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EL SILLÓN DE OREJAS

Las musas están sedientas

La literatura norteamericana contemporánea está poblada de borrachuzos.

Y la de aquí, también. Novelistas bebedores que escribieron en español (y en las demás lenguas españolas, claro) los ha habido a montones,

Ilustración de Max. Ampliar foto
Ilustración de Max.

Hubo una idea de la literatura ya casi olvidada que requería del alcohol. La concepción romántica del novelista que precisaba convocar a sus demonios interiores para “sacar fuera” lo mejor de sí mismo daba por hecho que el alcoholismo era una enfermedad profesional del métier, un peaje que debía abonarse a las musas a cambio de la facultad de franquear puertas que las inhibiciones y los bloqueos creativos se obstinaban en cerrar. El cine norteamericano reflejó abundantemente al escritor alcohólico, pero quizás nunca con la lancinante crudeza con que lo hizo Billy Wilder en Días sin huella (The Lost Weekend, 1945), una película que, sin embargo, lograba a menudo el efecto contrario al que quería provocar: he conocido a jóvenes letraheridos a los que los tormentos y éxtasis del dipsómano Don Birnam (Ray Milland) —incluyendo aquel aterrador delirium tremens en el que surgían repulsivos bichejos de una grieta en la pared—, les provocaba aún más ganas de beber, de acuerdo con la vieja norma de que el abismo atrae y el infierno resulta menos aburrido que el paraíso. Tom Dardis analizó en The Thirsty Muse (1989), un libro famoso y nunca traducido al castellano, los estragos causados por el alcohol en algunos de los mejores escritores norteamericanos de la generación de entreguerras —Faulkner, Scott Fitzgerald, O’Neill, Hemingway—, argumentando acerca de sus efectos negativos sobre su producción. Pero lo cierto es que se trata de cuatro gigantes que nos dejaron otros tantos imprescindibles legados literarios: a pesar de (o hay quien dice que gracias a) el alcohol. La literatura norteamericana contemporánea está poblada de borrachuzos. Y la de aquí, también. Novelistas bebedores que escribieron en español (y en las demás lenguas españolas, claro) los ha habido a montones, amparados quizás en la mayor tolerancia mediterránea hacia el alcohólico. Bebieron mucho, por ejemplo, los escritores de la generación del cincuenta, tanto los que se movían por Madrid como los que lo hacían por Barcelona: de las nocturnidades alcohólicas de ambos grupos nos han quedado abundantes testimonios en los libros de memorias de sus colegas y contemporáneos. Y también han bebido los que vinieron después: Fernando Marías, por ejemplo, logró reflejar (por personaje interpuesto: un dibujante de cómic) algunas de sus propias (y dramáticas) experiencias alcohólicas en su memorable novela El mundo se acaba todos los días (2005, Alianza). En todo caso, literatura y alcohol siguen formando en el imaginario de la gente una indisoluble pareja de hecho. Mezclados y agitados (DeBolsillo), de Antonio Jiménez Morato, saca provecho de las sublimaciones literarias del alcohol para establecer un recetario de cócteles con firma de autor (de Chandler a Cabrera Infante, de Djuna Barnes a Faulkner, de Gil de Biedma a César Aira), a base de tragos reales (y extraídos de sus libros) o imaginarios (y “deducidos”). Todo ello acompañado de notas biográficas más o menos mitómanas de los escritores (algunos conspicuos alcohólicos y otros simples aficionados), instrucciones para la preparación de los brebajes y algunos fragmentos con referencias alcohólicas extraídos de sus obras. Lectura muy diferente —y más provechosa— me ha parecido la estupenda novela breve de Mathias Énard El alcohol y la nostalgia (Mondadori). Su protagonista, un escritor que también buscó su voz en el alcohol (“tu problema es que escribes para beber, y no a la inversa”, le decía su amante), viaja en el Transiberiano acompañando el féretro de su amigo y rival en el enloquecido ménage à trois que habían formado ambos y la mujer que amaron. En el viaje se amontonan los recuerdos: los personales, pero también los literarios y los históricos, suscitados en la mente del narrador por la imagen de una Rusia sobrecogedora y cubierta de nieve que parece, en efecto, estar dotada de un alma eterna. Una pequeña gran novela de amor y de amistad (y vodka) en la que resuena el eco de Chéjov y se siente la huella lírica del Blaise Cendrars de Prosa del Transiberiano (1913).

Literatura y alcohol siguen formando en el imaginario de la gente una indisoluble pareja de hecho

Marcharse

De viajes lejanos, vividos, disfrutados y meditados, habla también París-Saigón (Pasos Perdidos), un fragmentado travelogue que reúne parte significativa de la dilatada experiencia viajera de Ana Puértolas: un periplo en doce escalas separadas por casi cinco décadas, y en el que la autora cuenta lo que ha ido “viviendo y sintiendo” en diferentes lugares al hilo de la peripecia de su vida. Desde las primeras escapadas a París para respirar por vez primera el aire de la libertad (más intenso cuando se está enamorada), hasta un Saigón ya muy alejado de los entusiasmos militantes de los sesenta y setenta, y visitado, finalmente, como parte del paquete turístico “Vietnam espectacular”, lo que no deja de poner un cierre suavemente irónico al relato. Más prácticos y burgueses son los itinerarios que propone 125 Weekends in Europe (Taschen), un volumen que recoge perfectamente ilustradas y minuciosamente puestas al día otras tantas escapadas de fin de semana por el viejo continente publicadas originalmente en la famosísima serie semanal 36 hours de The New York Times. 125 peregrinaciones (de Lisboa o Cork a Tbilisi o Perm) planteadas con criterio práctico, pero buscando siempre un punto de originalidad y sorpresa más allá de lo trillado, y apoyadas en una razonable (y breve) selección de hoteles y restaurantes. Con interesantes sugerencias para hacerse en poco tiempo una idea de un lugar y quedarse con las ganas de volver en otra ocasión. Y sí: está en inglés, pero el vocabulario empleado está al nivel de usuario de Internet. Buena relación calidad-precio: encuadernado en tela, profusamente ilustrado con fotos, dibujos y planos, 650 páginas, 29,99 euros.

Espero que hayan aprovechado el día de las librerías (30 de noviembre) para aprovisionarse

Final

Solo faltan 20 días para el fin del mundo, si hacemos caso a las predicciones del calendario maya de cuenta larga, cuyos 5.125 años de duración se cumplirán el 21 del corriente. Espero que hayan aprovechado el día de las librerías (30 de noviembre) para aprovisionarse: si todo tiene que acabar, al menos que sea con los libreros contentos. Yo tengo reservado, además del texto bíblico imprescindible (pueden leer la traducción de Cantera Burgos e Iglesias González en Apocalipsis Now, de Vicente Verdú, Península), la Poesía completa (Lumen), de Zbigniew Herbert, que fue un maravilloso experto en el arte de desdramatizar poéticamente el espanto (incluso el cotidiano). Claro que, a lo mejor, todo queda en agua de borrajas, como cuando se hablaba del apagón electrónico a la vuelta del milenio y al día siguiente todo (hasta los sistemas informáticos de los gánsteres financieros, ¡ay!) siguió funcionando. Y es que quizás Eliot tenía razón (reléase The Howllow Men,1925) y el mundo no terminará con un bang (estallido), sino con un whimper (lamento). Si así fuera, hay días grises de esos que te muerden el alma en que tengo la sensación de que el final empezó hace tiempo. Y perdonen la tristeza, que diría Vallejo, mi cholo favorito; y a vivir, que son veinte días. O