Boom latinoamericano: Universo en expansión

Quince escritores de Europa y América analizan el aporte de la generación de escritores latinoamericanos de los años sesenta a a la literatura

Banville, Nooteboom Talese, Cartarescu, Fernández Cubas, Shua, Ben Jelloun, Harss, Arana, Anderson...

Gabriel García Márquez en su casa © Daniel Mordzinski / EL PAÍS

Un universo en expansión. Como el mismo universo que no deja de evolucionar, sorprender, crear, impulsar, polinizar, brillar o eclipsar. Eso es el boom latinoamericano de los años sesenta, aquellos escritores que empezaron o se forjaron en esa década prodigiosa. Por eso hoy EL PAÍS clausura el especial 50 años del boom. La literatura que cambió el español con la opinión de 15 autores y críticos de medio mundo cuyas voces recorren ese universo literario para iluminar diversas zonas.

GAY TALESE
Deuda
Junto con multitud de lectores durante los años sesenta, estoy en deuda con la llamada generación del boom por sacarme, a mí y a muchos de mis conciudadanos, de nuestra gran ignorancia acerca de los triunfos y padecimientos que han marcado la historia de Sudamérica desde la época del descubrimiento.

Los escritores del boom eran grandes narradores y artistas de lo ficticio, y las historias que contaron a través de su ficción no solo iluminaron y ampliaron nuestro sentido de la realidad sino que también fueron una inspiración para nosotros. Desgraciadamente, es cierto que la mayoría de los escritores de no ficción – biógrafos, historiadores y periodistas — centran su atención en los personajes públicos famosos (dirigentes políticos, celebridades del espectáculo, empresarios y banqueros poderosos); mientras que los escritores de ficción de la época del boom, y sus descendientes, nos han ofrecido historias de la vida “corriente” que han desarrollado nuestra concepción inicial de lo que realmente es corriente. Esto no se debe a que esos escritores imaginasen a esas personas “corrientes” en circunstancias extraordinarias, sino a que los escritores poseían un conocimiento tan profundo de esas personas cuyo entorno compartían que nosotros, los extraños, los lectores de todo el mundo, hemos sido capaces de identificarnos con esas personas lejanas y aceptarlas como nuestras vecinas literarias.

 

ANA MARÍA SHUA
Revolución
Puso a la literatura patas arriba. Sacó de la academia los experimentos de las vanguardias y se los regaló a la gente, convertidos en narración pura. Descubrió con San Agustín que el tiempo es una cierta distensión del alma, y nos hizo zigzaguear por sus vericuetos. Fue político sin someterse a ninguna ideología. Puede haberse convertido en estancamiento y burocracia: ¡pero nunca olvidemos que fue revolución!.

 

JOHN BANVILLE
Borges
Aunque el primer libro de realismo mágico fue de Günter Grass, estos escritores le dieron más luz al realismo mágico. Entonces se vivió como una revolución pero no estoy tan seguro de que lo fuera. Por supuesto Borges sigue siendo el mejor de todos ellos.

Eliot Weinberger: Descubrimiento

Está de moda decir que el boom fue simplemente un producto de la mercadotecnia de Estados Unidos que se extendió al resto del mundo: el envoltorio con el que se presentó a un grupo de escritores que tenían poco en común salvo que todos eran latinoamericanos. Puede que esto fuese cierto en parte – nunca se trató de un movimiento estético — pero las consecuencias, desde el punto de vista de EE UU, donde se traduce muy poco, fueron estimulantes. Nunca ha vuelto a haber una concentración así de traducciones provenientes de un idioma o región y una respuesta tan universal. Y la repentina proliferación de textos escritos por los novelistas del boom (y por su predecesor, Borges) también estuvo acompañada de un auge similar de libros escritos por poetas contemporáneos – Neruda, Paz, Parra, Cardenal y muchos otros — así como por maestros anteriores como Vallejo y Huidobro, que antes eran invisibles en inglés. Tenemos tendencia a pensar en el boom en relación con la ficción (y, en efecto, se da la circunstancia de que Cien años de soledadfue la novela única que más influencia tuvo, en todo el mundo, durante la segunda mitad del siglo XX). Pero, en EE UU, la poesía latinoamericana tuvo un efecto enorme sobre casi todas las facciones enfrentadas de la poesía, y muchos de los poetas más importantes – una lista demasiado larga para repetirla aquí —participaron en la traducción de aquellos poemas.

