Novelas de (de)formación: el gran crack de los 40

La literatura y el cine explotan más que nunca el estado de locura tragicómica de la crisis de la mediana edad, con películas como This is 40, de Judd Apatow, y novelas como Eres el mejor, Cienfuegos, Stone Arabia o A propósito de Abott, entre muchas otras

Jarvis Cocker. Cantante, 49 años. Su grupo, Pulp, volvió hace dos años, tras una década separados.

Se les pone cara de anuncio de Bisolgrip Forte. Les asalta la extraña sensación de haber consumido ya dos tercios de la botella de cerveza (saben que les queda solo uno, la euforia del primer trago queda lejos, y que lo que les queda sabrá peor: menos fresco, más triste). Algunos se conforman con ponerse un anillo en el pulgar, pero otros frecuentan los abrevaderos juveniles de los puertos españoles donde parlotean en un slang atemporal e incomprensible (“me chanela tu peluco”). Evitan los espejos (las entradas, la barriga de la infelicidad) y rescatan camisetas de grupos que los delatan (prendas que en su espalda llevan inscritas la prueba definitiva: The Smiths 1987 World Tour; la llorera) para hacer air guitar encima del sofá cuando nadie los ve. Se debaten entre si es más decente mirar a la madre o a la hija adolescente que discuten en su mismo vagón de metro y calibran con cuál se quedarían, para asumir segundos después que ambas son inalcanzables como lunas de Júpiter.

Todo en su vida son pérdidas y sólo ganan peso. La fogosa relación de adolescencia con ese miembro mutante de su anatomía, que en su día fue un flechazo, se debate ahora entre la amistad cordial que vive y deja vivir y el cariño fraternal por los viejos y ajetreados tiempos. Alguien en el bus los llama de usted y ellos se ponen a la defensiva como el jugador de Cluedo que se sabe arrinconado. Aseveran con una risita nerviosa que son treintañeros hasta pocos días antes de cumplir los 41. Muchos de ellos se aferran a la música con una virulencia demente que sólo habían experimentado a los 14 años.

“Los protagonistas de Hemingway o Fitzgerald parece que tengan 40 pero tienen 25. Son adultos. Vivimos en tiempos de adolescencia extendida… Y la obsesión con la cultura pop está conectada a eso: colecciones de discos y fuertes opiniones sobre asuntos insustanciales", (Chris Bachelder)

Son los tipos que padecen la crisis de los 40. Esa de la que te enteras el último, como en una fiesta sorpresa, pero al revés. Como el que lleva la bragueta abierta, el jersey del revés, la salsa en la comisura, el moco en la napia. El gran crack de la mediana edad. Si llegaran unos alienígenas y vieran a uno de esa raza, les tirarían monedas a los pies. Inspiran pena, mucha, pero precisamente por eso también desatan risas. Piensan que pueden refugiarse, huir de ella comprando grandes gadgets y ropas chillonas, pero no saben que, como le sucede al héroe de la tragedia con el destino, cuanto más huyen antes y con más violencia se van a estampar contra ella. Quizás estemos exagerando, pero es que esto solo es un ejercicio de estilo. Porque los que van a hablar aquí sí la han vivido ya y la describieron (de fábula) para superarla.

Quizá en su miga tragicómica resida la razón por la que, más que nunca, la literatura, la televisión y el cine se ocupe ahora más que nunca de ellos. Ante las novelas de formación del adolescente desnortado podríamos oponer todas estas, aún más desternillantes pero también más tristes, “novelas de deformación” (perdonen al arriba firmante por el juego de palabras).

Paul Rudd en 'This is 40'

Cuarenta segundos de silencio (mientras miramos de reojo el reloj biológico para calibrar cuánto nos queda o cuándo la padecimos).

