La teoría del gato y el arte vivientes

El artista callejero Ernest Zacharevic ha realizado unos murales en Malasia.

Los viandantes toman sus fotografías, y dan una nueva existencia a las pinturas

Una de las fotos tomadas por viandantes frente a uno de los siete murales de Mirrors George Town, de Ernest Zacharevic / Liew Chi Khong

El científico Erwin Schrödinger tuvo en su vida un puñado de iluminaciones. Una de ellas, su teoría del gato, dice que si uno introdujese un minino en una caja junto a un bote de gas venenoso y un dispositivo que podría o no liberarlo, hasta que alguien abra la caja, el bicho podría estar, y estaría, tanto vivo como muerto. Aunque esta hipótesis se aplica para describir lo que ocurre en el universo de lo infinitamente pequeño, el de la física cuántica, también se puede extrapolar al de lo infinitamente armonioso, el arte.

Si una obra está confinada entre cuatro paredes, hasta que alguien no entre y la mire, no podrá demostrarse que vive. Para protegerlas de una muerte probable al cincuenta por ciento, muchos autores dejan las suyas en la calle, para que siempre pueda haber alguien que, con su presencia, les insufle vida. Como ejemplo, esta pieza de Ernest Zacharevic, pintada en la calle Armenian de la ciudad de Penang, en Malasia. Todo viandante está invitado a sacarse una foto con ella y remitirla al Facebook del artista (se seleccionarán, incluso, dos ganadores). Y cada imagen demuestra que todo el mundo es capaz de aportar su propia mirada, y con ella, insuflar al arte un poco de vida.

Este proyecto de Zacharevic, llamado Mirrors George Town, fue concebido para el Festival de George Town de 2012. “Son siete grandes pinturas murales estratégicamente colocadas en la zona patrimonial de George Town, en Penang. Son dibujos figurativos y retratos que celebran la multiculturalidad y la diversidad de los habitantes de la ciudad”, cuenta el autor. El objetivo, dice, es hacer de sus calles una galería al aire libre, donde la experiencia estética se forja mientras uno da un paseo. “No son solo los edificios los que hacen de George Town una ciudad patrimonio de la humanidad, sino también las personas que la habitan las que trabajan allí, los que comen diariamente su bol de Laksa, los que celebran sus bodas y crían a sus hijos… todos ellos hacen de ella una verdadera ciudad-patrimonio viviente”. Y de paso, dejan vivir al gato.

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