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El Rijksmuseum reabre sus puertas tras una restauración de una década

El museo nacional holandés presenta sus nuevos espacios

Están diseñados por los arquitectos sevillanos Cruz y Ortiz

Costaron 10 años de obras y 375 millones de presupuesto

El centro acoge a artistas como Rembrandt, Vermeer o Hals

'La ronda de la noche' de Rembrandt vuelve a la sala de honor del Rijksmuseum. Ver fotogalería
'La ronda de la noche' de Rembrandt vuelve a la sala de honor del Rijksmuseum. Cortesía del Rijksmuseum

Un agradable olor a carpintería nueva recibió ayer a la hora en la que Ámsterdam aún peleaba con las sábanas a los primeros visitantes a la reapertura del Rijksmuseum tras 10 años de obras de remodelación y un gasto público-privado de 375 millones de euros. Vacilantes, mecidos por la milagrosa luz natural que los arquitectos sevillanos Cruz y Ortiz han logrado sacar a golpes al cielo rácano del norte, deambulaban los (aún no demasiados) periodistas por la Galería de Honor del museo, la dedicada al XVII, siglo de Oro de la pintura holandesa, como quien pasea por una fiesta de exalumnos en busca de los rostros conocidos: ¡El bueno de Vermeer! ¡Frans Hals, viejo canalla! O Rembrandt, claro, que se diría que por el muy condenado no pasan los años.

Y a juzgar por las atenciones que durante todo el día recibió su obra maestra La ronda de noche estaba claro quién era el verdadero anfitrión de la fiesta. “Desde la misma inauguración del museo en 1885, Rembrandt siempre lo ha sido”, explicaría después en la biblioteca Wim Pijbes, director general de una institución que ha recibido el mayor lifting de su historia. La revolución, aunque silenciosa, es total: se han simplificado los espacios, recuperado parte de las ornamentaciones del edificio original y cambiado el color de las paredes a un tono azul polémica. La colección luce ahora reordenada con tesis historicistas y algo nacionalistas y vertebrada por un espectacular atrio de 3.000 metros cuadrados que rige la vida de un museo del XIX, listo para la pelea del siglo XXI. Además, se ha construido una biblioteca, un pabellón dedicado a la parte asiática de la colección y la Atelier House, casa de conservadores y restauradores, abierta en 2005.

Los miembros de la patrulla ciudadana de arcabuceros del enorme lienzo de Rembrandt parecían ayer aliviados por haber vuelto a casa en una mudanza de tintes cinematográficos (el lienzo tuvo que trepar por una trampilla practicada a los pies de su colocación actual). Fue para el cuadro el final de una década pasada con otras obras maestras de la colección en un espacio anejo al mastodonte museístico tardorromántico construido por Pierre Cuypers para subrayar el orgullo artístico nacional de Holanda.

Los patrulleros también parecían felices de encontrar el hogar familiar más aseado y luminoso. Cambiado a mejor… para que todo permanezca igual: dentro de la respetuosa labor de los arquitectos destaca la dedicación de un equipo de artesanos ha trabajado durante nueve años en recuperar las pinturas primigenias de la Galería de Honor, que sigue siendo el lugar reservado para las joyas de la colección nacional. La lechera y otras escenas domésticas de Vermeer y De Hooch, la quietud aérea de las vistas arquitectónicas de Saenredam o El cisne amenazado, de Jan Asselijn ya vuelven a colgar de las viejas paredes. O casi: salvo en el caso del monumental rembrandt nocturno, los conservadores se enorgullecen de haber colocado las ocho mil piezas escogidas entre el millón de la colección en un orden distinto del anterior a la remodelación.

Una de las galerías del museo durante la restauración.
Una de las galerías del museo durante la restauración. CORTESÍA DEL RIJKSMUSEUM

Otro que parecía aliviado hacia el final de la mañana y ante un enjambre de cámaras (el Gobierno acreditó a 500 periodistas de todo el mundo para el magno evento) fue Antonio Ortiz (el segundo Antonio, Cruz, escogió perderse el gran día). Después de todo, ayer marcó el simbólico final de un largo proceso que se prolongó durante cinco años más de lo previsto y acabó con una desviación presupuestaria de decenas de millones. El miércoles por la tarde, en su oficina Ortiz repasó con cuajo sevillano las vicisitudes de una empresa que, a la vista de las primeras críticas especializadas y el sentir general de la ciudad estos días, va camino de consagrarles en la liga de los arquitectos alérgicos al vano espectáculo.

