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Ya está, se acabó: Homer los ha barrido a todos. El barrigudo amarillo de Springfield ha noqueado a McNulty, a Chandler y a Monica, a Tony Soprano, a Laura Palmer, a los Lannister y a los Stark. Lo ha hecho con discreción, sin darse importancia, con la tranquilidad del que lleva 23 años resistiendo contra viento y marea.

Pocos contaban con él, y no parece extraño, teniendo en cuenta la trascendencia y el peso específico de aquellos a quien se enfrentaba: The wire, Friends, Breaking bad, Twin Peaks, A dos metros bajo tierra... Se fajaba con una de las mejores sitcom de la historia, con la serie que sublimó los códigos de la ficción tirando de hiperrealismo, con David Simon, con Aaron Sorkin, con David Chase, con Steven Spielberg. Sin embargo Homer tiene a sus espaldas una historia distinta, Homer es familia. Él y los suyos han estado décadas acompañándonos en las sobremesas, tanto que el binomio comida / Simpson era en este país tan famoso como el de verano / siesta.

Su victoria es indiscutible (un 60% para ellos y un 40% para el ultramedievo de Juego de tronos) y sus méritos también: de la mano de la familia más disfuncional que ha habitado jamás en la caja tonta hemos aprendido que la animación puede ser más subversiva que cualquier realidad, por mucha carne y hueso que uno le pueda inyectar. De sus venas nacieron South Park o Padre de familia. La brillantez de sus diálogos y la despampanante construcción de sus personajes son los ingredientes de lo que ya es todo un clásico de la cultura audiovisual.

Cierto, si observamos la Guerra de series con un microscopio llegaríamos a la conclusión de que el propio formato es atrevido. Establecer un conflicto en términos absolutos para dirimir cuál es la mejor serie de la historia es casi una entelequia. No olvidemos que no se han trazado batallas por categoría o segmento, que la animación competía contra la comedia con señores/as de verdad y que series dramáticas se enfrentaban a miniseries bélicas. Todos contra todos en un terreno embarrado.

De entrada había un favorito claro: The wire. La serie de David Simon es —sin discusión, o con pocos matices posibles— el producto mejor zurcido que jamás ha salido de las fauces de HBO (por cierto, con diferencia la cadena que más aspirantes tenía en esta contienda), una maravilla tan perfecta que ni siquiera necesitaba un protagonista porque tenía cincuenta. No vale la pena extenderse, las excelencias de The wire son obvias. Por otro lado estaban las series clásicas, llámense El ala oeste de la Casa Blanca, Canción triste de Hill Street, Friends o Twin Peaks, productos rompedores que siguen siendo ejemplos de gran televisión. Luego venían los trasatlánticos, Los Soprano, Mad men, Hermanos de sangre, Juego de tronos, A dos metros bajo tierra: series de gran calado, ambiciosas hasta decir basta. Y finalmente estaban los aspirantes con galones pero —a priori— menos posibilidades: Perdidos, Seinfeld, Frasier, The office, House... Meterlo todo en el mismo bombo puede sonar a chaladura, pero ¿cuál es el sentido de una guerra en la que solo puede quedar uno? Justamente ese: que quede solo uno, sin complicados sistemas de competición ni biblias llenas de reglas.

Si analizamos —sin ánimo antropológico— los resultados, varias cosas resultan meridianamente claras: los fans de series de culto con más de una década de antigüedad (con la cacareada excepción de Los Simpson y Friends) son menos activos y entusiastas que los de los títulos recientes. Que Juego de tronos, con solo dos temporadas a sus espaldas, haya llegado a la final es un buen ejemplo de ello, como también lo es que Perdidos pusiera un pie en las semifinales, teniendo en cuenta la calidad de algunos de sus contendientes, como A dos metros bajo tierra. También es obvio que las comedias con pedigrí, como las mencionadas Friends y Los Simpson, siguen teniendo gran predicamento mientras que las apuestas más osadas, como Seinfeld o The office, son aún —para el grueso de los votantes— productos menores. Otro factor es que los fans organizados (a uno y otro lado del Atlántico) tenían claras sus preferencias: no importaba como fuera la cosa por la mañana, cuando Latinoamérica se despertaba, los giros en votaciones igualadas estaban cantados.

Finalmente, la derrota de los grandes iconos de la ficción catódica, empezando por The wire y acabando por Los Soprano, demuestra que el espectador anónimo (el que vota) sigue apostando por los formatos de cercanía, aquellos que le acompañan, seguramente por encima de los que encuentran en la gravedad su razón de ser. El hecho de que —como decíamos al principio— desde 1991 la audiencia española haya podido sintonizar a Los Simpson en abierto (primero en La 2 y después en Antena 3) ha contado, y mucho, a la hora de arrasar en la Guerra de series.

La verdad, rotunda, es que Homer, Bart, Lisa, Marge y Maggie forman parte del inconsciente colectivo de este país. Sus desventuras, la inteligencia de sus guiones y la mala baba que desprenden (algo muy español) conectaron desde el inicio con la idiosincrasia del televidente. Así pues, la victoria de Los Simpson en esta guerra es la demostración de que el roce hace el cariño. En televisión también.

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