Una pesadilla real... ¿o inventada?

El programa de telerrealidad conducido por el cocinero Alberto Chicote es el gran éxito de la temporada en laSexta, aunque le acompaña la polémica

El chef Alberto Chicote, en un momento del programa.

Revolviendo entre fogones, neveras y alacenas, laSexta ha encontrado el ingrediente perfecto para su parrilla. Ese toque de dulce, con el que han cosechado jueves tras jueves desde que arrancara la emisión a finales de octubre una audiencia media de más de 2,5 millones de espectadores y el 12,6% de cuota de pantalla, es Pesadilla en la cocina, un espacio de telerrealidad conducido por el chef Alberto Chicote y basado en el formato estadounidense Kitchen nightmares, con Gordon Ramsay. A modo de experto asesor, el presentador visita semanalmente un restaurante cuya supervivencia se encuentra en peligro y, con una receta a base de cartas renovadas, relaciones laborales mejoradas, decoración adecuada y planes de desarrollo realistas, intenta propiciar el empujón que ayude a reflotar la marcha de los establecimientos, en muchos casos inmersos en graves problemas financieros. ¿La doblez del que ha sido el éxito de la temporada para la cadena? Mientras que algunos de los dueños alaban el buen hacer y los resultados conseguidos por el procaz cocinero, otros lo califican de “estafa”.

Mientras que unos dueños se declaran satisfechos, otros hablan de “estafa”

“Se trata de prestar experiencia y conocimientos a alguien que no los tiene, porque si no, no le irían así las cosas”, explica Chicote sobre el concepto del espacio. “Cada vez que terminamos, el equipo y yo tenemos la certeza de que esos negocios tienen una oportunidad que no hubieran tenido sin nosotros, pero a partir de ahí la responsabilidad de cambiar las cosas es suya”. Para acometer la empresa, el chef y el resto de profesionales que le acompañan prepara un “plan de acción” en el que se tienen en cuenta todos los aspectos derivados de cada negocio particular, como el número de comensales que puede acoger, su localización o las posibilidades técnicas del local.

El patio del Nuevo Da Vinci, tras el paso de una tormenta. / rafa soler

Grabados hace meses, los siete episodios de 10 que se han emitido hasta la fecha han dejado un sabor de boca desigual. Enfrentado a cocineras deslenguadas, a dueños obstinados y a personal en general desmotivado, tras el paso del huracán Chicote no todo el mundo ha caído de pie: el restaurante El Castro de Lugo, en Madrid, cerró antes de que se emitiera su episodio; el Dómine Cabra, también en la capital, lleva un mes traspasado con otro nombre y otros dueños que aseguran estar “totalmente desvinculados” de Pesadilla...; y el Nuevo Da Vinci de Moraira, en Alicante, se encuentra por el momento clausurado “indefinidamente”.

“Mi experiencia es de total fracaso, me siento explotado”, señala Rafa Soler, el propietario de este último comedor, que amenaza con emprender acciones legales. Sus quejas abarcan todos los palos: desde la mala calidad de la nueva decoración (“De chichinabo”), a una propuesta de menú exigua (“Cinco arroces y dos postres, sin carne ni pescado”) o un trato abocado al sensacionalismo televisivo (“El programa no se tiene por qué meter en la vida privada de nadie”). Tras la reinauguración de su local, para la que, según explica, el programa ideó una carta para ser cocinada siempre en el patio exterior con el que cuenta, una tormenta se llevó por delante tanto varias mosquiteras que se habían colocado para crear espacios cenadores como banderolas y cables. “Es demencial no tener en cuenta que puede llover”. Su hijo, también restaurador e instigador de su paso por el programa, refuta sin embargo las acusaciones de su padre. “El programa hizo todo lo posible por dejarle el restaurante perfecto. La carta, que me parece muy buena, con muchos productos frescos, si hace mal tiempo la puedes hacer dentro, y si hay tormenta, es normal que haya desperfectos”, justifica. “Pero mi padre no ha tenido ganas de trabajar y de llevarlo porque no ha querido cambiar de hábitos”.

Todo lo que ves es así: no preparamos ni colocamos nada”

Alberto Chicote

Desarrollado siguiendo una escaleta sin guion, Pesadilla..., como concede Chicote, se inmiscuye en cuestiones de la esfera privada de los participantes (véase el caso del dueño del Dómine Cabra, que falleció tras grabarse su episodio, en el que se sincera sobre el cáncer que padecía): “Esto no es solo un oficio, es una manera de vivir, y a veces los problemas personales se reflejan en el funcionamiento del restaurante”. Las recriminaciones de algunos de los protagonistas, no obstante, van más allá: desde Bilbao, los gerentes de los establecimientos Opila y La reina del arenal, que han rehusado hacer declaraciones a este periódico, tildaron a Chicote de homófobo, a lo que él sale al paso conciliador: “Por las noticias que tengo, esos locales están trabajando muy bien, y yo me alegro enormemente, porque es para lo que fuimos”.

La publicidad que se genera para los negocios es una de las facetas positivas a las que apunta Alfredo, gerente del bar La Tana, en Pinto, que se declara satisfecho con las sugerencias y las mejoras propuestas por el programa. “La gente viene a conocer el local y la carta que creó Chicote, y lo que más ha triunfado es la hamburguesa, porque él dijo que era la mejor de Madrid”. Ante cuestiones como las quejas de otros propietarios de que se exagera el nivel de suciedad en las cocinas, el empresario se muestra realista sobre el concepto del programa —el entretenimiento— y de la propia televisión. “Al entrar, yo sabía que el morbo está ahí, y que no es difícil exagerar las cosas, pero yo me arriesgué”, explica. “Ya sabes que la tele engorda”.

Reducir una semana de trabajo en los restaurantes a los 50 minutos que dura cada episodio, exige, en cualquier caso, que haya (muchas) cosas que se queden fuera. Y la edición, como siempre, da su juego. “Todo lo que ves es así: no preparamos ni colocamos nada, pero sí recortamos”, ilustra Chicote, quien se muestra encantado con su nueva faceta televisiva, que además de llevarle a una nueva temporada del reality, ya confirmada, le trasladará a la Puerta del Sol esta Nochevieja para dar las Campanadas. “De momento el trabajo me parece fantástico, y no creo que me vaya a cansar, porque es muy gratificante”, asegura, al tiempo que indica que él mismo tiene en proyecto la apertura de su primer restaurante propio. ¿Se mantendrá fiel a sus propios consejos? Y más aún, ¿le funcionarán? “No hay un secreto mágico”, concluye, “pero cuando le pones interés y cariño, el público lo percibe”.

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