Invitados al cumpleaños del ‘Duce’

Cada 29 de julio, Predappio, pueblo natal de Benito Mussolini, recibe a cientos de seguidores que homenajean al líder fascista en el aniversario de su nacimiento

Imaginería en recuerdo de Mussolini en una tienda de Predappio. / GABRIELE TOSTI

Agua y cacao. Un intenso sabor a chocolate fundido. Y punto. Es decir, un helado cualquiera, como otros mil. Si no fuera por un detalle: se llama Benito. Y se refiere a Mussolini, el líder del régimen fascista que dominó Italia entre los veinte y los cuarenta. “Porque Predappio es un pueblo un poco así”, explica su creación Anahit Salabet, la titular de la heladería de esta aldea en el norte de Italia.

Con “un poco así” Salabet resume dos conceptos: ante todo, Predappio es el pueblo donde Mussolini nació el 29 de julio de 1883 y donde está enterrado. Además, justo por esas fechas, acoge cada año a centenares de nostálgicos de toda Italia que se reúnen para añorar las hazañas del Duce. Porque, como explican, más que fascistas se consideran mussolinianos, seguidores del “mayor personaje político jamás existido”, según Pierluigi Pompignoli, 75 años entregados a la causa.

Muy devota al asunto debe ser también Assunta Valdifiori, ya que, sin haber recibido pregunta alguna, esta anciana detiene al transeúnte para desvelarle un acontecimiento histórico: “Una vez Mussolini fue a beber a mi casa”. Tan fuerte es la presencia del Duce en Predappio que basta con un paseo para encontrarse no solo con sus aficionados, sino hasta con los herederos. “Soy fascista y orgulloso de serlo”, saca pecho Guido Mussolini, hijo de Vittorio, a su vez hijo de Benito. Aunque este señor de barba blanca y sombrero no quiere añadir nada más, por una simple razón: “Odio a los periodistas”.

Bastantes más ganas de hablar mostraban Davide y Lorenzo Ferrari. Padre e hijo cerraban ayer el cortejo que salió de Predappio, camino del cementerio donde yace Mussolini. “Se hizo más en esos 20 años que en toda la historia de Italia”, justificaba su presencia el progenitor. Varios metros y doscientas personas más adelante, una enorme bandera italiana y una cruz abrían la marcha. Y, justo en el medio, el cortejo contaba con un toque español: la sevillana Lucía Padilla quería agradecer a Mussolini que “acogiera” a su padre, huérfano tras la Guerra Civil.

Simpatizantes de Mussolini manifestándose en Predappio. / GABRIELE TOSTI

De cuatro en cuatro, con dos metros entre las filas —no por nada son maestros del orden— la columna avanzaba entre gritos de “¡Eja, Eja, Alalá!” (un lema del régimen) y brazos levantados. Con la misma postura otro centenar de camerati esperaba ante el cementerio. Por fin reunida, bajo un sol casi tan agresivo como aquella dictadura, la masa de jóvenes y adultos (sobre todo) y mayores y niños (pocos) atendía el discurso de Giulio Tam.

Este cura de 61 años, suspendido a divinis por el Vaticano —por tanto imposibilitado a celebrar— es el líder del movimiento. Micrófono en mano, Tam mezclaba citas de Mussolini y avemarías y explicaba que “el laicismo liberal y el ateísmo marxista” son los enemigos, a los que el Duce opuso “Dios, la patria y la familia”. “Desde que desapareció, los matrimonios ya no están juntos y dejan casarse a los homosexuales", defendía Tam. “Es una cosa que da asco”, lamentaba un señor especialmente cabreado.

Otro tipo bastante animado cogía el micrófono tras el cura y gritaba: “Benito Mussolini. ¡Presente!”. Y todos juntos levantaban el brazo derecho: “¡Duce!”. Silencio. Y aplausos. Su manera de decir “la misa ha terminado, id en paz”. Eso sí, no sin antes visitar la cripta del líder. Prevé el ritual que el fiel firme un libro y salude a la tumba del Duce. Acto seguido cuatro hombres que rodean el sepulcro se ponen en guardia. Y así hasta que pasan decenas de manifestantes.

Muchos de ellos llevaban camisas negras, como las de los camerati de entonces. Y como las que venden cuatro tiendas de recuerdos que pueblan la avenida principal de Predappio. Del tanga que reza “Boia chi molla” (“Verdugo quien se rinda”) al recetario Quien come demasiado roba a la patria pasando por la camiseta Ante la duda, pega, cada cual puede llevarse su recuerdo, con su simpático lema de regalo. Y que nadie diga que estos vendedores animan a la violencia. Da igual que hasta vendan bates. Porque, como explica Pompignoli, titular de una de las tiendas, la razón es lúdica: “Son para el béisbol”.

 “Y para romperle la cabeza a quien de la lata”, añade un cliente que acaba de adquirir un bate negro. Aunque a los que molestan también se les puede enviar al exilio, como hizo Mussolini y como sugiere otro comprador, Massimo Bellaudi, de 41 años y larga melena gris, “si te tocan los cojones”.

Al fin y al cabo, a juzgar por lo que se cuenta por estas tierras, tampoco debía de ser una solución tan desagradable. “Fueron vacaciones”, defiende Domenico Morosini, dueño de Villa Mussolini, una finca que perteneció al Duce y donde ayer muchos se reunieron tras la manifestación para nutrir sus cuerpos de italianos de pura cepa. De hecho, hay más aspectos en los que los históricos, al parecer, se equivocan. Las leyes raciales y la participación en la Segunda Guerra Mundial, al lado de la Alemania nazi, fueron “culpa de Hitler”. Y la dictadura de Mussolini fue un Gobierno “liberal”. Poco que ver con la opinión de Renato Moro, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad RomaTre: “El fascismo empleó la violencia como arma de lucha y fue un régimen dictatorial que abolió las libertades civiles”. Casi nada, vamos.

La Historia con la h mayúscula es también lo que querría contar el alcalde izquierdista de Predappio, Giorgio Frassineti. El mandatario busca convertir el pueblo en un centro cultural, donde se estudie el régimen “sin fingir que no haya existido”. Frassineti sostiene que intentó cerrar las tiendas de recuerdos, agarrándose al delito de apología del fascismo que prevé la Constitución italiana. Sin embargo, asegura que los tribunales no le hicieron caso y que tiene las manos atadas.

“El poder lo tendría pero le faltan huevos”, opina sin embargo Barbara Brunelli. Esta mujer de 40 años simboliza la otra cara de Predappio: un pueblo donde la mayoría aguanta el jaleo de una minoría ruidosa. “Es triste para la imagen de Predappio”, resume Brunelli.

Aunque tal vez la síntesis mejor sea la del alcalde: “Predappio es un pueblo de enormes contradicciones”. Un pueblo donde el propio Frassineti vive encima de una de las tiendas fascistas, donde esos establecimientos ocupan la calle Giacomo Matteotti, en honor a un diputado víctima del régimen, donde otro cura, negro, recuerda en una misa al “hermano Mussolini”. Y donde hay un helado al gusto de Benito que, para colmo, sabe bien.

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Periodista itañol de cultura de EL PAÍS

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