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Todo por Godard, solo por Godard

En ‘Un año ajetreado’, Wiazemsky describe el inicio de su relación con el cineasta francés, con el que se casó a los 19 años y para el que actuó en ‘La chinoise’

Fotograma de 'La Chinoise' de Jean-Luc Godard, Anne Wiazermsky (izquierda), Jean Pierre Leaud (centro) y Juliet Berto (derecha).
Fotograma de 'La Chinoise' de Jean-Luc Godard, Anne Wiazermsky (izquierda), Jean Pierre Leaud (centro) y Juliet Berto (derecha).

Anne Wiazemsky era una chica afortunada. De familia de intelectuales bien, nieta del escritor François Mauriac, figura insigne del pensamiento católico francés, protagonista de la película de Robert Bresson Al azar, Baltasar, su vida se cruza en tres breves encuentros con Jean-Luc Godard, que entonces ya tenía 36 años y encabezaba el más rabioso cine francés. Ambos quedan impresionados, ambos creen que el otro ni se ha fijado en ellos. En junio de 1966 Wiazemsky le escribe una carta a la redacción de Cahiers du cinèma, explicándole cómo le había gustado Masculino, femenino, y pocos días después Godard se va a buscar a Wiazemsky al pequeño pueblo donde estaba de vacaciones. El flechazo, parafraseando al pop español, fue instantáneo.

Así arranca Un año ajetreado (Editorial Anagrama), una sincera y reveladora novela autobiográfica que pertenece claramente al género iniciático, en la que Wiazemsky desgrana su amor con Godard, con el que se casará el 21 de julio de 1967, su descubrimiento del cine, la filosofía (en esa carrera se matricula en la Universidad) y de la vida… Todo marcado por la influencia que en ella ejerce, o intenta ejercer el mítico cineasta de la Nouvelle vague, con el que seguiría casada hasta 1979. Porque Godard quiere ser su maestro en cualquier campo –es muy divertido ver cómo le carcomen los celos, especialmente en lo relacionado con François Truffaut- pero Anne demuestra suficiente personalidad como para luchar por algo de independencia y criterio propio, eso sí, rodeada de los mejores intelectuales del momento, que incluso le dan clases de refuerzo. Wiazemsky, privilegiada, reconoce su suerte, en una reflexión bastante adulta, pero a la vez escribe desde la inocencia de una adolescencia prolongada, desde el pálpito de que lo que vive se mueve entre una existencia ideal para muchas chicas de su generación y la sensación de que a cambio se está perdiendo algo.

En este primer año de relación Wiazemsky llega a participar en el rodaje de La chinoise, que empieza el 6 de marzo de 1967, y así el lector también descubre el método de trabajo de Godard, bastante caótico, pero en el que emerge poderoso su talento. Sin embargo Anne, actriz de vocación, que más tarde trabajaría con Pasolini, Téchiné o Ferreri, y por supuesto repetiría con Godard, es también estudiante de Filosofía en la Universidad de Nanterre, y ella vive de primera mano la efervescencia de la que surgirá el mayo de 1968. Ese es probablemente el mayor reparo del libro: que se acabe justo antes de ese periodo, que no podamos acompañar a la pareja en la gran eclosión de libertad del siglo XX.

Escrito en 2012, basándose en sus diarios, en Un año ajetreado la pelirroja Wiazemsky –que ha resultado con el paso de los años una estupenda escritora muy galardonada- hace una pequeña trampa: ella sabe cómo acabó su relación con Godard, y por eso ya apunta en el relato notas del carácter del cineasta que posteriormente harían naufragar su matrimonio. Hasta la última frase del libro es reveladora: “Y feliz de haber dicho, una vez más, la última palabra, se quedó dormido”. Godard en estado puro, Wiazemsky en modo sincero.