La compra de arte, otra víctima de la crisis

Atención: riesgo de amnesia

Los huecos en las colecciones de los museos suponen un vacío en nuestra historia

Unos fotógrafos retratan el cuadro 'El vino de la fiesta de San Martín', de Brueghel el Viejo,expuesto en el Museo del Prado. / ULY MARTÍN

No nos engañemos. La crisis va a tener consecuencias irreversibles para el sistema del arte español. Los parámetros por los que nos hemos regido hasta ahora han dejado de ser válidos, pero ni la resignación ante un presente que nos sobrepasa, ni el lamento por un pasado mejor, que no ha de volver, son la solución. Entender que la cultura es un derecho es esencial; por tanto hay que plantear la oportunidad de nuevos modelos de gestión y financiación, y contemplar otras formas posibles de institucionalidad que garanticen ese derecho.

La recesión tendrá consecuencias irreversibles para el sistema del arte"

Es cierto que en las tres últimas décadas se han cometido errores de planificación y política cultural. A menudo se ha concebido la cultura como un medio para la promoción urbana, un pretexto para generar flujos de turistas, o ha estado vinculada directamente a la especulación. El resultado de esas políticas ha concluido en una serie de equipamientos de desigual resultado cuya gestión es, en general, inviable. Pero sería irresponsable demonizar precisamente a quienes han sido las víctimas de esos errores, la cultura y sus agentes. Tampoco es justo ni razonable sostener que, para hacer frente a la crisis, hemos de satisfacer las necesidades más urgentes, dejando fuera los aspectos que tienen que ver con la cultura. En la sociedad actual son elementos inseparables y pretender lo contrario es una falacia, producto de la ignorancia o de la mezquindad. Es por tanto imprescindible que cualquier medida de austeridad sea sensible al cuidado del tejido cultural y a su no desmantelamiento. Su protección es vital para la salud de toda comunidad.

Estamos ante un cambio de paradigma cuyo ámbito es global y no solo local. En las últimas décadas hemos sido testigos del paulatino debilitamiento de las instituciones públicas en favor de las privadas, así como de la imparable ascensión del mercado. Un mercado que ahora es, sin duda, hegemónico y supranacional, y que no entiende de procesos o antagonismos, sino de mercancías e ingenierías de consenso. Con todo, también observamos la potencia de una masa social activadora de una intensa vida cultural que desborda las separaciones tradicionales entre lo privado y lo público.

No vale decir que ya construiremos las colecciones cuando la situación mejore"

Una colección no es una mera acumulación de objetos o documentos, sino una forma de conocernos y entender el mundo. La colección de un museo constituye la memoria colectiva de un país; no puede formarse exclusivamente a base de talonario. Dudo mucho que las colecciones así creadas se adecuen a la visión que Walter Benjamin tenía del coleccionismo como una forma de narrar y recuperar la historia. Ahora bien, las piezas que no se incorporen hoy a nuestro patrimonio, difícilmente lo harán mañana. Los huecos en una colección constituyen una especie de vacío en nuestra historia, tanto en lo que respecta a la nueva producción como en lo que se refiere al arte del pasado inmediato. Si los museos son repositorios de la memoria, nuestro país corre el riesgo de la amnesia. No vale por tanto decir que ya construiremos las colecciones cuando la situación económica mejore, porque las obras se adquieren cuando surgen las oportunidades. Estas, tristemente, suelen aparecer en momentos de crisis como el actual.

Los museos y centros de arte contemporáneo son generadores de conocimiento y promueven la creación de forma directa o indirecta. Si su actividad disminuye de manera drástica, se corre el riesgo de que el tejido cultural compuesto por autores, críticos y galerías se debilite hasta la extenuación. Sabemos que aquellas ciudades que han ocupado un lugar importante en la historia del arte siempre han gozado de una amplia y productiva comunidad de artistas. París fue la capital del arte al principio del siglo XX, no por sus monumentos, sino porque Brancusi, Giacometti, Picasso, Miró y tantos otros decidieron hacer de esta ciudad su centro de actividades. Lo mismo ocurrió en el Nueva York de los años cuarenta con la diáspora europea o en el Düsseldorf de los setenta, por poner sólo algunos ejemplos. Una sociedad que alberga una comunidad frágil de artistas no favorece el saber o la innovación. Tiende, por el contrario, hacia la entropía y el anquilosamiento.

¿Qué hacer? Es evidente que, al menos en lo que a museos se refiere, las estructuras decimonónicas, basadas en la acumulación de patrimonio, son limitadas y limitativas. Es primordial pasar de una organización estática a otra dinámica, en la que se favorezca el flujo e intercambio de obras e ideas. En este modelo quien recibe es más rico, pero el que da también se enriquece porque no se trata de construir una visión única y monocorde de la historia, sino múltiple y diversa. Crear redes plurinacionales, negociar un espacio en común, buscar formas instituyentes y dar agencia al público son los retos para una nueva época en la que el lamento por la añoranza de los viejos tiempos ya no sirve. Si el valor monetario de una obra es proporcional a su escasez y rareza, el trabajo en red propone la suma de saberes como pauta para salir de la crisis. Es preciso buscar alternativas, interpelar viejos patrones y exigir que se garanticen nuestros derechos. Hoy, más que nunca, estamos ante una época que demanda la asunción de responsabilidades al tiempo que obliga a mantener una dimensión ética. Sin ella, corremos el riesgo de eternizar la miseria del presente e impedir la posibilidad de un futuro.

Manuel Borja-Villel es director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (MNCARS).

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