En Estados Unidos el estallido del boom se produjo en medio de los acontecimientos de la Guerra de Vietnam y el movimiento de los derechos civiles, una época de odio del país hacia sí mismo (al menos entre la clase de personas que leía literatura). Había un tremendo interés, y añoranza, por realidades distintas de aquella en la que vivíamos: las religiones asiáticas, los rituales de los indios americanos, las drogas alucinógenas, y así sucesivamente. En la búsqueda de una “contracultura”, no era solo el llamado “realismo mágico” de algunos novelistas sino la propia Latinoamérica lo que parecía, por aquel entonces (antes de la starbuckización del planeta), existir en un universo paralelo y más atractivo.

Solo a unos pocos de los novelistas y poetas del boom se los sigue leyendo en EE UU: García Márquez, sin duda; Neruda (todavía el poeta más vendido en EE UU); Vargas Llosa y Cortázar hasta cierto punto; Paz. Casi todos los demás han desaparecido en gran medida (en inglés). Pero el heredero evidente del boom es Roberto Bolaño. No solo por el hecho de ser el primer latinoamericano desde los escritores del boom que ha tenido un éxito internacional tan grande. Es que leer a Bolaño se parece mucho a la experiencia de leer un libro como Rayuela en la década de 1960 (como hice yo siendo adolescente). Junto al repertorio de personajes intelectuales, bohemios, libres de espíritu, atractivos e interesantes, está, sobre todo, la sensación de la alegría absoluta de escribir una novela, algo que rara vez se encuentra actualmente en otros novelistas, por mucho talento que tengan. Es algo que recuerda mucho al Godard de los años sesenta: esas películas intrincadas, locas y caóticas, rebosantes de la sensación de que hacer una película es simplemente divertidísimo.

Si pensamos en el boom en función de la creación artística, carece de sentido: las novelas de Onetti, por ejemplo, no le deben nada a Cabrera Infante. Pero en cuanto a la recepción, fue sin duda un boom: la primera vez que Estados Unidos y Europa prestaban atención de manera seria y entusiasta a una literatura contemporánea que no fuese la suya propia. El llamado Occidente descubrió que había otros que tenían cosas que decir y formas de decirlas que no conocíamos. En ese sentido, pude que el boom fuese más importante para el norte que para el sur.

 

MIRCEA CARTARESCU
Influencia
Mi héroe es Sábato, su trilogía es una Divina comedia de hoy día. Pero creo que Borges y Cortázar han sido más influyentes. Hay algunos libros de García Márquez que es imposible superarlos. Y Vargas Llosa ha ganado el Nobel más merecido de los últimos diez años. Sí, me encuentro a gusto con ese tipo de prosa, aunque mi objetivo es diferente y sigo otro espíritu. (De la entrevista de Ignacio Vidal-Folch)

 

JON LEE ANDERSON
Universal
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta. Mi primer acercamiento con los autores del boom fue con Gabriel García Márquez, con Cien Anos de Soledad, alrededor de 1977, cuando tenía 20 anos y yo iba y venía entre Nueva York y América Latina. El libro fue una revelación, y me abrió los ojos a nuevas posibilidades de ver, de creer, y de narrar el mundo. (Los siguientes autores que leí fueron Cortázar, con Rayuela, creo; Jorge Amado con Gabriela, Clavo y Canela, y Mario Vargas Llosa, con La Casa Verde.)

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura de ese grupo de escritores?

