OPINIÓN

La mujer que miraba

La actriz María Asquerino fallece a los 85 años. Hizo más de 92 películas y un sinnúmero de obras de teatro

María Asquerino, durante una entrevista en 1983. / marisa flórez

A María Asquerino también la llamaron Maruja. Como si fuera dos, la actriz de tarde, de noche, y la mujer que miraba desde su asiento rojo en Bocaccio, cuando Madrid aún no había hecho plop, como dice Juan Cueto. Se perdió Bocaccio, que fue como un símbolo de la vitalidad de entonces, y ella misma sintió la punzada del tiempo, se retiró de golpe; dejó el teatro y el cine cuando cumplió 81 años. "Se acabó”. En su larga vida (hizo “92 películas, y ni me acuerdo de cuántas obras de teatro”) vio “a actores que no tenían que seguir en escena” y ella no quiso estar en esa lista de supervivientes renqueantes. Así que se fue, “en forma, quise irme en forma”.

La vi en el verano de 2011, para hablar con ella del origen de su energía. Su voz era aún la de Maruja, pero su risa ya había sido atenuada por las suspicacias; no quería sentarse cerca de donde la oyeran los cotillas, “y a mí se me oye todo, ¡con este vozarrón que tengo!”. Le quemaba la casa, el cuarto de estar, “no soportaría ser de esas mujeres que se pasan la vida ante el televisor; salgo, vengo al bar, voy al mercado, y me encanta ir al Teatro Español. Oh, tienen un bar magnífico, y me tratan con mucho cariño los compañeros”.

Su retiro fue terminante. Sin vuelta de hoja. Siempre tuvo buena memoria, “pero noté que me empezaba a bajar, y no quise ser de los que se equivocan en escena”. Nunca le pasó, me dijo, “nunca se me ha olvidado nada, y cuando se me ha escapado algo he sabido improvisar”. Lo último que hizo fue Tío Vania, en el María Guerrero, pero ahí titubeó, es cierto, no se acordaba del título de Chejov, y entonces exclamó “¡Ay Dios mío!”. “Con esta obra me dije: ya no más. Chejov era un autor tan importante, la obra era tan buena, el teatro era tan bonito… ¡Para qué más! ¡Me voy!”

La mujer que miraba, y reía, en Bocaccio ahora era la mujer que miraba. Unos ojos enormes, una esquina de tremenda tristeza. La memoria se activaba en los aledaños de la infancia: el abuelo era “muy de izquierdas, muy buena persona, actor también… Me viene muy de antiguo lo de los actores. Mis bisabuelos por parte de madre también lo eran. Los de mi padre no, eran militares y por eso un poco militar soy yo también. Mi abuelo paterno también fue militar, estuvo destinado en Cataluña y por eso mi padre nació allí”.

La actriz. Le pregunté qué le quedaba en su memoria de lo mejor que hizo. Anillos para una dama, la obra de Antonio Gala. “No se ha vuelto a hacer nunca más, una pena, no sé por qué, no lo entiendo; es una obra estupenda. He intentado dirigirla, no trabajar en ella, ya no podía hacer un papel, tampoco tengo ganas de salir al escenario, pero hubiera querido dirigirla en un teatro. Y no lo he conseguido, no ha habido forma. ¿Querría Gala?” Recordaba también la película Surcos, “¿la viste? A veces la reponen en televisión, hace tiempo que ya no. Una gran película. Marca una época; se rodó en 1951 pero transcurre antes, en la posguerra dura, la del hambre, la del estraperlo… ¿La has visto alguna vez?”.

Era como la presidenta de Bocaccio aquellas noches de José Luis Balbín, de Antonio Giménez Rico, de Paco Rabal… “Ahora ya no hay un sitio así, era tan estupendo. Ay, sí, las noches. En cuanto terminaba de trabajar me iba allí. Y si no trabajaba llegaba antes, me gustaba mucho. Muchas veces paso y me quedo mirando. No sé lo que es ahora”. Ahora no es nada. “Ah, qué pena. Claro, ahora tampoco es fácil formar una tertulia como aquellas; la gente se vuelve maniática y muy rara, todo el día viendo la televisión. Da mucha lata la televisión”.

¿Los jóvenes? “Me interesan cuando son muy inteligentes. Pero a veces ni hablan. No me interesan. Ni yo a ellos tampoco, porque no saben ni quién soy; no tienen ni idea de que he sido una actriz que ha trabajado mucho. Hay otros que sí, que son habladores, cariñosos, muy ricos. Me gusta estar en los bares, en ellos no tienes ninguna obligación, puedes estar hablando con alguien que te caiga bien y si no, te vas”.

Ya tenía que leer con lupa, aquellos ojos grandes. “Tengo una biblioteca en casa, pero la voy dando. Me digo: un día desaparezco, y como no tengo hijos ni nadie que me herede, pues voy dando los libros”. Le pregunté si tenía amigos. Aquella mujer que miraba y reía en Bocaccio tantos años antes me susurró: “Cuatro o cinco, no hay más”.

Le dije, al final, antes de que ella se fuera a pasear hasta el bar del Español, que su nombre me transportaba al verano. Por Bocaccio, parecía que siempre era verano, le dije. “A mi también me gusta más el verano; el invierno no me gusta nada, ni el frío, ni los sitios de frío. Me gusta el calor”. Ayer, cuando murió, cayó la nevada más tupida del invierno sobre el Retiro, donde Maruja Asquerino vivía en espera de los veranos.

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