Al lío. A unas semanas del estreno en España de This is 40 (aquí, cómo no, otro recital de dudosa traducción: Si fuera fácil), la película más autobiográfica de Judd Apatow, las estanterías de las librerías rebosan novelas sobre la crisis, pero sobre la crisis que llega, con la puntualidad de un reloj suizo, con esa edad: Eres el mejor, Cienfuegos, de Kiko Amat (Anagrama), Stone Arabia, de Dana Spiotta (Blackie Books), A propósito de Abbott, de Chris Bachelder y Jernigan, de David Gates (Libros del Asteroide), incluso El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan (Minúscula) o Juliet, Desnuda, de Nick Hornby (Anagrama). Todas ellas están empapadas de lágrimas de ese gran Crack emocional, pero en casi todas ellas, también en la película, la música pop juega un papel crucial.

Existen muchas definiciones, de las más grandilocuentes (“La peor de las Edades Medias es la mediana edad del hombre”, Lord Byron) a las más simples y certeras (“Los hombres se convierten en niños apenados”, Kiko Amat). Todas ellas supuran un humor frío que hiela la sonrisa.

Como con toda crisis, lo mejor es verla venir. Poner las barbas en remojo. Así que he aquí algunas claves explicadas por escritores que la han descrito con risa, puchero, lloro y éxito.

 1.- Los síntomas.

“Un hombre no sabe cuáles son sus actos postreros: la última vez que nada en el mar, la última vez que hace el amor. Sin embargo, a los treinta y siete años, quizá en el punto medio de su vida, la única que tiene, Abbott sabe que ha intentado dar su última voltereta”, Chris Bachelder, en A propósito de Abbott.

El alter ego de Judd Apatow en This is 40 (interpretado por Paul Rudd) se encierra más en el lavabo que un esmerado adolescente en quinto de la carrera de zambomba, solo que en su caso lo único que hace una vez allí es jugar al Apalabrados con su iPad (“Yo hago lo mismo, solo que leo el Hufftington Post”, ha confesado, henchido de dignidad, el director en más de una entrevista). El protagonista de El tiempo es un canalla, sin embargo, hace tiempo que consume unos copos de oro para recuperar su vigor sexual. ¿Ejemplos? Tomen asientos y pídanse algo. Amat, que acaba de firmar su novela más tronchante, pero también más tierna, sobre un novelista y crítico musical que ha dejado de bailar, que pudo ser tanto y que luego vendió su alma y cuyo cadáver (más bien rechoncho pero podrido) da tumbos por Barcelona: “Cito de Cienfuegos, aunque esté feo: ‘la curva sintomática suele incluir absentismo conyugal, líbido rampante, alcoholismo pertinez, caótico cuadro de toxicomanías, alto índice de siniestralidad automotriz, aislamiento antisocial, paranoia y, si no se corrige a tiempo, adulterio, locura, divorcio y muerte’. Habitualmente van a clubs (cuando lo último que bailaron en su vida era la yenka”. David Gates, que retrató esa misma debacle en la desternillante (hasta el lloro, de risa y de no risa) Jernigan, sobre un cuarentón que intenta rehacer su vida encamándose con (feliz idea) la madre de la novia de su hijo (la longitud de la etiqueta da una pista de lo descabellado de la idea, sobre todo si la mujer en cuestión tiene un criadero de conejos en el sótano), opina que la crisis de los 40 suele ser tan histérica que puede llegar a ser poco literaturizable: “Todos conocemos los síntomas clásicos: comprar un coche deportivo o una gran moto, enamorarse de una joven amante, tocar en una banda de rock, hacerse un tatuaje… Pero se han usado tanto que quizás un escritor de ficción debería evitarlos”. Bachelder, que ha escrito una especie de dietario del hombre de mediana edad culto y atribulado, tiene claro que “te asalta cuando por fin entras en razón y constatas que, en el mejor de los casos, ya te has ventilado la mitad de tu día. Es una crisis sobre la mortalidad… Y quizás de ahí ese deseo por experimentar nuevas cosas y por usar el cuerpo mientras todavía funcione (o por detener el tiempo o retrasarlo, aunque sabemos que eso no funciona)”. “Yo tengo casi 42 y te digo que aprecio más mi cuerpo que nunca. Y es porque, y no a pesar de que, mi cuerpo está lleno de achaques y limitaciones. Aún funciona bien, pero soy consciente de él todo el rato. Y sólo puedes apreciar algo si eres consciente de que lo tienes”. Como decía el cómico Louis CK, el amo en radiografiar esta modalidad de borrasca vital, “es muy fácil sentirse bien con tu cuerpo. Sólo tienes que aceptar que te parece asqueroso y vivir con ello”. El monologuista y creador de la serie Louie da siempre en el clavo, como cuando pregunta en una cita con una joven, a la que él comparece en corbata y ella, casi en chándal: “¿Por qué estoy yo nervioso y no tú? ¡Yo tengo hijos! ¡He hecho algo! ¿Qué has hecho tú además de ser mona?”