R: Con esas obras América Latina (como una entidad cultural y geográfica propia) adquirió un lugar reconocido en el imaginario internacional literario, realmente por primera vez. America dejaría de ser interpretada casi exclusivamente en el ámbito internacional por autores extranjeros salvo algunas notables excepciones como Paz, Borges y Carpentier. Y sobre todo con la obra de García Márquez, los “boomistas” también ofrecieron, y por primera vez, una manera distinta de narrar, y de percibir, la realidad latinoamericana, destacando historias de la gente “común" - los indígenas, los mestizos, los negros, y las gentes del campo, tradicionalmente marginados- en lugar de personajes de la élite criolla hispana.

P: ¿Alguna reflexión particular?

R: El boom ha tenido un efecto y una metástasis más allá de la novela, por supuesto, que ha sido de una contribución contundente en el hemisferio -y mucho más allá también-. En el cine, en el teatro, en la telenovela, y en la crónica periodística como género literario, podemos presenciar las múltiples enriquecedoras maneras en que la rotura de moldes sociales de los autores del boom ha contribuido a un canon cultural contemporáneo mucho más incluyente y abarcador. ¿Sería posible el boom actual de literatura entre los autores híbridos del poscolonialismo de la India y África -autores como Salman Rushdie, Zadie Smith, Hanif Kureishi, Chimamanda Ngozi Adichie, y Dinaw Mengistu- si no fuera por el boom latinoamericano de los 60? Lo dudo. El boom latinoamericano abrió la pauta y dio paso a un mundo literario internacional más incluyente, democrático y vibrante -más representativo- que el que había existido antes.

 

CRISTINA FERNÁNDEZ CUBAS
Frescura
Lo primero que me admiró y maravilló fue leer a Juan Rulfo y Pedro Páramo, una obra de arte. Luego, esa generación de los sesenta dio una inyección de frescura y nuevas formas de narrar.

 

LUIS HARSS
España
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: Para mí el primer autor fue Cortázar. Rayuela me deslumbró. Lo vi en una vidriera de una librería española en París, en la calle Monsieur-le-Prince. Yo vivía en un hotelucho a media cuadra, el Médicis. Lujosa pobreza. Expatriado de alma. En Oliveira y sus vaivenes entre dos mundos descubrí mi retrato.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura de ese grupo de escritores?
R: La universalidad de la literatura a través del babel de lenguas. El concepto borgiano de que un autor es todos los autores. Y una cierta ampliación en la gama de la "realidad". Ahora incluye el mito y el milagro. Ya no son metáforas o fantasías sino cosas de todos los días.

P: ¿Alguna reflexión particular?
R: No hay que olvidar el aporte español. La amistad de Carlos Barral. El matriarcado de Carmen Balcells. Barcelona fue uno de los polos del boom. El gran traductor al inglés de los escritores del boom, Gregory Rabassa, es hijo de catalanes. Y Galicia nos dio el editor del boom en la Argentina, Paco Porrúa, nacido en la Coruña.

 

JUAN CRUZ
Periodismo
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: El primer libro con el que sentí que estaba leyendo algo fascinante y diferente, sin ser consciente ni mucho menos de que estaba leyendo un libro más sino un libro distinto, fue Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante. De pronto, en medio de aquellos libros tristes de la España socialrrealista se introdujo una novela que literalmente cambió mi vida.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación del boom a la literatura universal?
R: La diversidad. Se dice boom porque no hay tendencias, hay escritores y hay novelas. Boom significa explosión, partes que quedan de un todo. Hubo de todo; por fortuna se diluyó la expresión realismo mágico, que aludía solo a una parte, y se quedó en boom. Creo que al final esa fue una expresión (una explosión) afortunada.

P: ¿Alguna reflexión particular?
R: La cultura literaria de nuestra generación, y también el periodismo, ha dependido de esos libros. Una expresión máxima de la relación que el periodismo tuvo en la explosión fue el libro de Luis Harss, Los nuestros, afortunadamente rescatado ahora por Alfaguara, así como el libro La invasión de los bárbaros, de Jordi Gracia y Joaquín Marco, que registra la generosidad con la que España recibió el boom. Esa generosidad se trocó en desdén luego, y ahora ese alejamiento se ha salvado para nuestra fortuna.

