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Manual de moribundos

Desde su experiencia y sin florituras literarias, Iona Heath defiende con lucidez la naturalidad de la muerte

Maxine Peters agoniza, en compañía de familiares y amigos, en su casa de Gladesville en Virginia. Ampliar foto
Maxine Peters agoniza, en compañía de familiares y amigos, en su casa de Gladesville en Virginia.

 Es un librito mínimo, apenas 126 páginas de un pequeño volumen de bolsillo con mucho espacio blanco alrededor del texto, y además una veintena de esas páginas son de notas. Pero he tardado varios días en acabarlo, porque cada pocos párrafos tenía que pararme a digerir.

No es un libro fácil de leer.

Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes) para llegar a una sabiduría tan desnuda

Y no lo es no sólo por la densidad del pensamiento, sino también por los ecos reverberantes que suscitan sus líneas, por el miedo y la pena y la maravilla, por los recuerdos y por las verdades esenciales que una siente que roza con la punta de los dedos mientras lee este ensayo.

Es un texto que trata de la muerte. Es decir, de la vida. Lo expresa muy bien su autora en uno de esos pensamientos formidables que te hacen cerrar el volumen y rumiarlos un rato: “Morir es parte de la vida, no de la muerte; hay que vivir la muerte”. Es una frase que define a la perfección lo que es este libro: esa sencillez, esa sustancialidad, ese peso categórico de unas ideas que parecen estar talladas en piedra. Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes, puesto que ese es el tema de este ensayo) para llegar a una sabiduría tan desnuda. El texto de Iona Heath (de la doctora Iona Heath, como se encarga de poner, significativamente, en la portada del libro) carece por completo de florituras literarias. Yo diría incluso que carece ferozmente de ellas, como si la autora se hubiera empeñado en limpiar los párrafos de todo adorno superfluo, en dejar sus palabras reducidas al puro hueso, un esqueleto blanco; o como si el afán estético, en un tema como este, tuviera algo de sucio, algo de indigno, y supusiera una traición a sus muertos, o sea, a los pacientes que ella vio agonizar.

Porque Iona, ya está dicho, es, sobre todo, una doctora. Es inglesa y en su biografía no viene su fecha de nacimiento, fastidiosa y tópica omisión que me irrita bastante y que parecería demostrar que, pese a su indudable lucidez, a su madurez existencial y su hondura humana, Heath padece tontas coqueterías y problemas con el paso del tiempo como todo el mundo. Sí dicen que empezó a trabajar en la medicina generalista en 1975, así que debe de tener sesenta y pocos años. Este libro, Ayudar a morir, es el compendio de todo lo que ha aprendido en casi cuatro décadas de frecuentar la frontera de la Oscuridad. “Escribo para encontrar mi camino”, dice Iona, y con estas palabras empieza su texto. Interesante arranque: su camino a través del enigma de la agonía de los otros, porque morir siempre es difícil y monumental y complejo. Y su camino hacia su propia finitud. Porque de lo único de lo que podemos estar seguros en esta vida es de que todos llegaremos antes o después a eso.

Fue Alejandro Gándara, que actualmente está escribiendo un ensayo sobre la muerte que estoy deseando leer, quien me recomendó este libro. Se lo agradezco: es una obra que te deja la sensación de haber aprendido algo de verdad necesario. “¿Por qué son tan pocos los pacientes que tienen lo que se calificaría como una buena muerte?”, se pregunta espeluznantemente Iona Heath; y lo de espeluznante viene a cuento porque ella, claro, sabe de qué habla. Es una especialista que conoce lo difícil que es ese tránsito final. Esa parte de la muerte, que es la agonía, es la que tenemos que vivir; y cada día no sólo pensamos menos en ella, sino que además la negamos y ocultamos. Y así, la muerte se ha convertido en una suerte de anomalía. O como dice Heath: “Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse en lugar de posponerse”. La gente fallece en los hospitales, rodeados de máquinas y de profesionales sanitarios que no les conocen y que les tratan más como una cosa o un caso (un enfermo terminal) que como la persona que son.

Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor

“La negación contemporánea de la muerte impone agobios adicionales tanto a médicos como a pacientes”, dice la autora. Y explica que un estudio realizado en un hospital de casos críticos en Estados Unidos, reveló que el 55% de los enfermos con demencia senil murieron con los tubos de alimentación forzada aún puestos. Heath menciona unas palabras formidables de B. Keizer: “Uno de los encuentros más desafortunados de la medicina moderna es el de un anciano débil e indefenso, que se acerca al final de su vida, con un médico joven y dinámico que comienza su carrera”. Y añade otra cita aún más demoledora de C. Ricks: “En Estados Unidos hoy es casi imposible morir con dignidad a menos que se trate de una persona pobre”.

Heath usa muchas citas, pero enhebradas con el propio texto, depuradas, hechas carne, ese tipo de citas recogidas a lo largo de toda una vida que terminan convirtiéndose en puntos cardinales de la existencia. Con sus propias palabras y con las de otros, Iona Heath intenta acercarse a lo que puede ser una buena muerte. En tu casa, con tus seres queridos. Construyendo una narración de la propia vida. Incluso quizá con algún dolor, aventura Heath, si el paciente sabe que puede controlarlo si lo desea con sólo pedir más analgesia: “Por lo que parece, todas las cosas contra las que luchamos, el dolor, la enfermedad y el envejecimiento, son, en cierto modo, las cosas que hacen posible la muerte”. El estilo austero y epitafial de Heath termina adquiriendo cierto aroma litúrgico. Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor. Y el anhelo de la serenidad final y la aceptación. “A medida que se envejece se van sufriendo más pérdidas, sobre todo de seres queridos, y cuando la gente perdió a muchas personas que le resultaban importantes se le hace más fácil morir. La muerte de los otros abrió el camino, y en ese sentido los muertos ayudan a los vivos a morir. Tal vez cuando los muertos superen a los vivos estos puedan acompañar a aquellos, y tal vez sea por eso que a los jóvenes les cuesta tanto morir”. Un libro seco, revelador y distinto.

Ayudar a morir. Iona Heath. Editorial Katz. Madrid, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu. 126 páginas. 13 euros.