69ª MOSTRA DE VENECIA

Abucheos para la nueva película de Terrence Malick

'To the wonder', con Ben Affleck y Javier Bardem en el papel de sacerdote, es un pequeño fiasco

El actor Javier Bardem, uno de los protagonistas de 'To the wonder', de Terrence Malick. / MARIO ANZUONI (REUTERS)

Risas cuando ha aparecido el personaje de Javier Bardem (un sacerdote), risas con el esperpento de la actriz italiana Romina Mondello (obligada a soltar frases como "yo soy mi propio experimento"), toses con bochorno para los monólogos en off del actor español y abundantes abucheos (y algunos aplausos, todo sea dicho) al final de la película: To the wonder, la última película de Terrence Malick, ha resultado ser un pequeño fiasco.

El filme arranca con la voz de Olga Kurylenko (lo mejor de la película), una muchacha francesa enamorada de un tipo estadounidense silencioso y taciturno (Ben Affleck) con el que se muda a un pueblo de la América profunda. El lenguaje visual del realizador de la maravillosa El árbol de la vida es el mismo de siempre, empuñado con mano de hierro por su colaborador habitual, el director de fotografía Emmanuel Lubezki. Es cierto que Malick conserva esa habilidad para conectar con el espectador a niveles poco habituales, seguramente porque es de los pocos directores de cine capaces de capturar esos momentos importantes que –normalmente– suceden a espaldas del público y lograr que parezca una casualidad, un hallazgo inesperado. En esos momentos de profunda conexión (casi umbilical) con la mirada del respetable es cuando el cine de este señor de Austin (Tejas), invisible por más señas, toma cuerpo y se convierte en algo extraordinario.

To the wonder habla de ese momento en que el amor se larga, nos da el finiquito y nos dice que nos busquemos la vida. Lo hace a través de la narrativa (sui géneris) de Malick: construida como un puzle sin troquelar, a base de reflejos, fragmentos, memorias con piernas que pueden ser tanto el principio como el final de algo. En ese sentido la película nunca quiere ser explicativa (como casi todo el cine de Malick) sino que traza un sendero que se sigue sin sobresaltos, quizás porque hay tal belleza en la pantalla y es tan descomunal la maestría del realizador con el formato que incluso el estorbo (finalmente insoportable) de la voz en off acaba pareciendo un ruido de fondo.

Esta obra habla de ese momento en que el amor se larga y nos da finiquito

Sin embargo, atravesado el ecuador de la película, la poesía más banal se apodera de todo y To the wonder se cae por el barranco de la pretenciosidad. Lo que hasta ese momento ha podido ser engullido por la impresionante ingeniería visual de Malick se despeña en cuestión de minutos y del castillo de cartas no queda nada. La disquisición final del personaje de Bardem (al que podrían eliminar del montaje sin que esto afectara ni lo más mínimo al metraje), una especie de plegaria de palabras huecas en la que el sacerdote pide ayuda a Cristo para encontrar el camino, es ciertamente vergonzante, por obvia, por vacua, por fácil. Es paradójico que una película que ha necesitado el trabajo de cinco montadores y que resulta tan absolutamente magnética en su carcasa, se pierda después en un laberinto de versos facilones y reflexiones sin músculo. No se le puede pedir al director que sea como James Laughlin, William Carlos William o Robert Frost, poetas que supieron plasmar ese instante imposible donde el corazón se enfría, pero al menos debería seguir su propio ejemplo y tratar de no resultar superfluo (por no decir embarazoso).

Es cierto que To the wonder está directamente emparentada con El árbol de la vida: ambas son películas que miran al cielo, que huyen del discurso y viven en un (semi)coma religioso donde el verdadero dios es la naturaleza. Lo que separa a una de la otra es que cuando El árbol de la vida era alegórica o profunda, uno podía sentir que había verdadera comunión en la pantalla, una armonía silenciosa entre contenido y continente. En To the wonder esa armonía desaparece tan pronto como irrumpen en la pantalla las voces de los que –presuntamente– deben apuntalar la poesía visual. Si a ello le sumamos escenas más propias de un drama de sobremesa (Kurylenko en el supermercado, la aventura de esta con el carpintero, el despiporre oral de la citada actriz italiana...) el resultado final es una película de estética impecable, donde la espiritualidad adquiere los rasgos del atardecer ("hay algo espiritual en la luz natural" dice uno de los personajes del filme) pero que se derrumba en una banalidad feroz, como si Malick hubiera renunciado a rematar una historia de (des)amor que durante 45 minutos mantuvo al patio de butacas sin parpadear y con la vista al frente.

Es curioso que muchos elementos confluyan en el filme de un modo tan sencillo (la preciosa banda sonora, la fotografía, el impresionante montaje, el diseño de producción) y que sin embargo el guion no llegue siquiera a cruzar el alambre por el que pretendería hacer equilibrios. Malick siempre ha sido un director de máximos, un jugador de altos vuelos, y películas como Malas tierras o La delgada linea roja son pruebas de que sus apuestas, moviéndose siempre en los limites de la pretenciosidad, pueden ser memorables. En To the wonder los astros nunca llegan a alinearse, el azar no aparece por ninguna parte. Seguramente una mala película de Malick es una maravilla comparada con la gran mayoría de obras que nos arrojan cada año, pero una mala película de Malick es peor que una mala película de cualquier otro: cuando alguien tiene tanto talento como él los cabreos son mucho peores.

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