CRÍTICA: 'THE SWELL SEASON'

Érase una vez...

Hace cinco años, Glen Hansard y Markéta Irglová vivieron el cuento de la Cenicienta. Protagonistas del drama musical autobiográfico Once, rodado en vídeo con 130.000 euros, se convirtieron en poco menos que celebridades tras estrenar su película en medio mundo y alcanzar la gloria en la ceremonia de los Oscar con el premio a la mejor canción. El discurso de agradecimiento de Markéta, que incluía la frase: “No tengan miedo de soñar y de tener esperanzas”, completó la aureola inspiradora. Pero, ten cuidado con lo que sueñas, porque se puede hacer realidad. “¿Qué hace un tipo como tú después de llegar a tener todo lo que ha pedido?”, pregunta a Hansard una fan, como piropo envuelto en papel de lija, a la salida de uno de sus conciertos pos-Oscar. Y he aquí su relato: The swell season, extraordinario documental sobre cómo la euforia puede llegar a confundir a la fama y, peor, al amor; la desoladora cara B de una preciosa historia que tenía cuesta abajo.

THE SWELL SEASON

Dirección: Nick August-Perna, Chris Dapkins, Carlo Mirabella-Davis.

Intervienen: Glen Hansard, Markéta Irglová, Catheine Hansard.

Género: documental. Irlanda, 2011.

Duración: 91 minutos.

A lo largo de una agotadora gira mundial de dos años, tres directores, August-Perna, Dapkins y Mirabella-Davis, se convierten en la sombra del dúo musical. Tanto, que se hacen invisibles, hasta retratar una espontaneidad y una crudeza imposibles de lograr con una pizca de fingimiento, sobre todo alrededor de la impagable (dramáticamente hablando) familia de Glen: un padre boxeador, borracho y sabio, y una madre engreída, cotilla y enternecedora. Aunque aún mejor es el poderío con el que está rodado el documental, la elegancia para encuadrar las situaciones y la capacidad de los que manejan las cámaras para improvisar en plena charla. Y ahí el maravilloso plano de la discusión, que no pelea, de Glen y Markéta en la terraza del bar, tras la que se intuye el final de la pareja, sin que nadie lo diga explícitamente, es el mejor ejemplo. Que el cameraman tenga la astucia de girar cuando ella se levanta y mantener el plano, enfocándola mientras habla con alguien en la mesa de al lado, y él, aún cabizbajo y desenfocado, piensa en lo que acaba de ocurrir, convertiría la imagen en un prodigio de puesta en escena si estuviésemos hablando de una ficción. Tratándose de un documental es un bendito milagro. The swell season, una película fastidiosamente triste. Como la vida, que, a veces, es así de perra.

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