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Los enfermos antes que el Oscar

‘Open heart’, de Kief Davidson, narra el viaje de ocho niños de Ruanda con problemas cardiacos hasta un hospital en Sudán

El filme opta a la estatuilla al mejor documental cortometraje

El cirujano que dirige el centro, Gino Strada, acudirá a la gala aunque preferiría “seguir operando”

Un fotograma de 'Open hearth'. Ampliar foto
Un fotograma de 'Open hearth'.

“No sé cómo funciona la cosa esa”, dice Gino Strada. Y se refiere –ojo- a la gala de los Oscar. “La cosa esa” a la que los actores acuden a toda costa, hasta cuando no están nominados. Y en la que muchos comunes mortales darían lo que fuera por colarse. A Strada no le hace falta: está invitado. “Voy por respeto a quienes me llamaron y porque puede ser una oportunidad para encontrar apoyos. La alfombra roja no me interesa nada”, asegura. Va, sobre todo, por Open heart, un filme de Kief Davidson que aspira al mejor cortometraje documental, y que retrata el viaje de ocho niños con una grave enfermedad reumática cardíaca de Ruanda hasta el hospital dirigido por Strada en Sudán. Justo el lugar, por cierto, con el que el cirujano sustituiría Hollywood: “Preferiría estar allí y seguir operando, sin lugar a dudas. Debería encontrar a un extra que viaje por mí a Los Ángeles”.

En Jartum estaba Strada cuando los ocho pequeños -el menor tiene tres años- fueron a tocar a su puerta pidiendo salvación. Sus maltrechas válvulas cardíacas les dejaban una sola alternativa a la muerte: una operación a corazón abierto. Y el centro Salam, que Strada abrió en 2007 en Sudán, presume de ser el único hospital de primer nivel que la ofrece gratuitamente en África. “Ese tipo de intervención puede costar unos 2.000 euros. Tal vez sea asequible para un ciudadano occidental, pero en África es carísima”, relata el cirujano.

Con los niños, llegaron al centro Salam las cámaras de Open heart que los seguían. Y que siguieron encendidas dentro del hospital y hasta en el quirófano. De ahí que el documental contenga momentos muy tensos y se le oiga a Strada soltar frustrado, en medio de una operación, “era un corazón de mierda antes de que empezáramos y lo sigue siendo”. “Recibimos unos 35 pacientes al día. Algunos precisan una intervención de urgencia, otros puede esperar. Los niños estaban en condiciones muy feas”, recuerda Strada. Sin embargo -antes de que el lector se preocupe- ahora están bien y el cirujano mantiene el contacto con ellos, la última vez hace 10 días.

Afortunadamente, en el centro Salam es el epílogo más probable: el hospital tiene una tasa de mortalidad del 2%. Algo así como un oasis en el desierto de la sanidad africana donde, por ejemplo, el problema reumático que padecían los niños provoca 300.000 muertes al año y afecta a casi 20 millones de personas. “Es una enfermedad de los pobres. En Europa ha prácticamente desaparecido. Un niño con tonsilitis acude al pediatra, le hace una inyección y ya. Pero en África, sin estructuras sanitarias, sigue siendo endémica”, aclara Strada. Todo por una bacteria, el estreptococo, que agrede y destroza a las válvulas cardiacas. Y que un simple antibiótico podría parar.

Por eso el cirujano se indigna. Y porque no entiende que, cuando Occidente decide socorrer al Tercer Mundo, lo haga con tropas en vez de vacunas: “Lamentablemente la política no está poblada de grandes cerebros, ni de gente con ética. Cuando hay una crisis, ya sea real o potencial, la mente de los gobernantes no da para más que preguntarse: ‘¿Cuántos soldados enviamos?”.

Strada lo vio en Afganistán, en 2001. El cirujano trabajaba allí, en uno de los 45 centros sanitarios que su ONG, Emergency, mantiene en primera línea en todo el planeta, cuando Bush decidió que Kabul era la culpable del 11S. “Estuve siete años en Afganistán. Allí se hace evidente para cualquier persona honesta qué es la guerra”, sostiene Strada. Para él significó un desfile imparable de civiles mutilados y destrozados, homenaje de alguna bomba o mina antipersona. “Las imágenes son trágicamente parecidas. Cuando el 90% de las víctimas de una guerra son civiles está claro que ese instrumento, además de criminal, es ineficaz”, agrega el cirujano.

Eficaz es, en cambio, la red de hospitales que Strada ha levantado por el mundo: “Lo que ves es muy duro y no te acostumbras. Cada vez es una persona, con una historia, una cara, una vida. Por suerte, el oficio de médico te permite también ver niños que consiguen dejar el hospital con sus piernas, o con unas prótesis”. Curados, en definitiva, como los más 5.200.000 pacientes que desde 1994 Emergency ha ayudado por el planeta. De Iraq a Sierra León, la ONG y Strada han pisado 16 países. Y, el domingo, una alfombra roja.

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