El arte del ring

La editorial Trilce publica 'La fábrica de boxeadores en Tijuana', homenaje al espíritu de una ciudad de frontera

Guadalajara (México) 27 NOV 2012 - 22:17 CET

Omar Millán, autor del libro durante la presentación. / Saúl Ruiz

La editorial Trilce, especializada en libros de arte dirigida por Débora Holz y Juan Carlos Mena, ha presentado en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara otra joya: La fábrica de boxeadores en Tijuana, un homenaje al espíritu de esta ciudad de frontera –el combate por la supervivencia- y a los héroes locales que mejor lo encarnan –los jóvenes que alcanzan la redención a puñetazos-. De los barrios y gimnasios de Tijuana han surgido en los últimos 30 años 18 campeones mundiales, entre ellos Julio César Chávez y Erik el terrible Morales, hombres cuyos éxitos y fracasos simbolizan el alma de esta ciudad, que como dice el periodista John Lee Anderson en el prólogo, “parece maldecida” por su cercanía a EE UU, “condenada a ser un lugar del que se quiere partir y al que nunca se quiere llegar”.

Escrita con pasión pero sin demagogia por el reportero de Associated Press, Omar Millán, La fábrica de boxeadores, narra el ascenso, caída y ocaso de un grupo de púgiles “con ganas de cambiar el mundo de pobreza que conocían”. Y lo hace con un estilo capaz de seducir incluso a aquellos que detestan este deporte. Cedámosle la palabra para oír el extraño regreso al ring de El Terrible Morales, campeón del mundo de los pesos supergallo, una noche de finales del verano de 2009. El espectáculo circense va a comenzar pero en el ambiente flotan otras imágenes.

Marco Antonio Barrera (a la izquierda) contra Eric 'El Terrible' Morales, en un combate celebrado en Las Vegas en 2002.

“En mi caso, se me aparece un Erik, de 12 o 13 años, peleando en un terreno de arena blanca y hierba amarillenta contra un buscapleitos al que llamábamos El Olmeca -por su enorme cabeza y duro entendimiento- uno o dos años mayor que Morales. Todos estamos gritando: ¡Dale, dale! ¡Pártele la madre al Olmeca! Acabábamos de salir de de clases de la secundaria 51, una escuela austera pintada de cal para espantar a los insectos y las serpientes en la cima de un cerro (…) Quiénes cursábamos allí éramos vistos como adolescentes sin futuro, sin nada que perder, una generación que acabaría seguramente alcoholizada, abandonando al par de hijos que tuvo antes de cumplir los 20 años”.

“Nosotros no nos preocupábamos por contradecir ese prejuicio (…) Éramos, sin saberlo ni quererlo, hijos de las devaluaciones y las crisis económicas que azotaban el país cada sexenio. Nuestros padres habían grabado en nuestros cromosomas los funerales de la esperanza. Así que pelear a puñetazos, conocer el sexo y emborracharse hasta olvidar nuestros nombres antes de cumplir los 15 (…) significaba nuestro mundo; el mundo que nacía cada vez que nos levantábamos del sillón donde dormíamos porque ninguno tenía una recámara propia. Aquella pelea la ganó El Terrible, aunque nadie le conocía todavía por ese sobrenombre”.

Con fotografías de Jorge Dueñes, Álex Cossío y Sergio Ortiz y reproducciones de los carteles de combates que hicieron historia –Azabache Martínez vs Carita Sandoval; Mantequilla Nápoles vs Herbie Lee- La fábrica de boxeadores de Tijuana hace emerger a través de las victorias y derrotas, de la gloria y la ruina de los jóvenes luchadores la realidad social de Tijuana, muy golpeada hasta hace poco –llegó a haber hasta 800 muertes anuales- por la violencia del narcotráfico. Pero la crónica de Omar Millán no es una elegía. Aún hoy unos 600 muchachos se entrenan en sus gimnasios con la vista puesta en las bolsas de Las Vegas y Los Ángeles y ganas de “demostrar de qué están hechos”, de alcanzar la inmortalidad entre los escombros de una ciudad de inmigrantes y damnificados del crimen organizado.

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