Atrás quedan las polémicas urbanísticas, los enfrentamientos con la poderosa comunidad ciclista de la ciudad (quería seguir pedaleando a toda costa por el pasaje que parte de norte a sur el complejo y paralizó las obras durante dos años hasta conseguirlo en 2009) o el reto de culminar la quimera de ampliar el museo unos nueve metros en dirección al centro de la tierra en una ciudad (y un país) agusanados por los canales y con dos disuasorios dichos al respecto: “No puedes cavar sin acabar mojado” y “si quieres hacer un agujero, ya puedes ir buscando un marinero”.

De la intervención arquitectónica quedará el prodigioso cálculo de los ingenieros y el trabajo de los buzos, que hicieron posible la ocurrencia de Cruz y Ortiz: unir bajo el nivel de la calle dos patios que languidecían desaprovechados para crear una plaza de luminosidad balsámica que repta como un anfibio bajo el pasaje de la discordia, alberga los servicios comunes (tienda, aseos o restaurantes) y es de acceso gratuito para todos. Del techo de ese espectacular atrio penden las que desde ya son las nuevas señas de identidad del Rijksmuseum del siglo XXI: dos gigantescas estructuras metálicas cuadradas bautizadas como chandeliers que distribuyen la luz y el espacio de día e iluminan la estancia de abajo arriba cuando cae la noche.

El enorme espacio prepara a los visitantes para aquello que prometía el viejo eslogan de otra reapertura del Rijksmuseum, la de la institución que superó el trágico paréntesis de la II Guerra Mundial: “Vuelva a encontrarse con los maestros”. Los del XVII están en la segunda planta, donde, en torno a la Galería de Honor se organizan salas con obras del joven Rembrandt, bodegones de espárragos de Adriaen Coorte y espacios que mezclan pinturas y objetos bajo temáticas como el caravaggismo, el poder naval del país o la grandeza de la pintura nacional de lo cotidiano, que ya quiso descifrar Malraux: “Lo que Holanda inventó no fue cómo colocar un pescado en un plato, sino que ese plato dejara de ser la comida de los apóstoles”.

El arte medieval y renacentista se encuentra en la planta cero, junto a las “colecciones especiales” (porcelana, barcos, linternas mágicas, sables o bastones). El XVIII y XIX (incluidos el Retrato de Don Ramón Satué, único goya de la colección, los van goghs y el conjunto de impresionismo holandés) está en la primera, y bajo las cubiertas de las torres se han añadido dos alas de arte del siglo XX, donde un mondrian se las ve con una avioneta de la I Guerra Mundial. La polémica decisión de habilitar estos espacios, cuando a tan solo a 200 metros de aquí se yergue el museo de arte moderno Stedelijk fue defendida por sus responsables: “Ellos atesoran el futuro; nosotros, el pasado”, explicó Taco Dibbits, director de colecciones. En la labor ha colaborado Jean-Michel Willmotte, encargado de la controvertida museografía, que se antojó ayer un tanto agresiva por los colores elegidos (del azul al gris oscuro), pero que a él le ha servido para marcar el recorrido por ochocientos años de historia holandesa.

Superada esta primera prueba, ya solo queda el veredicto de los visitantes (se esperan dos millones anuales) y el trago del 13 de abril, cuando la reina inaugure oficialmente la remodelación. Y entonces el museo volverá a marcar, como ha venido haciendo, la vida de este país: si lo último que hará la reina Beatriz como tal será bendecir las nuevas salas, lo primero que el hijo, el nuevo rey Guillermo, tiene previsto en su agenda de sucesor es una cena el día anterior a su coronación con 180 invitados (y 22 jefes de estado) en la Galería de Honor del museo, que estará custodiada hoy, como ayer, por los fieles arcabuceros de La ronda de noche.

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