 La crisis de los 40, evidentemente, no es una afección exclusivamente masculina. Queda claro en el personaje de Leslie Mann en This is 40, la mujer en la vida real de Appatow (también aparecen sus dos ingeniosísimas hijas, que deberían frecuentar un Proyecto Hombre de adictos a Perdidos). Toda la familia real de Apatow padece la crisis en la película junto al alter ego de su marido, si bien ella la sobrelleva con algo menos de histerismo.

Egan se quedó a las puertas de contestar las preguntas, pero sí lo hizo Spiotta, que en su novela, una reflexión sobre la memoria y la mortalidad, plantea la historia de dos hermanos (él, una estrella del punk fracasada con un mundo propio; ella, la mujer responsable que ya era incluso de niña) que miran la juventud en el retrovisor, como un Ada y el ardor pop y de cuarentones. “Creo que la mediana edad empieza cuando tienes que cuidar de tus padres. Si un padre falta mental o físicamente, te ves forzado a centrarte en la mortalidad”, apunta.

 

“Me eché a reír, pero de pronto me puse triste por reírme: no tenía ninguna necesidad de recurrir a subterfugios cínicos cada vez que decía algo relevante”, Dana Spiotta, en Stone Arabia.

2.- La tragicomedia

 “Entonces Bennie se sacó del bolsillo una cajita roja esmaltada, abrió el complejo cierre, pellizcó unos copos de oro con dedos temblorosos y los echó en la taza. Había empezado aquel régimen hacía dos meses, después de leer en un libro sobre medicina azteca que estos creían que el oro y el café combinados garantizaban la potencia sexual”, Jenniger Egan, en El tiempo es un canalla.

 Decimos tragicomedia, pero en realidad toda comedia es trágica y toda tragedia, con el tiempo, tiene algo de cómica (o casi todas). Nada es más tragicómico que la crisis de los 40: las adolescentes pueden dar más lástima o desatar más carcajada, pero la de los 40 es definitivamente tragicómica. “Creo que la gente se ha hartado del adolescente llorica. El cuarentón tiene problemas más grandes. Es una cuestión de tamaño. El joven cambia de novia o abandona el empleo. Sus cuitas son demasiado pequeñas para que el lector empatice tanto con ellas. Pero un padre con dos hijos no soluciona lo suyo con coraje y amigos y algo de dinero. Necesita, como dice Louis CK: una escopeta, un billete de avión y tinte para el pelo”, apunta Amat, progenitor de dos retoños con el mismo color de cabello que el del cómico, “Y mucho tipo de resistencia. Son otro tipo de cojones. Los del caballo de Animal Farm. Aunque su tragedia sea cómica, creo que la gente se enternece con la caída del cuarentón. Tiene razones de peso. No es un caprichín”. “¿Tragicómico? Claro. No hay nada más ridículo que un viejo haciéndose el joven, lo hemos visto en bodas de toda la vida, cuando nuestro tío borracho se ponía a hacer break (a los sesenta). Es el gag del rap de Homer: vergüenza ajena a tutiplén. Multiplica el gag del rap de Homer por 365 días (o el doble) y tendrás la crisis de los 40. Dos años de vergüenza ajena”.

