Los papeles perdidos de Warhol

200 dibujos firmados por el artista en su juventud se exponen por primera vez tras haber sido descubiertos en el archivo de su fundación en 2011

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'No Title (Questions All America is Asking)',' dibujo fechado en 1953. / ANDY WARHOL FOUNDATION FOR THE VISUAL ART INC.

Antes de dedicarse a serigrafiar latas de sopa, Andy Warhol fue un ilustrador infatigable. De día, se ganaba la vida dibujando para las revistas de moda. De noche, perfeccionaba su trazo reproduciendo imágenes encontradas en periódicos y semanarios de papel cuché. Delineaba estudios anatómicos del torso masculino, retratos de damas de la alta sociedad estadounidense, rostros de niñas angelicales pero con sonrisa maléfica y grabados de cupidos durmientes como los del primer Barroco. La década de los cuarenta había llegado a su fin. El artista, con 21 años recién cumplidos, acababa de desembarcar en Nueva York con la humilde intención de convertirse en una estrella.

Ese Warhol del paleolítico contracultural, hasta ahora prácticamente desconocido, acaba de ser desenmascarado. Y todo gracias al descubrimiento de 300 dibujos firmados durante los cincuenta, que permanecían ocultos en cajones polvorientos de su fundación. Hace más de dos décadas, fueron erróneamente catalogados como material de archivo sin interés artístico o comercial. Una muestra inaugurada ayer en el Louisiana Museum, centro de arte moderno ubicado una hora al norte de Copenhague, repara el error exponiendo por primera vez una selección de dos centenares de esas ilustraciones, que fueron descubiertas en 2011 por el galerista alemán Daniel Blau. En octubre pasado, Blau ya había llevado un pequeño muestrario a la feria Frieze de Londres, donde expuso varias decenas de dibujos durante cuatro días. El enorme interés suscitado fue proporcional al asombro que genera descubrir que nadie les haya prestado atención hasta ahora. “Tras la muerte de Warhol, en 1987, los responsables de catalogar su herencia se encontraron con cientos de obras por clasificar. Comprensiblemente, su atención se centró en el periodo del pop art y su producción tardía. Hasta hace muy poco nadie se interesó por lo que había hecho durante sus años de juventud”, justifica Blau.

Extrañado por la flagrante falta de material de los cincuenta, el galerista desembarcó en la sede de la fundación en Nueva York pidiendo que le enseñaran “dibujos de las protestas comunistas” de aquella década como los que había visto años atrás en una exposición en Basilea. Su interlocutor abandonó la sala, antes de regresar con un puñado de carpetas bajo el brazo, desbordantes de estos papeles perdidos de los que nadie conocía la existencia. Blau quedó estupefacto. “Fue como observar a Warhol por encima de su hombro mientras dibujaba”, afirma el galerista, que observa en sus ilustraciones la influencia de pintores europeos como Dix, Klimt y Schiele, aunque con un trazo sencillo y moderno, bidimensional y bicolor. “Warhol no tenía formación de pintor, sino de diseñador gráfico. Su lenguaje era el papel y la tinta”, sostiene Blau.

Supone un insistente estereotipo decir que las obras de juventud de un artista condensan su trabajo posterior de forma casi premonitoria. Pero no queda más remedio que repetirlo al observar esta galería de dibujos, código fuente de la obra de Warhol en la que aparecen anunciados todos sus intereses temáticos. “Warhol se presenta como un buscador de imágenes y no como un productor y exhibe la misma distancia respecto a lo que retrata. Además, aunque parezca más ingenuo y menos narcisista, entonces ya tenía la clara voluntad de hacerse famoso”, confirma el director de Louisiana, Poul Erik Tøjner, que se ha marcado un tanto exponiendo los dibujos antes que museos de más envergadura. “Él fue el primero en interesarse por ellos justo después de su descubrimiento”, afirma Blau. “Mientras los grandes museos tienen la programación cerrada a diez años vista, nosotros trabajamos pegados a la actualidad”, sostiene Tøjner.

A Warhol, observador perspicaz de lo que le rodeaba, no le hubiera disgustado. En sus dibujos, el artista opta por la reproducción en cadena de sus obras y mezcla alta y baja cultura, la superficialidad deliberada y el compromiso político. Exactamente igual que haría más tarde, al alternar un retrato de Marilyn Monroe con otro de Mao Zedong. Enfrentando a heroinómanos desesperados y niñas luciendo sus vestidos de domingo, Warhol contrapone el dogma de la felicidad impostada que emerge tras el cataclismo de la guerra y la contracultura que germina durante los cincuenta, mucho antes de que llegaran Valerie Solanas, The Velvet Underground y decenas de otros descastados que exigieron sus quince minutos de fama.

 

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