El ocaso del evangelista

Atentos a fechas y cifras. Who I am, la autobiografía de Pete Townshend, salió en octubre de 2012. Tres meses después, encuentro el libro en una cadena británica de saldos. De 20 libras, ha bajado a 4.99. Deduzco que no está destinado a las ventas millonarias de Vida,el descacharrante libro de Keith Richards, que en realidad elaboró James Fox.

De principio, resulta injusto. Townshend escribe desde los sesenta: diarios, ensayos, relatos, incluso artículos regulares para Melody Maker. También dirigió una pequeña editora, invirtió en una librería y fue empleado de la poderosa Faber & Faber. Algo único entre estrellas del rock.

En Faber, encargaba libros nuevos, relanzó títulos olvidados, rescató a Jean Genet. Y todo por una remuneración modesta: 7.000 libras al año más un porcentaje de las ventas. Se acostumbró, claro, a enmendar manuscritos, meter tijera, cambiar enfoques.

Cuesta explicar entonces como Who I am ha salido tan lastimero, tan agobiante, tan plano. No es problema de sinceridad: ninguna figura del rock se ha mostrado tan explícita en detallar sus búsquedas, fueran espirituales, sexuales o artísticas. Ahí está uno de los problemas: Townshend lo cuenta todo. Llena páginas con Tommy, Quadrophenia, The iron man y otras obras, según evolucionaban de maqueta a disco y, a partir de entonces, lo que aguante el mercado: película, musical, versión orquestal.

Ahí está uno de los problemas: lo cuenta todo. Llena páginas con Tommy, Quadrophenia, The iron man y otras obras

Asombra que alguien tan curtido se equivoque tanto en la construcción de sus memorias. Cierto que su biografía rompe los esquemas: se reprimió en la vorágine de los sesenta y los setenta; se desmadró a partir del punk rock. Sus años más creativos corresponden con una vida monacal (“pareces un enterrador”, señala una groupie decepcionada). Luego, un aturdimiento de novias, borracheras, ciegos, derroches, rehabilitaciones y la indignidad de ser señalado como pedófilo.

Desde su punto de observación, The Who es el grupo disfuncional por excelencia. Aunque se consignan los constantes conflictos con sus compañeros, Townshend parece incapaz de empatizar con Roger Daltrey, Keith Moon, John Entwistle. Cuando hay que arrimar el hombro, ahí está Pete pero, en general, este grupo parece una suma de soledades.

Muestra mayor hermandad con otros músicos. Para los que piensan que el rock circulaba por autopistas exclusivas, hay encuentros con Keith Jarrett, Roland Kirk, Marvin Gaye o Stevie Wonder. Demuestra también la existencia de un esprit de corps: ese bello gesto de 1967, cuando The Who graban y editan dos temas de los Rolling Stones, añadiendo que lo seguirán haciendo mientras Jagger, Richards o Brian Jones estén encarcelados por drogas.

En 2004, denunciado por posesión de pornografía infantil, Townshend se encuentra en igual situación de indefensión. Scotland Yard ha confiscado todo su equipo informático, lo que interrumpe su trabajo. Lo peor es la paranoia: en dependencias policiales, cualquiera podría introducir algo ilegal en sus aparatos. Era concebible que allí tuviera enemigos: por sus simpatías izquierdistas, su respaldo a Amnistía Internacional, su defensa de unos militantes antirracistas empapelados en 1979.

Townshend seguramente recordó a aquel famoso detective Norman Pilcher, que en los sesenta atrapó a varios Beatles y Stones; por si no les encontraba drogas, Pilcher siempre llevaba “material” previamente incautado, con lo que se garantizaba un 100 % de arrestos. Mick Jagger sí que recordaba aquellos juegos sucios y sabía de la importancia de romper la losa que cae sobre alguien acusado de un delito deplorable. En compañía de su antigua esposa, Jerry Hall, orquestó una avalancha de llamadas para animar a Townshend: eran colegas, conocidos, expertos en batallas legales que le aseguraban que nada tenía que temer si todo había sido como él contaba, una investigación bienintencionada en el negocio del kiddie porn.

Y sí, fue exonerado unos meses después. Ahora, Townshend confiesa que, de haber tenido una pistola, se hubiera disparado. Recuerden: el protagonista de Quadrophenia parece suicidarse al final. Pero no: si revisan atentamente la famosa película de 1979, Jimmy salta antes de que su scooter caiga por los acantilados. Igual que Jimmy, Townshend, ahora se conoce mejor y quiere aprovechar su (horrible) experiencia.

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