 

CHARLES BAXTER
Entusiasmo
Al igual que muchos otros escritores norteamericanos de mi generación, llegué por primera vez a la literatura latinoamericana contemporánea del siglo XX a través de los cuentos de Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Sus historias eran intelectualmente detallistas y a veces desconcertantes, una combinación maravillosa. Como muchos otros, encontré grandes tesoros en Gabriel García Márquez pero, personalmente, prefería las valientes y muy oscuras peculiaridades de la ficción de José Donoso, especialmente en El obsceno pájaro de la noche, un libro del que nunca me he recuperado, en el mejor sentido. En la literatura brasileña, admiro sobre todo la obra de Clarice Lispector, especialmente La manzana en la oscuridad.

Estos libros devuelven a la literatura el poder de los momentos suspendidos descritos con gran entusiasmo, los episodios irreales, las pesadillas, los personajes espectrales y la visionaria contorsión del tiempo para volver atrás. Son visualmente fuertes, un aspecto en el que la escritura norteamericana es débil a veces.

 

ETGAR KERET
Imaginación
Descubrí a García Márquez y Cortázar durante mi servicio militar obligatorio en las fuerzas de defensa israelíes. Era un soldado pésimo y a menudo, cuando mis compañeros disfrutaban de un permiso, yo tenía que quedarme en la base como castigo. Uno de los oficiales me había prestado algunos libros suyos para pasar el tiempo y gracias a él descubrí la ficción latinoamericana. Para alguien que se había acostumbrado a la escritura de Hemingway, Carver, Cheever y otros hiperrealistas estadounidenses, esto fue una verdadera revolución. Hasta ese encuentro a la edad de 18 años, yo creía que la ficción “seria” guardaba relación con algún tipo de objetivismo realista y que todas las obras no realistas pertenecían exclusivamente al género de la ciencia-ficción. Solo gracias al encuentro con la ficción latinoamericana me he dado cuenta de que escribir algo “real” no significa que deba obedecer las leyes de la naturaleza, sino que esté cerca de la verdad que uno siente en su corazón. La imaginación emocional de García Márquez y la narrativa reflexiva de Cortázar parecían mucho más cercanas a mi verdad interior que toda la ficción realista que había leído hasta entonces. Muy poco tiempo después de aquello, cuando yo mismo empecé a escribir, tuve presente esa lección y comencé a escribir una ficción que fuese por encima de todo fiel a mi experiencia subjetiva y no a la verdad “objetiva”: si después de besar a una chica había sentido que flotaba en el aire, mi personaje también flotaría en el aire, desafiando las leyes de la física, pero siendo fiel a mi experiencia personal.

 

MARIE ARANA
Lectores
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?
Respuesta: "¿Estoy en una pecera porque soy un pez, o soy un pez porque estoy en una pecera?”. Al tropezar con Axolotl, de Cortázar, cuando tenía 12 años y cuando me acababa de trasladar desde Perú, estaba tan fascinada por las preguntas sobre la identidad como el narrador de esa historia. Fue justo antes del boom latinoamericano, antes de que los estadounidenses tuvieran el más mínimo interés por casi todo lo que era extranjero. Para mí, el boom no fue un fenómeno latinoamericano, sino que estaba sucediendo a mi alrededor, en Estados Unidos, en una floreciente población de lectores que, hasta entonces, no se había preocupado ni un ápice por las riquezas de la ficción latinoamericana o por la gran herencia de las letras españolas. El boom fue una novedad, una moda, pero no podía discutirla. Los norteamericanos empezaron a ver a través de otros ojos. Se metieron en otra piel y se convirtieron en el pez de Cortázar.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?
R: Si los tomamos en conjunto, Cortázar, Borges, García Márquez, Vargas Llosa y Fuentes no pueden considerarse un movimiento unificado. No como los románticos franceses, o los beats estadounidenses, o los vanguardistas rusos. Por eso es difícil decir que aportaron algo específico a la República de las Letras más allá de la considerable fuerza de sus talentos individuales. Eran magníficamente sui generis, y resultaban imposibles de catalogar. No fue un boom de escritores per se, sino un boom de lectores; y esos lectores aumentaron en un número sin precedentes para dar la bienvenida a la ficción latinoamericana por primera vez.

