadie. Así ha sido. Nos enteramos ayer de su muerte cuando Sampedro ya era polvo. Pero polvo enamorado.

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