FERIA DE SAN FERMÍN

Padilla maravilla

El grito se ha convertido ya en un himno sanferminero; y el torero correspondió al cariño con una entrega total en todos los tercios

FOTO: LUIS AZANZA

Juan José Padilla ha padecido el tremendo drama de verle de cerca la cara a la tragedia y está gozando ahora las mieles de la gloria. Paradojas de la vida, y el fruto, sin duda, de una entereza ilimitada. Será difícil que olvide la tarde de ayer: Pamplona lo acogió con una explosión de cariño, los mozos lo adoptaron como hijo predilecto y consiguieron poner un nudo en la garganta a quien tantas emociones lleva ya sobre sí.

Las peñas enarbolaban banderas piratas y muchos de sus miembros lucían un parche negro en el ojo izquierdo como homenaje al héroe que, sorprendentemente, volvía a la plaza después de la gravísima cogida de Zaragoza.

No cesaron los gritos de aliento durante todo el festejo. Illa, illa, Padilla maravilla se ha convertido ya en un himno sanferminero; y el torero correspondió al cariño con una entrega total en todos los tercios. Demostró que está en plena forma, lanceó con buen aire a la verónica, banderilleó con mucha dignidad, y mató de manera fulminante. Le regalaron una oreja en cada toro y lo pasearon a hombros entre la algarabía popular como torero heroico que ha demostrado ser. Honor y gloria, pues, para este hombre que está viviendo una etapa gozosa tras el calvario sufrido.

El afecto a Padilla salvó la tarde, un infumable festejo, a causa, fundamentalmente, de la birriosa corrida lidiada sin motivo ni razón alguna en esta feria del toro. Nuevo error mayúsculo de la Casa de Misericordia, que eligió toros mal presentados, que dieron un pésimo juego: mansos, sin fuerzas, sosísimos y descastados hasta la desesperación; toros hundidos, agotados y moribundos desde su aparición en el ruedo.

Tal es así que el triunfador Padilla no pudo dar un muletazo medianamente estimable porque se lo impidieron sus dos borregos con andares cansinos. Tampoco tuvo opciones El Juli. Por cierto, ¿qué hacía este torero ante esta escoria de corrida en Pamplona? ¿No será que ni él ni su apoderado consiguen desprenderse de esa condición de figura que les lleva a optar siempre por las corridas peor presentadas y de condición más bonancible? Lo de ayer fue una imagen vergonzosa que El Juli nunca debió aceptar. A Pamplona hay que ir con un sentido más alto de la responsabilidad.

Daniel Luque fue el único que tuvo opción a pelearse con el único que se movió, el sexto, y le llevó la última oreja de la feria.

Acabó San Fermín con un pésimo recuerdo. No hubo toros; solo cariño merecido a Padilla.

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