Paisaje cultural venezolano para el siglo XXI

El arte no fue prioridad de Chávez. Ahora que ha muerto, quizá sea el momento de que el país entre en contacto con el nuevo arte

El director venezolano, Gustavo Dudamel, en un ensayo en Madrid en 2009. / Claudio Álvarez

La cultura bolivariana tuvo sus propias reglas, en tanto que aparecía perfectamente inscrita dentro de un proyecto mayor, el de la Revolución Bolivariana emprendida por Hugo Chávez en Venezuela. Durante sus mandatos, el tradicional Ministerio de Cultura pasó a llamarse Ministerio del Poder Popular para la Cultura. La palabra popular tenía ahora gran relevancia, no solamente en los dominios artísticos sino en todo el ideario revolucionario del chavismo, que inclinó la balanza hacia el arte del pueblo, el folclore, la tradición y todas las manifestaciones artísticas que reafirmaran la identidad nacional. La vanguardia, el arte de riesgo, la experimentación y la búsqueda de nuevos caminos expresivos eran vistos como ejercicios peligrosos hacia la consolidación de un temido y odiado arte “burgués y oligarca”, palabras favoritas del recién fallecido presidente venezolano. Pero el arte tampoco fue una gran preocupación de Chávez. Sus gobiernos nunca abogaron por una política cultural coherente y esa desidia propició el derrumbamiento institucional de la cultura a lo largo de 14 años. Chávez hizo desaparecer el modelo preexistente, que aunque tenía sus grandes defectos era un patrón, pero no tuvo la voluntad de sustituirlo por otro.

Teatro para mítines

El Teatro Teresa Carreño, de Caracas, que fue siempre la gran casa de ópera, ballet y música de la ciudad, se convirtió en el recinto favorito de los larguísimos mítines y discursos presidenciales, y algunas instituciones de relevancia indiscutible, como el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, con una colección que incluía a Picasso, Dalí, Henry Moore y otras luminarias, dejó de ser un referente internacional y pasó a convertirse en el destacado recinto en el que el pueblo podía mostrar sus pinturas, gracias a macroexposiciones colectivas, de carácter popular, sin criterios ni comisariado, en las que no había rigor ni riesgo alguno. Hubo también una nefasta unificación de los museos nacionales y sus colecciones, y se apoyó de manera decidida cierto arte latinoamericano, ya trasnochado, de carácter político y reivindicativo.

Venezuela había demostrado suficiente talento para estar dentro de las corrientes decisivas

Esta falta de criterio empujó al movimiento artístico nacional hacia el abismo, se produjo una estatización de la acción cultural y propició un abandono de las iniciativas privadas. Se frenó la llegada de información, desapareciendo las exposiciones, obras escénicas y libros venidos de fuera. Venezuela, ahora empeñada en mirarse a sí misma, perdió contacto con las corrientes de la vanguardia internacional y, lo más grave, el artista local se quedó sin apoyo ni suficientes ayudas estatales, sin posibilidad de diálogo con las instituciones, sin directrices, sin información y sin opciones para el desarrollo. No fueron pocos los que emigraron. Ocurría en todos los sectores, en la literatura, el cine o las artes escénicas, donde casi no ha quedado espacio para la ópera, al tiempo que se desmoronaba el interesante movimiento de danza contemporánea que se venía gestando en el país con la desaparición de las agrupaciones y compañías que lo avalaban, y las plataformas institucionales que lo fomentaban.

Crecimiento

Lo que sí creció fue el complejo Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, que existía desde antes pero encajaba perfectamente en el carácter popular y populista de la cultura chavista, consiguiendo una destacada proyección internacional, en buena medida gracias al descomunal éxito del director orquestal Gustavo Dudamel.

Curioso resulta también el fenómeno de la literatura. Pese a que la producción literaria mermó considerablemente, creció la avidez por los libros de no ficción, por ensayos políticos y disertaciones sobre el chavismo, desde luego, pero también por aquellos textos que intentasen explicar el fenómeno social sin precedentes que suponía el nuevo gobierno y sus inesperadas directrices.

Otro sector de crecimiento fue el cine. Una parte lo hizo por mérito propio sin apoyo estatal, y otra, generosamente financiada, fue destinada a proyectos de exaltación de valores patrios, con especial énfasis en la gesta bolivariana de independencia o aquellos que directamente aludían a la Revolución Bolivariana.

No obstante, dentro de esta gestión inmovilista habría que destacar la unificación de los antiguos institutos universitarios de música, teatro, danza y artes plásticas (que ya eran eficaces) en la Universidad de las Artes UNEARTE o la creación de una Compañía Nacional de Danza, instituciones con holgados presupuestos pero que han operado bajo una equívoca e interesada dirección artística.

Puede que la muerte de Chávez no suponga la muerte del chavismo. No se sabe lo que va a ocurrir pero, en cualquier caso, se abre la posibilidad de reivindicación de un arte más plural y actual para Venezuela, país que en otro tiempo había demostrado tener suficiente talento, creatividad y sensibilidad para estar dentro de las corrientes artísticas decisivas del momento. Hasta ahora, el país latinoamericano ha vivido el arte del siglo XXI con criterios caudillistas propios del XIX. Es quizá un buen momento para que sus artistas luchen por conectarse de nuevo con la modernidad.

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