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OPINIÓN

Insólita, racial y estética Blancanieves

La película de Pablo Berger, muda y en blanco y negro, no se merece el hándicap que supone ‘The artist’. Pero ahí está

El equipo de 'Blancanieves', de izquierda a derecha, Pablo Berger, Daniel Giménez Cacho, el productor de la película Ibon Cormenzana, Maribel Verdú, Inma Cuesta, Sofía Oria, Macarena García y Ángela Molina.
El equipo de 'Blancanieves', de izquierda a derecha, Pablo Berger, Daniel Giménez Cacho, el productor de la película Ibon Cormenzana, Maribel Verdú, Inma Cuesta, Sofía Oria, Macarena García y Ángela Molina.

Cuentan que Alejandro Amenábar flipó (y no precisamente de gozo) cuando, sin poseer referencias sobre su argumento, vio El sexto sentido, aquella sorprendente película protagonizada por muertos que ignoran su condición. Él se disponía a rodar Los otros. Alguien había tenido su misma idea, se había anticipado a él en la consecución de su proyecto, el estremecido público lo había bendecido en la taquilla, Los otroscorría el peligro de ser despreciada por los espectadores ante el rumor de que les iban a ofrecer más de lo mismo, que sus expectativas sobre muertos vivientes ya estaban plenamente colmadas con lo que había creado el inquietante director M. Night Shyamalan. Nadie tenía la culpa de poseer una obsesión común. En principio, mala suerte para el que llegó tarde. Afortunadamente, la historia entre lírica y terrorífica de Nicole Kidman y sus desamparados niños en aquel caserón victoriano siguió poseyendo imán para atraer a un público masivo y amortizar una inversión muy cara para el cine español.

Imagino que el estupor inicial de Amenábar ante El sexto sentido debe ser comparable al que sintió Pablo Berger, director de Blancanieves, un proyecto que se le había ocurrido en el año 2007 y en el que estaba volcando dedicación exclusiva desde entonces, al enterarse de que un director francés llamado Michel Hazanavicius había rodado una película muda y en blanco y negro titulada The artist. El resultado de ese arriesgado y hermoso experimento lo conocemos todos. Nos divirtió y conmovió a casi todos cuando se estrenó en el Festival de Cannes. El privilegiado olfato de los hermanos Weinstein percibió que esa rareza podía arrasar en los Oscar y gustar al espectador de cualquier parte. Consecuentemente, se volcaron en la promoción de lo que consideraban un caballo ganador. Todo dios disfrutó con The artist. Lo agradecieron la risa y la emoción de los espectadores, las finanzas de los productores, distribuidores y exhibidores, el prestigio de su creador.

Blancanieves, de la que alguna gente fiable me había hablado con fascinación incondicional, a mí no me provoca la felicidad que sentí con The artist, pero le deseo lo mejor, que se acerque a ella un público numeroso y sin prejuicios ante ese experimento similar al de Hazanavicius y que tanto les hizo disfrutar. Es una película con estética poderosa, con imágenes deudoras en su composición del mejor cine mudo y del expresionismo alemán pero que inequívocamente hablan de una reconocible y racial España. Su originalidad tiene causa, todos sus elementos revelan el mimo y la pasión que le ha dedicado su creador, es una película con sabor y olor. Pablo Berger imagina que ese cuento tan triste de una criatura a la intemperie que es puteada estratégica y sistemáticamente por su sádica y odiosa madrastra, pudo haber sucedido en la Sevilla de 1920, entre toreros y enanos, rituales y símbolos, sentimientos nobles y podredumbre moral, mediante actores y actrices que manifiestan creíblemente lo que sienten sus personajes aunque estos no dispongan de voz. Me encanta la espontaneidad y la gracia de la Blancanieves niña. Y me da mucho miedo esa excelente actriz llamada Maribel Verdú, alguien que puede expresar modélicamente lo que le dé la gana con su rostro y sus movimientos. Es una película insólita en su planteamiento, audaz, sentida y bonita, pero no tengo la sensación de haber visto una obra maestra. Y por supuesto, no me importa que el cine mudo y en blanco y negro se ponga de moda. A condición de que tenga algo interesante que contar y que lo haga con el lenguaje adecuado. Blancanieves no se merece el hándicap que supone The artist. Pero ahí está.

Autor junto a Matt Damon del muy interesante guion de El indomable Will Hunting, siempre me ha sorprendido que el muy limitado actor (siendo piadoso) Ben Affleck se gane la vida interpretando, aunque reconozco que va ganando un poquito con el tiempo. Sin embargo, no tengo dudas de que es un director más que eficiente, con cierto estilo. Lo demostró en la turbia y desasosegante Adiós, pequeña, adiós, en su atractiva incursión en el cine negro en The town y en el conseguido suspense que crea la interesante Argo, exhibida en la sección oficial de un festival que hasta ahora parece estar enemistado con el muermo. Cruzo los dedos para que continúe así, aunque imagino que tendrá que pagar en algún momento la absurda y fatigosa cuota del sinsentido.

Affleck se sitúa en el Irán de 1979, con el asalto de los seguidores de Jomeini a la Embajada de Estados Unidos, para contar el inaudito plan que urde un agente de la CIA para sacar del país a seis funcionarios norteamericanos que buscaron clandestino refugio en la Embajada canadiense. Ese plan consiste en buscar la ayuda de Hollywood para hacer creer a sus perseguidores que estos forman parte del equipo que va a rodar una película en Irán. Affleck logra mantener aceptablemente el suspense y dispone en papeles breves de actores que siempre inyectan vida y credibilidad a sus personajes, como los admirables John Goodman, Alan Arkin y el camaleónico Bryan Cranston. A este último, el químico canceroso que fabrica metanfetamina pensando en el porvenir de su familia en la indispensable serie Breaking bad, no logro identificarle hasta que veo su nombre en los títulos de crédito finales. Me ocurrió lo mismo con él en Drive. Es un actor con infinitos registros, un lujo de actor.

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