Momentos que bien valen la espera

Al margen de los cabezas de cartel, The Antlers, Stevie Jackson o La Casa Azul destacaron en un domingo marcado por la proliferación de tiempos muertos

Público asistente al FIB 2012 / ÁNGEL SÁNCHEZ

Muy atrás quedan los tiempos en los que el FIB apenas dejaba recuperar el resuello. Algunos escenarios no ofrecen estrecheces, y la liviandad de gran parte de su cartel, especialmente la del domingo, dejaba huecos de sobra para avituallarse a la espera de que New Order se dignasen, a diferencia de sus anteriores giras, a no maltratar su leyenda. Incluso a sacarle más brillo del esperado. Otra deuda saldada en Benicàssim. Aunque fuera David Guetta el que más tarde reventase el aforo del recinto.

Así, entre tiempos muertos y minutos marcados por la intrascendencia, no les resultó difícil a los neoyorquinos The Antlers despuntar. La densidad de sus serpenteantes texturas, a medio camino del dream pop y un sentido de la épica rasante y nada estridente, sentó estupendamente bien, arrullada por la calidez rojiza de un atardecer ya saturado después de tres días con superávit de bandas británicas de saldo, tan técnicamente competentes como intercambiables. The Crookes, a primera hora, habían sido ya un buen ejemplo. La cuota estatal ya había sido cubierta en el escenario grande, con escasa concurrencia (no es de extrañar, dado que el de este año ha sido el menor porcentaje de público nacional de la historia del festival), por The Secret Society y Cooper. Y mientras The Vaccines les tomaban el relevo provocando el delirio de la muchachada brit con sus rodajas rock de sexta generación, frescas pero de usar y tirar, en el escenario contiguo los norteamericanos Howler, entre chanzas acerca del slang británico, sacudían al escaso personal con una vibrante ración de garage rock anguloso, insospechadamente bien trenzado para el acné que aún lucen. Tan bullangueros, incordiantes y deliciosamente outsiders que acabaron atrapando.

Guiños a Brian Wilson

El que no atrapó precisamente a mucho público fue Stevie Jackson, el guitarrista de Belle & Sebastian. Y eso que mereció mucho más. Su actuación, plena de guiños más que evidentes a Brian Wilson (y, por extensión, al pop de la costa oeste), al Brill Building o al primer Elvis Costello, esgrimió una clase innegable. Y quizá fuera ese el error, exhibir una hoja de servicios cuyos nutrientes se remontan más de una década atrás. Vive rápido, consume joven, parece ser el lema del grueso de la muchedumbre aquí convocada. Y eso es lo que hay. Por ello, y porque los públicos foráneo y local apenas se mezclan, fue la de La Casa Azul la actuación que concitó, en algo más de una hora, el interés de toda la audiencia hispana. Sin novedades en el frente, Guille Milkyway activó su piloto automático y puso a todo el mundo a bailar al son de sus euforizantes tonadas, con Los chicos hoy saltarán a la pista o No más Myolastán actuando de arietes.

No dio tiempo a mucho más, al menos esa vez no, ya que Bernard Sumner y los suyos, New Order, se aprestaban a demostrar que tras la agria salida de Peter Hook, paradójicamente, han recuperado cierto decoro escénico. Rindieron tributo a Ian Curtis sin destrozar Love Will Tear Us Apart, remozaron de forma discutible algunos hits y transmitieron cierto aire funcionarial al inicio, alternando un sonido que pasó con frecuencia del mazacote a la nitidez. Transmitiendo, no obstante, la sensación de que son la mejor versión que a estas alturas podemos esperar de ellos. Sobre todo si recuperan con respeto y destreza piedras angulares como Ceremony, Bizarre Love Triangle, Temptation o The Perfect Kiss, cuatro gemas históricas que sumar al historial de un festival que las colecciona como cromos. Desde 1995. Es lo que tiene ser el decano de los grandes certámenes estivales de este país, y remar con el viento de la nostalgia musical institucionalizada a favor.

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