P: ¿Alguna reflexión particular?
R: Antes del boom, en Estados Unidos imperaba una apatía pertinaz hacia las traducciones extranjeras. Uno de los periodistas más famosos de EE UU, James Reston, de The New York Times, afirmaba: “Los estadounidenses están dispuestos a hacer cualquier cosa por Latinoamérica excepto leer algo sobre ella”. El boom demostró que estaba equivocado. Sin embargo, una vez que los latinoamericanos cruzaron la puerta, la situación cambió. A principios de la década de 1980, los hispanoamericanos que escribían en inglés se convirtieron en el centro de atención. Y así es como los “escritores del boom”, como los conocemos, nunca aumentaron en número. Se siguió leyendo a García Márquez, a Vargas Llosa, a Fuentes y a otros, pero el boom nunca se tradujo en nuevo talento latinoamericano. La resistencia ante las obras traducidas siguió siendo la misma que antes, puede que hasta con una terquedad más intensa. El peor legado del boom ha sido la falta de imaginación que provocó en las editoriales, que solo han promovido a los imitadores, en vez de fomentar algo nuevo.

 

CEES NOOTEBOOM
Contar
Gabriel García Márquez nos descubrió un continente y nos enseñó lo que habíamos olvidado acerca de cómo contar historias. Pero el llamado boom también nos trajo la oscuridad y la profundidad de Onetti, el esplendor intelectual y el mundo mágico de Borges, la brillantez de Bioy Casares y la sorpresa de Saer y Piglia y tantos otros, todos tan diferentes entre sí.

 

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS
Futuro
Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta: El boom supuso sobre todo la internacionalización definitiva de lo hispano. Dio una visibilidad internacional muy grande a la literatura escrita en español que ha vivido desde entonces la eclosión de traducciones a multitud de lenguas.

Mi primer acceso personal al boom fue la lectura, siendo estudiante de Preu en 1968, de tres novelas: La ciudad y los perros, Cien años de soledad y Rayuela. No acierto a recordar cuál de ellas fue la primera, quizá las leyera seguidas. Lo que si recuerdo es que supusieron un verdadero revulsivo que me marcó mucho como lector.

P: ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?

R: Por un lado, ciertos autores recuperaron lo que Ricardo Gullón llamo, a propósito de García Márquez, el “Olvidado arte de contar”, esto es la narrativa de inspiración oral. Esa dirección supuso el maridaje de lo antiguo y lo moderno pues las estructuras míticas y pre-modernas de esas tradiciones, por ejemplo de un Juan Rulfo, se insertaron en la modernidad estructural a través de Faulkner principalmente. Una tercera aportación, visible en Vargas Llosa es una vindicación de la narración y de la ficción como verdadera forma de ofrecer la realidad, reconciliando la novela con la historia colectiva. Por último, autores como Guillermo Cabrera Infante o Alejo Carpentier recuperaron lo mejor de la tradición barroca del lenguaje.

P: ¿Alguna reflexión particular?

R: Toda herencia es también una deuda. Y a su vez toda deuda se hereda. Es por tanto una riqueza ambivalente, porque pesa mucho sobre los jóvenes, pero ellos no quieren limitarse a ser simplemente los “hijos de”, sino que aspiran a tener un nombre propio. Se da en la literatura latinoamericana la angustia de la influencia de la que hablo Harold Bloom. El interés por lo americano les ha hecho más fácil a los jóvenes escritores de América la entrada al mundo editorial. Ahora hay una efervescencia creativa excelente en la americana que habla español, y los estilos son muy distintos. Ni el novelista mexicano Juan Villoro es epígono de Fuentes, ni la cuentista argentina Ana Shua lo es de Cortázar, ni el colombiano Gabriel Vásquez es García Márquez. Hay muchas voces potentes con voz propia. Es posible que sean herederos, pero en todo caso lo más importante es que sean ricos literariamente y que cuando los leamos no nos estemos acordando de su padre.

