Las manos que mecen la aguja

Un nuevo tipo de ‘dj’s’ domina el mundo con su mezcla de pop de masas y electrónica

Sueldos millonarios y maneras de ‘rock star’

Este ha sido el verano de su eclosión

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Asistentes al festival Rock in Rio de Madrid corren hacia el escenario principal en busca de una noche de electrónica. / Claudio Alvarez

Situar en 2001 con Just a little more love de David Guetta el inicio de la senda que la música electrónica ha ido marcándose hasta convertirse en la actual autopista de ocho carriles conocida por EDM (Electronic Dance Music) es tan aventurado como dilucidar si fue antes el huevo o la gallina. Los expertos no se ponen de acuerdo en fijar el origen del advenimiento y triunfo de esta fusión entre el pop de masas y un género minoritario y casi siempre experimental. Así que mejor será recurrir a Guetta, rey de esta disciplina, que además cuenta con el respaldo de las listas de éxitos y otros rankings internacionales. El último, el de Forbes. La publicación estadounidense se ha fijado por primera vez en una profesión que, pese a la debacle económica, asoma como un brote verde en mitad de la avalancha.

Los primeros puestos están copados por nombres como el del dj francés de 44 años, con una facturación de más de 11 millones de euros en un año de sesiones, el colectivo Swedish House Mafia y el californiano Steve Aoki, y todos, a excepción del número uno, el holandés Tiësto, con un beneficio de más de 17 millones, ponen en práctica la misma fórmula.

La lista de Forbes es la confirmación de cómo han cambiado las cosas en este negocio. Los viejos virtuosos de los platos han sido sustituidos por productores que se disfrazan de dj’s en directo pero en realidad se alimentan cual vampiros de artistas como Jennifer López, Nicki Minaj o Enrique Iglesias. “Desde el universo de la música de baile se suministran estrellas al pop, por eso Rihanna no es muy diferente a David Guetta”, opina Ricard Robles, codirector del Sónar, el festival de electrónica de Barcelona.

El 'dj' David Guetta, en su última actuación en Madrid, el pasado mayo. / Claudio Alvarez

Los cálculos se hicieron a partir de una combinación de conciertos, venta de discos y de merchandising. La mezcla de las variables dio como resultado una cifra tan estratosférica, solo comprensible en términos comparativos: los 10 dj’s mejor pagados del mundo superaron el año pasado los 100 millones de euros; más que el equipo entero de baloncesto de Los Angeles Lakers.

En España, la última edición madrileña de Rock in Rio colocó en su cartel a algunos de los más destacados miebros de esta tribu (Wally López, Martin Solveig, Afrojack y el mismo David Guetta) al tamaño reservado para leyendas del rock de la talla de Red Hot Chili Peppers. “Será la mayor noche electrónica del mundo”, anunciaba Roberto Medina, ideador de este macrofestival. Y sonó a la confirmación de un auge que se certifica en radios como Los 40 Principales.

De las cuatro decenas de canciones que cada sábado conforman la lista de la emisora musical propiedad de PRISA (editora de EL PAÍS) —la más seguida, con 3.943.000 oyentes según la última oleada del EGM— entre 10 y 15 son temas de esta versión de la electrónica. Tony Aguilar, dj decano de Los 40, ajusta este éxito al tiempo en que tarden en reaccionar los artistas patrios: “Hubo una época que solo se quería a La Oreja de Van Gogh y El Canto del Loco, hasta que no se reinventen, seguirá sonando el dance”.

David Guetta ha conseguido 10 números uno en los últimos cinco años, lo que en ocasiones complica diferenciar este dial del que ocupa Máxima FM, otra emisora del grupo, en origen más escorada hacia este género. “Lo ideal es que ninguna fórmula se parezca, pero según el lema de Los 40 Principales [‘la radio de los éxitos’], es muy difícil no programar este tipo de música”, cuenta Toni Sánchez, director de ambas cadenas.

