OPINIÓN

Títulos del crédito

En un museo de Nápoles que antes estuvo rodeado de cabras hay pintado un tipo que es igual que José Manuel Caballero Bonald. El cuadro es del siglo XVII. En épocas aún más remotas hubo otro pintor que dibujó también esa cara circunspecta y reconcentrada que de pronto lanza una coña y se calla de nuevo. Por todo el mundo hay alguien que se le pareció en otro tiempo, y él se parece al conjunto de esos antepasados.

De ellos, de los antepasados probables y también de los improbables, de los acostados y de los que se acostaron poco o lo suficiente, tiene algo la sabiduría de Caballero Bonald. Concentrado de jerezano pasado por las noches mágicas de Colombia, quiso ser héroe un día, se lanzó al mar para dejar admirada a su novia, Pepa Ramis, la Pepa Caballero de después y de siempre, y fue ella, campeona de natación, la que tuvo que salvarle a él del oleaje respetuoso del mar balear.

Entre las virtudes de este héroe que entonces no pudo ser y que jamás lo intentaría ser de nuevo, está la de callar a tiempo, la de reír cuando es preciso, pero sobre todo la de ser un escritor formidable, dotado para la sintaxis muchísimo más que para la natación de bajo riesgo. Porque no quisieron entenderlo ni reconocer ese valor, hace una decena de años (él diría: “hace un siglo, más o menos”) los académicos de la Lengua le cerraron varias veces la puerta en sus narices, pero él no guardó rencor sino desdén, y ya nunca más quiso que en las mesas donde se sienta se volviera a hablar de ese incidente.

Su cabreo, su cabreo vital, fue siempre por otros derroteros, por las grandes miserias a las que ha asistido como espectador y como partícipe de la patria en la que ha cumplido ya 86 años (“o varios siglos”, también podría decir). Describió la fugacidad oscura del franquismo en su primer libro de memorias, Tiempo de guerras perdidas, y después se agarró a la estela de su recuerdo para describir, en La costumbre de vivir, el fresco casi completo de lo que pasó en este país antes de la democracia. El aire seguía viciado, él lo vio gris, y así lo contó, memorialista mayor de la vida.

Su cabreo mayor de los tiempos recientes fue el que lo condujo a escribir Manual de infractores, poemas, contra Aznar y la inmersión de este país en la guerra de Irak. Entonces dijo: "Ya no escribo más”. Se acabó, quiso acabar el autor de Descrédito del héroe con la palabra para explicar lo que le pasaba por dentro, pues por dentro regurgitaba un enorme cabreo.

Dijo entonces: “Yo tengo intermitencias delictivas. Me suelo cabrear mucho con las cosas y a medida que observo lo que ocurre a mi alrededor me vuelvo más suspicaz, más consciente de que vamos cada vez peor”.

Pero luego rehizo su suspicacia, miró hacia atrás sin ira pero con convencimiento y dio a la imprenta (Seix Barral, como casi toda su obra últimamente) su autobiografía en verso, como si visitara otra vez a aquellos antepasados que lo miran desde la cama o desde los cuadros.

A él no le gustaría oírlo, porque tiene el pudor de las buenas personas, pero si hay un adjetivo que le viene bien a este hombre que durante años se ha dedicado a quitarle el crédito a los héroes supuestos, si hay una sentencia que lo defina, si hay algo que se puede decir de él y no de tantos de los que frecuentan como autores los diccionarios de la vida, esa definición que le va es la de tío cojonudo.

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