Gates añade el matiz económico: “Es trágico porque la muerte intimida. Es cómico porque afecta a gente con el suficiente dinero como para preocuparse por cosas como ésa. Y la incongruencia del viejo que se hace el joven es inherentemente graciosa”. Bachelder tira aún más de ese hilo: “Mira, comparado con la crisis real global (hambruna, discriminación, enfermedad, guerra) una crisis de la mediana edad no es ni siquiera una crisis. Implica una vida confortable en un contexto de inmenso sufrimiento. Tener todo lo básico nos conduce a preocuparnos por la muerte o por lo insignificante de nuestras vidas. Es una crisis a la vez ridícula y grave. Es doloroso para quien la sufre entender que es un privilegio sufrir la crisis de la mediana edad”. Spiotta cree en que el margen de tiempo es clave para no acabar de ponerse totalmente estupendos con el melodrama: “No puedes pretender tener una vida eterna, pero no es tan directo como contemplar tu propia muerte a los 75 años. Todavía tiene algo de divertido”.

3.- Tus modelos

 “A la mañana siguiente Tom y Betsy, de rodillas, se afanaron en revocar la grieta y luego repintaron toda la pared; pero cuando la pintura estuvo seca la gran escotadura junto al suelo quedó perfectamente visible, y arrancando de ella el trozo curvado que subía que subía casi hasta el techo dibujaba un signo de interrogación”, Sloan Wilson, en El hombre del traje gris.

De El hombre del traje gris, de Sloan Wilson, a Girl 20, de Kingsley Amis, los ejemplos de lo que hemos aceptado designar como novelas de deformación son múltiples y extrañamente gloriosos. Pero, antes de seguir, dejemos que los invitados citen sus favoritas. Spiotta: “Albert Brooks en Perdidos en América (Nota del Articulista: el personaje más logrado de This is 40 es el padre judío y chantajista interpretado por Brooks)”. Amat: “Reginald Perrin, por supuesto, y el Maxwell Sim de Jonathan Coe (que estaba muy influido por el Perrin de Nobbs). Basil Fawlty (nunca dice que la tiene, pero creo que salta a la vista; especialmente cuando flirtea con aquella australiana). Sin duda Richard Sherman en The Seven Year Itch, uno de los mejores. Mi queridísimo Bob Slocum de Something happened (de Joseph Heller). Jernigan, de David Gates”. Preguntemos, pues, a Gates, ya que sigue por aquí: “Jack Torrance (Jack Nicholson) en El resplandor. Como Dante, está a la mitad de su viaje, pero esta comedia resulta ser un montón de páginas en las que ha escrito lo mismo, una y otra vez, All work and no play makes Jack a dull boy. Un gran lema para un tipo que sufre la crisis de los 40”. Y si Dante hablaba de estar “en la mitad de la vida, con la senda derecha ya perdida” y procedía a culpar a muchos otros, Bachelder se saca de la manga unos cuantos: “William Henry Deveraux Jr. en Straight Man, de Richard Russo. Sophie Bentwood en Desperate Characters, de Paula Fox. Jack Glandey en White noise, de Delillo. Alwyn Tower en The Pilgrim Hawk, de Glenway Wescott”. ¿Lo ven? No están solos. Apunten.

4.- Música pop.

 “El bebé ya tenía edad para empezar a conocer el percal, la fría verdad, las cosas que importaban de la vida y la muerte. ¿Qué clase de paraíso es uno al que no te puedes llevar tus discos?”, Michael Chabon, en Telegraph Avenue.

 Está presente en cada una de nuestras crisis. La música pop es tan inherente a ellas que empezamos a sospechar que, en parte (nos rascamos la cabeza: ¡un momento!), las provoca. Como una especie de medicamento homeopático que descorcha brotes aún peores.