“Esta variante de la electrónica muchas veces se convierte en la puerta de entrada para los profanos”, opina Cristian Varela, uno de los dj’s españoles con más proyección, que mantiene un pie en el underground con sus sesiones de tech-house, que a veces comparte con el mítico Carl Cox en Ibiza. La isla, reflejo de lo que sucede en la escena, reproduce la tendencia rozando la hipérbole. La última idea de Guetta: un espacio de 260 metros cuadrados en el aeropuerto de Ibiza. Una especie de franquicia de su sesión en Pacha F** me I'm famous para poner a tono a los turistas.

Ni siquiera los festivales de música electrónica más experimentales son reacios a colar en sus carteles, aunque con cierto disimulo, a alguna de estas figuras. “Guetta ha estado en el FIB. Hasta el Sónar contrató a un dj como Luciano [otro de los exponentes de la música de baile]”, recuerda Agus Árbol, redactor jefe de la revista Deejay. “El empresario no se quiere arriesgar, no acertar una noche puede significar cerrar la persiana por los irreales cachés”. No existen tablas salariales, pero entre la realidad y la rumorología los sueldos por sesión rozan los 30.000 euros en el caso de los artistas con más éxito.

“Estas megaestrellas no tienen un discurso propio ni buscan la experimentación”, apostilla Robles. Existe la leyenda urbana, con más que tintes de realidad, de que la sesiones de estos nuevos dj’s son tan sencillas como darle al play y empezar a bailar. Aún así, la penetración es tal, que entre los 10 primeros de la lista de Forbes se ha colado un famoso televisivo de cuestionable prestigio como Pauly D, del programa de telerrealidad Jersey Shore.

“Esta música encaja perfectamente en la era de Internet. Su modelo de negocio es regalar sus trabajos y hacer dinero de sus conciertos; con Twitter y Facebook, la difusión es muy sencilla”, explicaba el redactor de Forbes, Zack O'Malley Greenburg, con motivo de la publicación del listado. El ciberespacio unido a una infinidad de artilugios tecnológicos —las memorias USB y los Mac traen menos problemas en los aeropuertos que las viejas maletas de vinilos polvorientos— hacen ahora las veces de embajadores de una cultura global.

Parte de este insólito éxito se debe a que, gracias a la aparición de la EDM, la música electrónica ha calado (con dos décadas de retraso) en EE UU. Allí, las raves de los noventa se llaman festivales y los discjockeys vuelven a ser súper estrellas. Hasta las drogas han cambiado de nombre, aunque sus componentes, más o menos adulterados, son los mismos. El crítico cultural Simon Reynolds recordaba en el periódico británico The Guardian que la habilidad de los promotores musicales estadounidenses para enterrar este estigma de ilegalidad y violencia (se llegaron a desarrollar legislaciones estatales que castigaban cualquier tipo de reunión lúdica no concertada) ha revertido la situación.

Allí, las estrellas son dj’s como Skrillex, número dos en la lista de Forbes, gracias a su mezcla de esta nueva versión de la electrónica, el dubstep y colaboraciones con artistas como Korn, reyes del nu metal.

“El Electric Daisy Carnival, el acontecimiento más importante del género que se celebra en Las Vegas con 320.000 asistentes en tres días, a 150 dólares la entrada, y un beneficio de 40 millones, permite que Skrillex tenga un patrimonio de 15 millones con 24 años”, ejemplifica Reynolds. “Se ha ideado un espectáculo audiovisual, que pretende emular a Disneylandia”.

La fecha de caducidad de esta versión comercial de la electrónica tampoco consigue quórum. “La discografía de Madonna es una pista con su habilidad para recoger la tendencia”, señala Árbol, “al dance le deben quedar un par de años, aún falta Shakira por sacar disco electrónico”. En muy contadas ocasiones una generación entera se apropia de un movimiento musical. “La última vez que esto ocurrió con peso fue a finales de los ochenta con el acid y el house”, apunta Ricard Robles. El último atisbo de reinvención fue el dubstep a finales de la década pasada, que convirtió el drum and bass en algo más, aunque sin el efecto diseminador para unos, burbuja para otros, de la fórmula mágica de David Guetta.

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