ANÁLISIS

Gran literatura, y nada más

¿Vamos a tener que volver a los tiempos en que se juzgaba la calidad de la obra literaria por la adscripción del autor a una u otra opción política?

El Premio Nobel de Literatura Mo Yan posa junto a su esposa, Quinlan Du, después de recibir el galardón en la ceremonia de entrega de los Premios Nobel. / JONAS EKSTROMER (EFE)

¿Vamos a tener que volver a los tiempos en que se juzgaba la calidad de la obra literaria por la adscripción del autor a una u otra opción política? En este mundo en el que vivimos, cuando no es la economía, es la política el factor sustancial de análisis. Y a la literatura que la zurzan con hilo negro. ¿Es que de nuevo vamos a juzgar la obra literaria de Céline por su penosa inclinación al antisemitismo o la de Sholojov por su papel relevante en la Unión de Escritores Soviéticos?

Mo Yan es un escritor satírico que en sus primeras novelas (Sorgo rojo, Grandes pechos, amplias caderas...) ha mostrado, bajo un tinte entre nostálgico y romántico, la dureza real y emocional de la vida del campesinado chino y que en sus obras posteriores llegadas hasta nosotros (La vida y la muerte me están desgastando, La república del vino o Rana) ha narrado de manera implacable la miseria vital y moral de la burocracia china, el enchufismo y la corrupción de la vida social y, con una cercanía no exenta de compasión, la vida de las gentes en su lucha cotidiana por subsistir y desgranar sus pequeñas esperanzas en un medio de una aplastante mediocridad y falta de libertad. Lo ha hecho poniendo la vista tanto en la tradición china como en la literatura del mundo occidental; y lo ha hecho eligiendo como camino, de manera cada vez más acentuada, el que tantos otros escritores antes que él han debido seguir para burlar la opresión autoritaria: el humor, en su caso derivado hacia lo grotesco como herramienta literaria.

Lo grotesco —que se emparenta con la fantasía y con el absurdo— tiene antecedentes tan ilustres como Nicolás Gogol o Mijail Bulgákov. La fantasía y el absurdo acercan a Mo Yan al realismo mágico de un García Márquez o al sentimiento del absurdo de un Kafka. Como en el caso del colombiano, su inspiración procede de la literatura y de los cuentos de su abuela…

Lo que escribe Mo Yan es gran literatura y como tal acabará siendo apreciado por encima de la coyuntura política y bajo esa luz ha de ser juzgado. Sus personajes son una verdadera representación de la comedia humana, tan reconocibles para el lector occidental como para el lector oriental. Ellos y su literatura son su defensa y su auténtica fe de vida.

 

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