“Es trágico porque la muerte intimida. Es cómico porque afecta a gente con el suficiente dinero como para preocuparse por cosas como ésa. Y la incongruencia del viejo que se hace el joven es inherentemente graciosa” (David Gates)

La música es una enfermedad mental en ese fan de manual que es el protagonista de Juliet, desnuda, de Nick Hornby. Vertebra toda la novela de Jennifer Egan, la decadencia de su industria sirve como paralelo de la de los 40 en This is 40 personificada en el infantilismo del protagonista (¿recuerdan, ya que estamos, el personaje masculino deleznable de Juno, tratado con tan escasísima piedad?), pero también en la figura de la ex leyenda del rock Graham Parker, que ahora viste gorras de Oreo (muy recomendable la entrevista en el número de enero de la revista británica Mojo). Por otro lado, también sirve como modo de vida (y muerte y desafío al olvido) en Stone Arabia. Incluso se usa como metáfora en Telegraph Avenue, de Michael Chabon, colosal novela de próxima aparición en Mondadori, donde la tienda de discos de dos amigos de toda la vida se ve amenazada y más vulnerable que nunca…

Como preguntaría el ilustre entrenador de fútbol: ¿Por qué? ¿Por qué siempre apareces en el peor momento, música pop? En This is 40, la esposa quiere música para divertirse, mientras que el remedo de Appatow la quiere para revolcarse en el fango cual gorrino (ha reconocido que lo mismo les sucede en la vida real). “Supongo que la música aparece porque es, o sobre todo solía ser, nuestra lengua franca, pero también porque el rocanrol te retrotrae a juventud y energía masculina, que es lo que querría poseer un hombre de mediana edad en crisis”, apunta Gates. Bachelder: “Los protagonistas de Hemingway o Fitzgerald parece que tengan 40 pero tienen 25. Ya han experimentado una vida casi completa y son adultos. Vivimos en tiempos de adolescencia extendida… Y la obsesión con la cultura pop está conectada a eso: colecciones de discos y fuertes opiniones sobre asuntos insustanciales”. “No lo sé”, confiesa Spiotta, “quizás hay algo en este momento que es un poco mediana edad. Los baby boomers son ahora más viejos. En realidad creo que los Estados Unidos están viviendo su crisis de mediana edad”.

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5.- Tu personaje

“Annie consiguió una buena fotografía de un varón en un retrete público, la imagen que cabría esperar en esos casos. Cuando Duncan se apartó, Annie pudo ver que el inodoro, como casi todos los de los clubs de rock que había visto, estaba atascado. (…) – Si los retretes hablaran, ¿eh?. Annie se alegraba de que aquél no pudiera hacerlo. Duncan habría querido quedarse charlando con él toda la noche”, Nick Hornby, en Juliet, desnuda

Si bien Gates afirma (creérselo o no por lo tremendamente empático y articulado que resulta Jernigan es harina de otro costal) que “ninguno de sus personajes es un autorretrato”. Aun así, admite que siempre escribe de experiencias similares a las suyas y que no parte de una idea o arquetipo para construir un personaje: “Pero cuando escribo bien, me parece que siento lo que sienten ellos. No sólo el hombre de mediana edad, también un gay o una mujer o un niño”. Bachelder explica cómo moldeó a Abbott sin guión ni acción, solo a partir de sus pensamientos cotidianos: “Sólo intenté ser tan preciso como pude en reflejar sus sentimientos de pavor, maravilla, ira, autoconciencia, culpa, gratitud, miedo, conexión, separación…”. “Cienfuegos soy yo de la misma manera que Arturo Bandini era John Fante. Tomé unas cuantas verdades emocionales de calado gordo, y unas cuantas realidades físicas (cosas que sucedieron de veras en la vida real) y las envolví en ‘una sarta de mentiras’, que dice Harry Crews. Para hablar de lo peor de uno mismo es necesario tener la distancia que te proporciona un alter ego, de otro modo (en autobiografía auténtica) la tentación de embellecer o dejarte mejor es demasiado poderosa. Cienfuegos da asco porque yo di asco. El que Cienfuegos no sea Yo hace que en realidad se parezca más a mi Yo que si hubiese hablado de las tribulaciones de Kiko Amat así, sin disfraces”, apunta Dana Spiotta. Era broma. Ahora sí, ella: “Bueno, acabo de cumplir 47 años, así que no me ha hecho falta demasiada imaginación”.

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