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El país

¿Se puede salvar el país? Esa es la pregunta que se hacen muchos ante las perspectivas económicas que recibimos ya con naturalidad. El plazo para declarar el rescate parece fijado en las elecciones locales, a las que vamos a llegar con resuello fingido. El resuello fingido es una acción de despiste que practican algunos ciclistas de alta competición. Consiste en mostrarte más entero de lo que estás, incluso atacar en un repecho cuando en realidad estás al borde del derrumbe. Lo más grave es que la política europea no cambiará hasta septiembre del año que viene, cuando por fin tengan lugar las elecciones en Alemania y el hacha de los votantes locales decida si salva el cuello de Angela Merkel.

Entretanto, la carencia de políticas para reactivar la actividad económica y la incapacidad para generar empleo reducen todo el esfuerzo de austeridad a una estampa lamentable. Cada vez nos parecemos más a un caballo de tiro al que se le ha reducido la ración de alfalfa y se le han quitado las herraduras para ahorrar. Ahorrar y ahogar se parecen demasiado. Luchar contra una deuda enorme implica asumir recortes y privaciones, pero también renegociar y ampliar condiciones si solo los intereses se meriendan todo el esfuerzo.

Se acaba de aprobar la tasa Tobin, contestada durante años por quienes no querían asumir que hay que ajustar las tuercas también a los intocables, no siempre a los débiles. Políticas de emergencia para crear empleo, evitar deslocalizaciones y fiscalidades opacas, reducir la distancia entre sueldos en lugar de aumentarla, obligar a empresas transnacionales a comprometerse con esa sociedad que exprimen mientras se desmorona, entregada a la desigualdad y el abandono. Pero no hay plan económico alternativo. Nos vendieron otro modelo de negocio, pero ha resultado ser otro modelo de sociedad. Hasta las empresas que deberían dar ejemplo de progresismo y dinámica inversa aceptan como irremediable esta década de dolor. Llegan los despidos a este periódico, cuya paradoja dramática es que tiene que señalar al Gobierno conservador que hay otro camino posible. Frente a tanto Romney, que con Dios en la boca todo el día carecen de piedad para hablar de España, hemos de estar nosotros, más empeñados que nunca en salvar el país.