Memorias de un proletario del rock

'Postales negras' es el honesto recuento de las vivencias de Dean Wareham, líder de Galaxie 500 y Luna, bandas claves de los ochenta y noventa

Cristobal Manuel (E)

La última vez que Luna pasó por Madrid, en 2005, sus componentes apenas se miraban. En un momento dado, Dean Wareham, cantante, guitarrista y líder de la banda soltó un discurso sobre lo asqueroso que había sido el viaje en furgoneta que sonó más a protesta que a disculpa. Esa noche la última canción que interpretaron fue Black postcards. “Estoy cansado de no tener futuro / Estoy cansado de tirar mi suerte”.

Poco después, el cuarteto, heredero de esa escuela del rock neoyorquino que inició Velvet Underground y continuó Television, se disolvería, dejando atrás siete discos publicados desde 1992. Wareham (Wellington, Nueva Zelanda, 1963), editó en 2008 Black postcards, una autobiografía que ahora publica en español con el título Postales negras, Libros de ruido, nueva editorial fundada por el sello barcelonés Sones. “Me interesó porque es modesto, sincero y me he sentido reflejado. Cuenta esas cosas que todos los músicos hemos vivido”, dice Fino Oyonarte, componente de Los Enemigos y responsable de la editorial, sentado con un Wareham de visita en Madrid para promocionar el libro.

“Dejar un grupo es como romper una relación. Siempre hay uno que se siente traicionado y se dedica a echar mierda"

“Ahora mismo es más sencillo para un músico vender una autobiografía que conseguir publicar un nuevo disco”, señala el autor antes de separar ese género literario en dos grupos. “Los de Clapton o Keith Richards, son muy entretenidos, pero no los han escrito ellos, ni tienen voz propia. Sin embargo, en el de Glen Matlock de Sex Pistols o en el de Dee Dee Ramone les oyes a ellos”.

Según ese criterio la voz de Wareham tiene algo de disculpa. “Nadie escribe la verdadera historia de su vida. La verdadera historia de una vida es la historia de sus humillaciones”, dice la cita inicial del poeta Vijay Seshadri. A la que sigue un extracto de una entrevista con Damon Krukowski, su compañero en su primer grupo Galaxie 500, en la que cuenta cómo Wareham intentó capitalizar su éxito. “Dejar un grupo es como romper una relación. Siempre hay uno que se siente traicionado y se dedica a echar mierda. Aunque me asombra que después de tantos años todavía me guarden rencor. Entiendo que con una cerveza encima digas esas cosas, pero que las cuelgues en tu web…”, explica Wareham, que ha asumido el papel de malo de película.

"Hoy tengo bastante más respeto por la gente que escribe no ficción. Incluso por los críticos de rock. Creo que es más difícil escribir un artículo que una canción”

“Todos tenemos ego, es inherente a ser músico. He escondido cosas, pero no escribí el libro pensando en los lectores. Y eso es muy liberador. Aunque ahora tengo bastante más respeto por la gente que escribe no ficción. Incluso por los críticos de rock. Hoy creo que es más difícil escribir un artículo que una canción”.

Asentado en Nueva York desde adolescente creció como profesional entre dos eras. “En los ochenta, con el dominio de Bon Jovi o Huey Lewis parecía imposible que una banda como nosotros tuviera éxito. Nirvana cambió eso, pero no para bien. No les odio. Pero siento que convirtieron la música alternativa en un negocio. De todas formas hablo de una era que desapareció. Los noventa fueron una época dorada para el negocio porque con la llegada del CD se vendían discos que ya estaban amortizados”.

Wareham explica su trayectoria como si fuera un trabajador del rock, no una estrella. Y eso que el libro deja muy claro en qué consiste ser una. “Se ponía a tono nada más despertarse. Se hacía rayas de coca en el trabajo. Se follaba a chicos y a chicas, […] llegaba tarde, contaba mentiras, se ponía hasta las cejas, llevaba una vida loca con la que no podía seguir. Se subía colocado al escenario. Cargaba al sello sus compras de la licorería. Dejaba seco el minibar del hotel. Se movía en limusina. Le sacaba todo el juego a la vida”, dice sobre uno de sus amigos, no músico, que entonces trabajaba en Elektra, el sello que fichó a Luna confiando en que serían el éxito que nunca llegaron a ser. “Existe esta falsa percepción de que estar en un grupo es algo glamuroso. Y no. Bueno, a veces, sí. Cuando estás entre el público, en una gran ciudad, y han vendido todas las entradas, piensas: ‘tiene que ser fabuloso estar ahí’. Pero por cada sábado en Madrid o Chicago hay un lunes en Oklahoma. Es más fácil ese ritmo para un ejecutivo que para un músico. Él no tiene que tocar al día siguiente”.

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