Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

La ciudad, instrucciones de uso

El rescate de un libro de Georges Perec y una exposición en Castellón coinciden en recurrir a la cotidianidad para dibujar el único retrato posible de lo urbano

Georges Perec, en el rodaje de 'Un homme qui dort', película de 1973 sobre su libro homónimo. Ampliar foto
Georges Perec, en el rodaje de 'Un homme qui dort', película de 1973 sobre su libro homónimo.

Buena parte de las ciudades está ya inventariada, cartografiada, censada, registrada. Y aunque cambia constantemente, se anota, rectifica y representa continuamente en guías, planos, censos y fotografías. Lo demás, lo que no se percibe, lo que aparentemente carece de importancia es lo que el escritor Georges Perec (1936-1982) se molestó en anotar en su Tentativa de agotamiento de un lugar parisinohace 37 años, cuando el autor tenía 39. El escrito, un volumen de apenas 60 páginas, no describe monumentos ni hallazgos ni sucesos extraordinarios. Simplemente anota la vida, lo que se escurre con el paso del tiempo y que es, a la sazón, la razón de la existencia de las ciudades. El libro acaba de ser rescatado por la editorial Gustavo Gili. Y un niño que desliza un coche en miniatura por el cristal de la cafetería, un hombre que se detiene un instante para saludar a un perro, una joven con una carpeta de dibujo, el autobús 86, el 96, o de nuevo otro 96, un cura que regresa de viaje, una hormigonera de color naranja, el cartel de “Exija Roquefort Société” o las diversas maneras de llevar las cosas (en la mano, bajo el brazo, a cuestas)… las listas de Perec, en fin, siguen contando muchas historias a partir de casi nada.

El autor inventarió la vida en ‘Tentativa de agotamiento de un lugar parisino’

Ese casi nada es lo que da la vida a la Place de Saint-Sulpice de París. La vida en su mejor vertiente, la cotidiana, sin heroísmos ni dramas o sin apenas aristas, pero con todo el sentido de una trama firmemente urdida fue lo que, en realidad, el escritor anotó en su libro.

Perec se sentó dos días seguidos, hora tras hora, en esa plaza. Y simplemente tomó nota de cuanto veía. Más que centímetro a centímetro, o acontecimiento tras acontecimiento, el escritor recorrió los días alumbrando su cotidianidad: poco tras poco. Y en seguida se dio cuenta de que, a pesar de todo, resultaba imposible abarcar toda esa nimiedad. Sucedió que esa suma de pocos era mucho: la vida en el barrio.

La reedición del libro en castellano coincide ahora con la muestra del artista Beat Streuli (Altdorf, Suiza, 1957) en el EACC (Espai d’Art Contemporani) de Castellón. Si el escritor francés no empleaba una sola imagen para agotar la descripción de su plaza, el fotógrafo suizo no utiliza una sola palabra para hablar sobre toda una ciudad: Castellón. La cuestión es ¿qué descripción resulta más certera? ¿La que deja ver o la que permite imaginar?

Tras Los Ángeles, Sidney, Osaka o Atenas, Streuli fotografía Castellón

Streuli ha recorrido con su cámara varias ciudades del mundo: Los Ángeles, Chicago, Sidney, Osaka o Atenas. Sus series sobre urbes retratan siempre a una colectividad anónima y ensimismada, ciudadanos solitarios que parecen tener menos tiempo que los descritos por Perec y que, sin embargo, no parecen tener tampoco un rumbo fijo o un lugar a donde ir. Letreros de “Liquidación por traslado” o “Evo banca inteligente” han sustituido al que invitaba a comer queso en París.

Las ciudades de Streuli no son una extensión de la casa. No parecen, en realidad, ni siquiera las ciudades que dicen ser. Una imagen de este autor titulada como una ciudad representa un lugar que podría estar casi en cualquier parte del mundo, un no-lugar.

Muy alejado del espacio concreto de los autobuses, los perros y los parisinos identificados por Gorges Perec, el trabajo de Streuli podría ser el de un Perec del siglo XXI, un Perec sin palabras. Con imágenes fraccionadas, inconexas —a pesar de estar tomadas en una misma ciudad— los retratos son los de ciudadanos globales que, en plena era de la imagen, parecen haber enmudecido ante la obligatoriedad de vivir su vida sin instrucciones de uso.