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Un genio y un monstruo en la ópera

Philip Glass lleva al escenario del Teatro Real una oscura visión de la vida de Walt Disney, tildado de racista y megalómano. “Es un icono de la modernidad”, dice el compositor

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Cartel de la ópera The perfect american. EL PAÍS

Misógino, racista, fascistoide, adúltero, megalómano... Es el retrato severo y desconocido, el oscuro reverso del perfecto americano que el escritor Peter Stephan Jungk y el próximo estreno mundial del Teatro Real (22 de enero) trazan de Walter Elias Disney en The perfect american. Una ópera basada en la polémica visión de la novela de Jungk (“Construida a partir de muchas biografías y algunas ficciones”) y musicada por Philip Glass. El nítido reflejo de las turbaciones del padre de Mickey Mouse a través de la obsesión de un exempleado de la factoría despedido y empeñado enfermizamente en desenmascarar su auténtica personalidad. Pero cuestionar a un mito de la industria estadounidense y la cultura pop (Warhol y Dalí le adoraban) respaldado todavía por una poderosísima multinacional es delicado. Por decirlo suavemente.

Gerard Mortier encargó a Philip Glass esta obra cuando fue contratado en la Ópera de Nueva York (aunque nunca se estrenase allí). El compositor no había afrontado una historia de un compatriota. Disney era el americano perfecto, y él, el compositor ideal para la partitura. Excepto por la admiración que, de algún modo, profesaba hacia el creador de la industria de fantasía más grande de la historia. Y del temor manifiesto a ofrecer un retrato alejado del bondadoso tío Walt (como quería que le llamaran). “Temía a la factoría Disney”, resume Mortier. He aquí el tira y afloja generado a la hora de reflejar la crudeza del libro. “Cuando empecé, la gente pensaba que me iba a reír de él. Pero yo veo a Walt Disney como un icono de la modernidad. Un hombre capaz de tender puentes entre la alta cultura y la cultura popular. Como Leonard Bernstein, que podía pasar de un musical en Broadway a un ciclo de Mahler”, explica el compositor de Baltimore, esmerándose en justificar las luces y sombras de cualquier personaje.

Glass recibió una llamada del estudio Disney: “Preferimos que no lo hagas”

Pero llegó la llamada de los estudios Disney. “Preferiríamos que no lo hicieras”, le comunicaron. No había vuelta atrás. Fue la última advertencia. A partir de ahí, se buscó a un libretista de su confianza y se trasladó una primera versión de la novela a lenguaje operístico. Demasiado suave. Mandaron a los estudios el libreto y no hubo respuesta. “Luz verde”, recuerda Jungk. El empeño de Mortier todo este tiempo ha sido conservar la oscuridad de un personaje obsesionado con su reino y su desmoronamiento el día de que le alcanzara la muerte. “Me recuerda a Cocteau y a su Orfeo en esa idea de inmortalidad”, dice Glass.

Un hombre criado a palos en Missouri (en el pueblo de Marceline), en un entorno que parecía sacado de una novela de Faulkner, maltratado por su padre y forjado, como él mismo dice en el libro, “con la madera de grandes americanos como Henry Ford o Thomas Edison”. Y ahí reside el equilibrio perfecto de la historia. Disney fue un genio, pero también, según el libro, un hipócrita despiadado capaz de denunciar a Chaplin en plena caza de brujas pese a reconocer que fue el gran inspirador de su reino imaginario. Un hombre hecho a sí mismo con esfuerzo y trabajo, pero resentido de por vida con la clase obrera (aunque su padre era socialista) por la huelga de dibujantes que sufrió en su estudio en 1941 y que le retrató por primera vez como un empresario insensible.

Abraham Lincoln y Andy Warhol son personajes de la ópera

Los personajes principales de la ópera son Wilhelm Dantine (exempleado de Disney que ejerce de némesis vengativa compartiendo incluso iniciales), Hazel George (amante y masajista del dibujante), su esposa Lillian, Andy Warhol (profundamente identificado con Disney) y Abraham Lincoln. Precisamente, el decimosexto presidente de EE UU, más bien un autómata del parque de atracciones de Anaheim, mantiene en la novela y en la ópera un maravilloso diálogo con Disney donde este le expresa su admiración pero, sobre todo, las profundas discrepancias que le obligan a desconectarle. “Siente usted una llamativa simpatía por los negros, ahí sí que no podemos estar de acuerdo”, le dice llegando a cuestionar la abolición de la esclavitud. “¿Eran los Panteras Negras lo que quería? ¿Martin Luther King?”. Según el libro, Disney no permitía que afroamericanos trabajasen para él y prohibió la entrada al parque al boxeador Muhammad Alí.

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Walt Disney en uno de los figurines de la obra.

Obsesionado con la ciencia y la posibilidad de criogenizarse, la ópera termina con la desmitificadora incineración de Disney. Nadie en su familia respetó su voluntad. Se había convertido en lo que temía: en una empresa. Cuando supo que el cáncer que padecía le iba a dejar a lo sumo dos años más de vida —provocado por las tres cajetillas de Lucky Strike que aspiraba a diario— su hermano le soltó al médico: “¿Dos años? Tiene trabajo acumulado para mucho más tiempo”. La anécdota la cuenta Philip Glass e ilustra la paradoja que persigue al personaje durante toda su vida. De explotador a explotado. Un tipo que construyó un imperio irrepetible con la inestimable mano de obra de trabajadores anónimos o mujeres a quienes solo se permitía colorear. Un americano perfecto cuya firma, el trazo más sencillo y reproducido de toda su iconografía fantástica, ni siquiera era obra suya.

Un trío tras la estela del ‘papá’ de Mickey Mouse

Philip Glass. Recibió el encargo para componer The perfect american cuando Gerard Mortier dirigía la ópera de Nueva York. Su visión de Walt Disney es mucho más suave que la del autor de la novela. Según Jungk y el propio Mortier, no quería enfrentarse a la poderosa multinacional.

Peter Stephan Jungk. Implacable en su retrato de Disney, esperaba más polémica. “Me decepcionó un poco que no me llamaran de los estudios quejándose”, dice en tono provocador. Considera que el libreto ha quedado finalmente “bastante equilibrado” en el retrato del personaje.

Gerard Mortier. Quedó prendado de la novela de Jungk y del duro e insólito retrato que hacía de Disney. Ha insistido a Glass y al libretista en que no debía adulterarse. “Glass temía a la factoría”, dijo ayer. Desde la dirección de escena se ha endurecido la visión de la obra.