Cuando el autor es Fuenteovejuna

El trabajo artístico colectivo se asienta como alternativa y como medio de integrar a la sociedad en la creación

El grupo Familiar modifica aparatos electrónicos con fines experimentales. / E. C.

El arte no tiene nombre, ni rostro, ni procedencia. El arte es las personas que lo imaginan y lo rescatan para la realidad desde el mundo de las ideas. Quizá por eso, más y más creadores de todas las disciplinas se están lanzando al vacío de lo colectivo, a una forma de hacer abierta y sin ataduras en la que ninguna voz acalla a las demás, y en la que los procesos pueden incluir no solo a los profesionales dentro y fuera de las instituciones, sino a todo aquel que quiera participar. Las redes sociales marcan uno de los puntos centrales de conexión entre teóricos, hacedores, gestores y espectadores. No el único: la infame crisis y sus recortes, la posibilidad de propiciar sinergias y el espíritu dadivoso que anima a compartir conocimientos, también impulsan la máquina de la creatividad sin firma ni certificado de autenticidad.

El arte, además, no es solo un producto. Conlleva una idea, un proceso y unas herramientas. Para componer música, por ejemplo, hacen falta instrumentos. Colectivos como Familiar enseñan a construir sintetizadores o a modificar circuitos de aparatos electrónicos con fines sonoros experimentales. “Nos interesa la idea del Hazlo tú mismo”, explica Manuel Retamero, “y compartimos la convicción de que las instituciones son un dinosaurio que se mueve a una velocidad exasperante, y aunque la autogestión está más limitada por lo económico, también es más libre”. Sin ánimo de lucro, utilizan el dinero de la inscripción a sus talleres para proporcionar materiales y cubrir gastos derivados. “Nuestros usuarios suelen ser músicos”, explica, “pero también estudiantes de bellas artes, que usan las herramientas para crear instalaciones interactivas”.

Y es que las barreras en la creación contemporánea se desdibujan hasta convertirse en una sombra apenas perceptible. Los artistas plásticos pintan y esculpen con música, se escribe con colores y el teatro se ve desde el cine. O elija usted la combinación. “La cooperación es nuestro estandarte: queremos propiciar vasos comunicantes entre las distintas disciplinas. Es mi obsesión”, exhorta Ernesto Caballero, director del Centro Dramático Nacional. Su programa Escritos en la Escena, lanzado el año pasado, supone la materialización de ese anhelo, propiciando el encuentro a pie de escenario de dramaturgos, directores y actores para perfilar obras en conjunto. “Y luego se exhibe ese trabajo ante el público, que es el otro agente que tiene que colaborar”.

Al otro lado de las instituciones, compañías como La Tristura, que presenta estos días su espectáculo El sur de Europa. Días de amor difíciles en la Cuarta Pared de Madrid, llevan tiempo trabajando de manera asamblearia. “Siempre hemos huido de la idea de poner un nombre donde dice director”, comenta Violeta Gil, una de los cuatro integrantes. “Los roles han ido variando en los diez años que llevamos juntos para que el colectivo siga vivo: nos vamos reinventando”. Que esa concepción del trabajo esté cobrando cada vez mayor fuerza, cree, puede tener mucho que ver con el contexto actual: “En los noventa y dos mil, que eran años de bonanza, la gente se tiraba a la piscina individualmente, pero ahora nos sentimos más solos, y el momento político y social nos hace sentir que no vale lo de tener una sola cabeza pensante, porque es algo que está fracasando”.

Muchas mentes en funcionamiento sincrónico, en opinión de Jairo Echeverri, “ayudan a crear cosas que te hacen crecer”. De ahí surge su Cuento colectivo, uno de los muchos proyectos de escritura en red y en la Red que existen. A partir de una frase, un párrafo o una historia terminada pero sin título, los usuarios, escritores aficionados, deciden cómo continuar y dónde poner el punto y final. Otras iniciativas en castellano, como la argentina Literativa, abren su campo a todo tipo de formatos —novelas, poemas, relatos...— y se desmarcan de la producción lineal. “Entre todos los autores se escribe una historia que tendrá un punto de inicio común”, cuenta Miguel Braidot, “pero esta se irá ramificando hacia diferentes desenlaces”.

Congregadas también virtualmente, cinco blogueras del arte pusieron en marcha en 2011 La Exposición Expandida, que hace de las bitácoras salas de muestras en las que los espectadores también pueden opinar junto a ellas en una labor de comisariado colectivo. “Al mismo tiempo que se propone una alternativa al formato expositivo tradicional, se reivindica la importancia de los blogs en el mundo del arte”, explica Montaña Hurtado. Sin trabajo curatorial, el colectivo barcelonés Wallpeople concentra la creatividad de la gente de a pie en murales colaborativos. Una vez al año, convocan desde las redes sociales a participantes de una treintena de países para reunirse, en un lugar y una fecha concretos, para fabricar collages fotográficos efímeros en torno a una temática, coordinados in situ por voluntarios. “Una idea siempre aumenta cuando la compartes”, apunta Quijano. “Pero al no tener apoyos económicos, nos cuesta vivir de esto”.

Tampoco reciben ayudas los Cine sin autor, más allá del espacio de trabajo que les cede el Matadero de Madrid. Tras unos años centrados en la reflexión teórica, en 2012 montaron su particular fábrica, un centro de producción de películas en común. “Se da un divorcio entre el sector cinematográfico y las posibilidades que ofrece el momento actual”, explica Gerardo Tudurí. “Mucha gente tiene dispositivos con los que produce flujos audiovisuales: hay condiciones sociales y técnicas para juntarse a hacer una película”. Frente a las dos vías tradicionales, los estudios y el cine de autor, ellos toman otra deriva: la de los filmes hechos por ciudadanos —solos o en grupo, niños o mayores, con conocimientos o neófitos—, que plasman en la pantalla su imaginario colectivo. A partir del día 27, mostrarán en Matadero en una cita mensual parte de sus experiencias en desarrollo. “Lo que proponemos es una democratización radical del cine”, remata Tudurí. “El arte generalmente se mueve en círculos muy elitistas, y si incluyes a gente común suele haber reticencias. Pero en realidad la gente está muy dispuesta expresarse, y hay todo un mundo cinematográfico insospechado por descubrir”.

 

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