Los cantantes solistas mueren antes

Una investigación concluye que los miembros de grupos de éxito sobreviven más que los vocalistas

La cantante Amy Winehouse fotografiada por Bryam Adams para una campaña de publicidad en 2011. / GTRESONLINE

Mala noticia para los que sueñan con triunfar cantando en solitario: cualquiera que lo consiga tiene mayores posibilidades de morir que sus coetáneos que se dedican a otros oficios más prosaicos. Y una noticia ligeramente mejor para quienes se embarcan en un grupo musical: su índice de mortalidad es la mitad del correspondiente a los cantantes solistas.

Son algunos de los descubrimientos de Dying to be famous (Muriendo por ser famosos), una investigación desarrollada por Mark A. Bellis y cuatro doctores más de Manchester y Liverpool, que ahora publica BMJ Open. Ellos aplicaron técnicas de análisis epidemiológico a 1.489 solistas e integrantes de grupos que alcanzaron máxima fama entre 1956 y 2006 en Europa y América del Norte (que parece abarcar Estados Unidos y Canadá, sin México), una selección obtenida cruzando resúmenes anuales de ventas y votaciones de aliento histórico. De ese listado, se habían registrado 137 fallecimientos a principios de 2012, cuando comenzó el tratamiento de los datos.

La nómina de artistas triunfadores se limita a músicas que han sido consistentemente populares en ambos continentes, lo que podríamos denominar el mainstream: pop, rock, rap, rhythm and blues, electrónica y new age. Por el mismo criterio, se desecharon las figuras procedentes de músicas menos universales, como el blues, el jazz, el country, el bluegrass, el folk o la música celta.

Las comparaciones con segmentos de población similares —sexo, edad, origen étnico— son contundentes: hay una mayor tasa de mortalidad entre los divos musicales, esos supuestos beneficiarios de la lotería de la vida. Como si obedecieran a las leyendas, sus finales tienden a ser truculentos. Así, fallecen aproximadamente tantos artistas a consecuencia del alcohol y las drogas como la suma de los abatidos por el cáncer y las enfermedades cardiovasculares. La Parca no hace diferencia entre sexos pero sí entre razas: hay mayor mortalidad entre negros.

Respecto a la edad media de los difuntos, es de 45,2 años para los americanos y 39,6 para los europeos. El famoso Club de los 27, que señala esa edad como fatal para las estrellas, resulta ser una leyenda urbana, construida a partir de enfatizar la muerte trágica de determinadas figuras que cumplían ese requisito (apenas una decena entre las citadas 137).

Kurt Cobain, líder de Nirvana, en la grabación del 'unpplugged' de MTV en 1993.

Para explicar la abundancia de bajas entre músicos y cantantes, los responsables de Muriendo por ser famosos mencionan (1) la atracción de los ricos por el hedonismo, (2) el carpe diem que caracteriza a la industria musical y (3) la asunción de conductas de riesgo tipo abuso de substancias, como respuesta a las presiones del estilo de vida o, incluso, como parte intrínseca del proceso creativo.

Respecto a la menor mortalidad de los artistas que forman parte de grupos, parece evidente que cualquier proyecto colectivo genera una red de seguridad más espesa: sus miembros suelen hacer lo posible para evitar que un compañero acelere hacia la autodestrucción. De hecho, conocemos casos de músicos fallecidos justo después de separarse o distanciarse del grupo matriz: Brian Jones, Jim Morrison, Sid Vicious, Kurt Cobain.

Por el contrario, un solista tiende a construirse entornos serviles: quien se atreva a recriminarle determinados comportamientos puede temer por su trabajo. Los empleados y los familiares de Michael Jackson tenían un (comprensible) interés en que el creador de Thrilller volviera al directo, aunque eso supusiera alarmantes cócteles de drogas de farmacia. La tendencia al aislamiento también facilita las crisis de autovaloración (¿me quieren, no me quieren?) y los excesos.

Una novedad del estudio es que intenta contabilizar las llamadas Experiencias Adversas de Niñez (ACE, por sus iniciales en inglés). Sus conclusiones son inquietantes: casi la mitad (47.2 %) de los artistas fallecidos procedían de familias disfuncionales, desfavorecidas o directamente rotas. Cuidado: esa alta incidencia también podría reflejar la mayor predisposición de personas traumatizadas a invertir sus energías en una profesión tan incierta como la música.

Los investigadores detectan igualmente una creciente tendencia a tomar precauciones: se asume el sintagma de “los peligros de la fama”, que es otra forma de referirse a la mitificada tríada de sexo-drogas-y-rocanrol.

A partir de los años ochenta, se va instalando una cultura que desaprueba los comportamientos azarosos, al menos de boquilla, y que recurre a métodos más sofisticadas para la rehabilitación. Aunque eso no sirviera para salvar a Amy Winehouse.

 

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