Tahar Ben Jelloun: Libertad

Pregunta: ¿Qué opina del boom latinoamericano y cuál fue su primer acercamiento a él o con qué autor o libro?

Respuesta. Recuerdo haber escuchado con pasión, cuando todavía estaba en el liceo francés de Tánger, a Alejo Carpentier hablarnos del barroco en la literatura. Era un hombre muy elegante, alto y bueno. Descubría la literatura cubana (en el exilio). Algún tiempo después de esta visita que me marcó, mi amigo Emilio Sanz, historiador de cine, que pasaba mucho tiempo en Tánger, me regaló Cien años de soledad, de García Márquez, traducido al francés y publicado por Éditions du Seuil. Me sumergí enseguida en él, pero no conseguía engancharme. Algo en ese universo me impedía entrar en esa novela diferente de lo que acostumbraba a leer. La leería más tarde, después de descubrir la obra extraordinaria del escritor mexicano Juan Rulfo. Gracias a Pedro Páramo entré en el maravilloso bosque de la literatura latinoamericana. Averigüé que Rulfo había influido en García Márquez, así como en algunos otros escritores de su generación.

Al mismo tiempo, encontraba una familiaridad entre el universo de estos escritores y el de los escritores del mundo árabe. Leía a Carlos Fuentes o a Mario Vargas Llosa como si fueran de mi país.

P. ¿Cuál cree que es la principal aportación a la literatura?

Respuesta. Este auge de la literatura latinoamericana ha sido una suerte para la literatura de la segunda mitad del siglo XX. El azar hizo que varios escritores de una misma generación tuviesen talento y mucha imaginación al mismo tiempo. Constituían una pléyade de creadores repartidos por todo el continente latinoamericano. Aunque sus estilos sean diferentes, sus temas se encuentran en casi toda su literatura. Han aportado audacia, barroco, una inquietud maravillosa, un resto de surrealismo y una especie de locura que contrasta con el realismo europeo o con la adecuación a lo real al estilo estadounidense. Esta literatura ha liberado la imaginación; por lo que a mí respecta, estoy seguro de ello: al leer a Onetti, a Borges, a García Márquez, a Neruda y a los demás, mi escritura ha gozado de un permiso para soñar e inventar. Les debo esta libertad y este desarrollo de la imaginación sin límites.

P. ¿Alguna reflexión particular?

Respuesta. Pertenezco a un pueblo en el que el 40% de sus habitantes no saben leer y escribir. Es un drama, una vergüenza. Sé que algunos países de Latinoamérica también viven este drama del analfabetismo. A uno de estos escritores (me parece que era Carlos Fuentes) se le planteó esta pregunta: ¿por qué escribe usted en un continente de analfabetos? Recuerdo perfectamente la respuesta porque es la que yo doy.

La cito de memoria: “Escribo aunque sé que el pueblo no me leerá, y precisamente porque le han impedido aprender a leer tengo que escribir bien, muy bien, y tengo que darle lo mejor, porque un día ese pueblo me leerá, y si no es él, serán sus hijos, y ahí es cuando mi texto tendrá que ser irreprochable...”. Esta es la idea que aprendí y la he expresado a menudo cuando me lo han preguntado: escribes en un país de analfabetos (y luego algunos añaden), y además escribes en un idioma que no es el del pueblo, ¡escribes en el idioma del colonizador!

Los que me han reprochado que escriba en francés en vez de en árabe, me pedían en cierta manera que dejara de escribir, porque saben que no domino lo suficiente el idioma del Corán para expresarme libremente como lo hago en francés. El citar la respuesta de esta literatura latinoamericana me ha ayudado y me ha apoyado para seguir mi camino de escritor, testigo de mi época y testigo vigilante que a veces actúa. No soy un escritor escondido y tranquilo. Intervengo como ciudadano, pero no llegaré hasta el punto de hacer política como Vargas Llosa.

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