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SILLÓN DE OREJAS

Partir sandías a cabezazos y otras rarezas

El 'Guinness World Records' entra en lo políticamente correcto, los libros más vendidos en España los nuevos libros ilustrados

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Ilustración de Max.

Es curioso. Ahora que James Bond ha completado su proceso de conversión en héroe problemático, iniciado en Casino Royale (Martin Campbell, 2006), el personaje me interesa menos que sus películas, lo que no significa que no le siga teniendo envidia por algunas de sus novias (la última en robarme el corazón ha sido la Sévérine de Skyfall, interpretada por la estupenda Bérénice Marlohe). En ese proceso de ganancia de profundidad ha tenido mucho que ver la química del tándem que forman el Bond más (psíquicamente) vulnerable y edípico (interpretado por Daniel Craig) y su jefa M, una matriarca dominatrix (Judi Dench) que lo lleva más derecho que una vela (lo que, en todo caso, parece gustar al agente del MI6). Ni Bond es ya mi Bond, ni el Guinness World Records (Planeta) se parece en absoluto al de las primeras ediciones de hace más de medio siglo. En uno y otro ha causado estragos el tiempo, que es, como descubrió el estupendo H. L. Mencken, el “gran legalizador”, y los dos han tenido que adecuarse a los dictados de la corrección política y de los usos sociales mayoritarios en nuestra época. Lo único que sigue igual es la puntualidad con que ambos productos de la industria del entretenimiento acuden a la cita prenavideña. Constato en la sección dedicada a los “humanos” del Guinness que los gordos ya no se llaman “gordos”, sino “más pesados”, aunque lo sean gracias a zamparse una de esas hamburguesas de 4.200 calorías con la que un establecimiento británico ha conseguido su récord. Algo así, me digo estupefacto, debe de ingerir, varias veces al día, mi tocayo mexicano Manuel Uribe, “el hombre vivo más pesado”, que en báscula llegó a dar 560 kilos, pero que, gracias a un régimen riguroso, hoy pesa sólo 444,6. Por cierto que, según el Guinness, Uribe lleva postrado en la cama desde 2002 (ya ven: un Oblómov con causa), lo que, sin embargo, no le ha impedido contraer matrimonio con su segunda esposa, Claudia Solís, de la que no se indica ni peso ni aficiones. Me entero también de otros asuntos igualmente interesantes: que Tafzi Ahmed ha conseguido el récord de partir sandías (43) con la cabeza en menos tiempo (1 minuto), o que el hombre “más bajo” del mundo (la palabra “enano” fue proscrita hace tiempo) es el nepalí Chandra Bahadur Dangi (54,6 centímetros). Pero mi mayor sorpresa (y decepción) ha sido enterarme de que el individuo con la lengua más larga del planeta es el británico Stephen Taylor (9,8 centímetros), cuando yo suponía que dicho récord lo ostentaba el (todavía) ministro Wert, y no precisamente por la longitud física de su hidrostato muscular, por designar la sinhueso de modo más técnico.

 

Superventas

Mientras están leyendo esto, la trilogía de E. L. James, cuyo primer tomo (50 sombras de Grey, Grijalbo) se publicó en junio, habrá vendido más de un millón de ejemplares: todo un hito en la historia reciente de la edición española, sobre todo en lo que a velocidad se refiere. Por cierto que, entre los 10 primeros libros del ranking comercial de Nielsen, nueve han sido publicados por tres grandes grupos (Random House, Planeta, Santillana), y sólo uno, El abuelo que saltó por la ventana y se largó, de Jonas Jonasson, por una editorial independiente de tamaño medio (Salamandra). En cada librería que visito me reafirmo en la opinión de que en épocas de crisis los superventas limitan aún más la vida de los libros que no lo son, de modo que aumenta la velocidad de rotación de los que se venden poco. La gente gasta menos en libros y va “sobre seguro”, es decir, buscando lo consabido y mediatizado. En todo caso, la producción editorial sigue sin descender de modo significativo, lo que no deja de sorprenderme. Los editores continúan echando el resto para la campaña navideña, aunque lo cierto es que lo que se va a vender (más) es lo que ya se está vendiendo: además de los ya citados, las novelas románticas de Kate Morton, el último Ruiz Zafón (230.000 en un año), el último María Dueñas (180.000 en cuatro meses), la desopilante El enredo de la bolsa y la vida, de Eduardo Mendoza, y media docena más, como el inminente El tango de la guardia vieja (Alfaguara), de Pérez-Reverte, que tendrá que abrirse paso a codazos para escalar a los primeros puestos de las listas. Entre tanto libro que corre peligro de pasar inadvertido en la avalancha estacional, me permito recomendarles un thriller psicológico de los que dejan huella: Tres noches, de Austin Wright, publicado por Salamandra. Su título original (qué manía de cambiarlos) es Tony and Susan, y fue publicado originalmente en 1993. Sus dos protagonistas principales no son pareja, ni siquiera llegan a conocerse porque pertenecen (o quizás no tanto) a distintas dimensiones: Tony es el personaje principal de la novela Animales nocturnos, que ha escrito el primer marido de Susan y que ella está leyendo en manuscrito. Mientras lee la novela de su exmarido, repleta de violencia y culpa, Susan repasa —y, en cierto modo, reescribe— su propia vida, lo que le permite a Wright plantearse de modo original el viejo motivo metanovelístico de la relación entre el lector y el escritor de ficciones. Por cierto que, si a los lectores de la última (y muy estimable) novela de Rafael Reig les suena lo que digo, tienen razón: Lo que no está escrito (Tusquets) presenta más de una coincidencia temática y argumental con la de Wright, un profesor de literatura que falleció hace diez años y que pocos en este país (y ni siquiera en el suyo) conocían hasta que Saul Bellow llamó la atención sobre esta novela. Y un consejo: ni se les ocurra empezarla por la noche si tienen sueño atrasado. De nada.

Ilustrados

Si el libro es la mejor puerta al mundo, como le oí decir hace tiempo a José María Merino (su nueva novela, El río del Edén, Alfaguara, ya está en las librerías), el libro ilustrado lo es por partida doble. Se amontonan estos días en mi mesa de trabajo los primeros coffee table books de la actual campaña navideña. La denominación anglófona, tan insuficiente como la de “libros de regalo” y tan ambigua como la de “libros ilustrados”, no da cuenta de la enorme variedad de la oferta, en todo caso muy inferior a la que, por estos mismos días, exhiben las librerías británicas, alemanas o francesas, donde el regalo navideño del libro ilustrado tiene más tradición. Entre los que, por ahora, más me han llamado la atención, recomiendo en primer lugar Imagen del mito (Atalanta, 55 euros), de Joseph Campbell, publicado originalmente en 1974, que constituye una especie de summa o síntesis icónica (y, por tanto, más asequible) de las teorías de su autor, uno de los más importantes mitólogos comparatistas de la segunda mitad del siglo XX. Muy hermosa es también la edición ilustrada (por Agustín Comotto) de Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio Verne, que acaba de publicar Nórdica (29,50 euros), una de las editoriales independientes más volcadas en la publicación de obras literarias de calidad ilustradas por artistas de nuestro tiempo.