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Ana Rodríguez Fischer: “Se aprende a escribir leyendo con sosiego”

¿Y si un acontecimiento histórico determina nuestra vida? Con 'El pulso del azar', la escritura asturiana responde esa pregunta con el fondo de la Guerra Civil

¿Y si uno no puede llegar a ser lo que anhela por culpa del azar? ¿Y si este solo temor provoca renunciar a nuestras aspiraciones? ¿Y si un acontecimiento histórico determina nuestra vida? Cuando la narradora, crítica y profesora universitaria Ana Rodríguez Fischer comenzó a escribir El pulso del azar (Ediciones Alfabia) se propuso responder preguntas como esas. Así comenzó a crear la historia de una mujer que un día recibe en la cárcel un paquete de cartas con pormenores de los acontecimientos que han moldeado su presente.

La protagonista está inspirada en una chica que la autora conoció en el primer año de Instituto. “Ella era una niña huérfana de padre y su mundo era tan atroz y horrendo que yo apenas podía admitirlo, aceptarlo o darle credibilidad. Entonces decidí conjurarlo, a modo de catarsis, negando que en realidad hubiera muerto y afirmando que todo era un engaño. Del recuerdo de aquella fealdad física y moral, y de aquella mentira, construí una metáfora de la vida frente al franquismo, especialmente de los hijos de quienes perdieron la guerra”.

¿Otra novela sobre la Guerra Civil? “De no creer que contaba algo bastante desconocido”, responde, “no habría malgastado mi tiempo ni energías, teniendo en lista de espera otros libros. Transcurre casi sólo en Barcelona, con el contrapunto de Asturias y el feroz tributo por lo sucedido durante la revolución del 34, con analogías muy reveladoras para cuanto vendría después en el 36, por lo que más bien habla de las rivalidades y rencillas y sospechas y enfrentamientos entre los distintos sectores fieles a la República. Y, sobre todo, trata de las transformaciones en la vida cotidiana e intrahistórica o en sectores menos conocidos: ¿cómo ponían los ingenieros sus conocimientos al servicio de la causa popular? ¿Qué investigaciones y experimentos o avances se impulsaron en la Medicina para evitar los desastres de la guerra? Y más aspectos”.

Ana Rodríguez Fischer (Asturias, 1957) comenzó a escribir novelas hace casi 30 años. En Objetos extraviados (Lumen) se adentró en la vida de la pintora gallega Maruja Mallo. En Ciudadanos (Edhasa) contó el caso de Daniel Herrero, acusado de robo y secuestro, con detalles sobre la investigación judicial y el juicio a cargo de un jurado popular. Luego hizo un relato acerca de una inquieta y agitada adolescente en la Barcelona de los años setenta que tituló Batir las alas (Acento editorial). Pero también ha publicado libros de ensayo y crítica literaria. Es que para ella la narrativa y la crítica se relacionan sin ninguna interferencia. “Se aprende a escribir leyendo con sosiego y meditación. Y se entiende mejor la literatura cuanto más amplia y proteica sea la perspectiva desde la que la abordamos. Siempre he suscrito lo que escribió Juan Benet sobre los críticos y su obligación de ser Otelos, desenterradores, y no policías de tráfico que sancionan según códigos regulados”.

Rodríguez Fischer se describe como “alta y delgada como las asturianas del himno, pero sin los otros atributos que siguen.” En las clases que imparte en la Universidad de Barcelona combina teoría, historia literaria y análisis de obras. Y se ufana en decir que escribe para combatir las limitaciones de la vida real. “La única exigencia es disponer de tiempo abundante y del vacío o descanso mental que sobreviene en etapas no lectivas. También requiero de cierta alegría o despreocupación, que nada enturbie mi vida ni la de los míos, que no me reclamen otros imponderables, y pueda aislarme y vivir a solas con mis criaturas de papel.” Pero reconoce que tiene limitaciones: “Carezco de la paciencia necesaria para desplegar o desarrollar ce por be todo el potencial de mis hallazgos una vez he averiguado lo esencial, conforme a ciertos cánones algo convencionales de lo que es o debe ser una novela. Por eso suelo usar la primera persona, que puede ser más elíptica y admite mejor ciertas transgresiones del discurso referencial".

Para hacer El pulso del azar, además, se echó un clavado en un mar de memorias y crónicas sobre la Guerra Civil española “para estar mentalmente en esa época.” Así se enteró, entre otras cosas, de la importancia de los conservantes para mantener la sangre donada en frascos, “algo que salvó una enorme cantidad de vidas.” Fueron tres años de trabajo. Y casi 500 páginas de prosa detallada y ambiciosa.