LIBROS / PERFIL

Cuando la vida es un poema

Raúl Zurita, clásico de la lírica chilena, publica un libro de poemas de casi ochocientas páginas

“Por primera vez en mi vida tengo una sensación de paz y tranquilidad", dice

El escritor ha empezado a recitar sus versos acompañado de una banda de rock

La historia de 'Zurita' empieza en el amanecer del 11 de septiembre de 1973, el día del golpe de Estado en Chile. “Ese día será mi día central. Para el resto de la vida”, cuenta Raúl Zurita, de frente en el centro de la imagen. / Foto: Daniel Mordzinski

 La primera impresión que produce Raúl Zurita (Santiago, 1950) es sacra; la de un poeta perdido en el mundo del misterio y la espiritualidad. Como los filósofos griegos y los profetas, es calvo y tiene una barba deshilachada. Si durante ese primer vistazo se le escucha recitar en un aula, la fotografía estará completa. Zurita no lee, canta, se lamenta, y reza. Yo lo escuché por primera vez hace más de 20 años. Como de costumbre, vestía de negro. Recitó el Canto a su amor desaparecido, a finales de la dictadura, con una voz y entonación impresionantes, de vate poseído por los dolores de la patria. Sus poemas no eran nerudianos, pero su poesía, en parte, sí. Su escritura y estética estaban más bien inspirados en Juan Luis Martínez, años antes, su cuñado. Juan Luis era un poeta vanguardista. Un Duchamp de la poesía chilena. Su libro La nueva novela tiene fotos, dibujos, un anzuelo de verdad pegado entre sus páginas. Zurita se alimentó de todo eso para sus primeros libros (Purgatorio, Anteparaíso —publicados en España por Visor—), mientras de otra parte militaba en el Partido Comunista.

A fines de los setenta, además, participó en el Colectivo Acciones de Arte (CADA), junto a la escritora Diamela Eltit —entonces, su pareja— y otros artistas visuales. El objetivo, intervenir el espacio urbano santiaguino con imágenes que cuestionaran las condiciones de vida del Chile dictatorial. Repartieron leche en barrios marginales de la capital y les entregaron los envases vacíos a una serie de artistas para que los intervinieran y luego exponerlos en una galería. Meses más tarde, durante octubre de 1979, hicieron desfilar camiones lecheros frente al Palacio de Bellas Artes, para cubrir a continuación con un lienzo blanco la fachada del museo. La acción fue llamada Inversión de escena. En 1981 arrojaron 400.000 volantes, en algunos de los cuales figuraba la que sería la máxima central del movimiento: “El trabajo de ampliación de los niveles habituales de la vida es el único montaje de arte válido / La única exposición / La única exposición / La única obra de arte que vive”.

La imagen de poeta sagrado, sin embargo, contrasta con el Zurita de carne y hueso. Este otro disfruta la copucha, la política de pasillo, las anécdotas menores y la actualidad en su conjunto. A causa de un párkinson que lo aqueja desde hace rato, no se desplaza con facilidad. Va para todas partes, sin embargo. Le gusta el rap. Últimamente ha recitado sus poemas con bandas de rock. Se involucra con las guitarras eléctricas y las baterías, y no sé si movido por el párkinson o por la música, a su modo, baila. El sacerdote desaparece, y en las historias cunden las relaciones sexuales descarnadas, el semen y las menudencias. Admira a Bob Dylan. De la poesía, dice: “Me da lata. Una profunda lata. Es como hacer un paquetito. La encuentro tan alejada de la experiencia. Si llegara un marciano, y la única información con que contara sobre el siglo XX fueran los libros de poesía, es probable que ese marciano llegara a la conclusión de que aquí no ha pasado absolutamente nada. Los datos básicos son dos: primero, tu existencia, que estás vivo, y segundo, que estás vivo en un mundo. Pero gran parte de lo que entendemos por poesía refleja lo que llamamos experiencia interior, donde están solamente los ecos, pero no el sonido”.

“Si llegara un marciano y la única información con que contara sobre el siglo XX fueran los libros de poesía, pensaría que aquí no ha pasado nada”

No es un poeta enclaustrado. Viaja constantemente a los lugares donde lo invitan. No le interesa la imaginación. Le recuerda a Vicente Huidobro. Del mundo cultural opina lo siguiente: “Me produce, en general, una suerte de desconfianza. Creo que sus desafíos son finalmente menores. Me aburre: sus disculpas son mayores, su autoperdón, permanente, su refugio en una superioridad que no está en ninguna parte, su autoconsiderarse conciencia, cuando no son conciencia de nada. En el fondo, esto de suplantar el fracaso con discursos, que es lo más humano que hay, al mismo tiempo es irritante. Pero de todo hay en la viña del Señor”.

En todo caso, agrega: “Yo he podido viajar gracias a esto que hago. Antes nunca salí de Chile. Mi mamá era una señora que llegó de Italia a los 15 años, que se casó y de repente se vio sola, con dos cabros chicos, con una madre, y debió salir a ganarse la vida como secretaria. Con mi abuela vivían peleando. La amenaza era siempre la miseria. El de mi infancia fue un mundo de mucha pobreza, pero de una pobreza no proletaria. Se suponía que teníamos unas casas en Iquique, heredadas de tiempos del salitre, pero en realidad valían un pepino. Era una pobreza ilustrada, y bien pobre. De pronto aparecía el italiano de la esquina cobrando lo que mi abuela había fiado en el almacén. Ella despreciaba Chile. Lo encontraba miserable. Los otros italianos que habían llegado se hacían ricos, mientras mi abuela los consideraba unos ordinarios. Mi papá murió a los 31 años. Estudió ingeniería y muy luego enfermó de pleuresía. Mi abuela se opuso terminantemente a que mi mamá se casara con él, porque era un uomo malato, un hombre enfermo. Y fue tal cual. Se murió tres años más tarde. Mi abuela enviudó dos días después. Estaban esperando que llegara mi abuelo del funeral de mi papá, y el huevón no llegó. Se había muerto de un ataque al corazón”.

El año 2000 recibió el Premio Nacional de Literatura. Ya había publicado La vida nueva (1994), y Poemas militantes (2000). Lo entusiasmó la elección presidencial de Ricardo Lagos. Más adelante se declaró defraudado. A propósito del Chile pospinochetista, asegura: “A mí, el país que nació de eso no me ha gustado. Es un Chile donde gran parte de las cosas que me habrían hecho feliz de un país no están. Las mías son visiones en derrota. Yo creo en una sociedad pobre, pero igualitaria. Cuando se vive con sentimiento comunitario, ni la bodega de un barco es un infierno”.

“Lo que hemos llamado literatura se está despidiendo del mundo, al menos de la forma en que se ha conocido. Pero fue un tremendo arte”

Zurita, su último libro, es una suma autobiográfica. Se trata de un libro inmenso, de casi 800 páginas, donde este poeta que alguna vez intentó cegarse con ácido, quemó su cara con un fierro caliente y se masturbó frente a un cuadro en una exposición, se expone más crudamente que nunca. Su hablante, su narrador, Raúl Zurita mismo, no es ningún héroe. Cunden las culpas. La historia comienza el día 10 de septiembre de 1973, a horas de producirse el golpe de Estado.

“Concretamente, yo pasé toda esa noche en blanco. Mi vida personal era un desastre. La efervescencia política chocaba como una rompiente contra una vida que quería participar de esa efervescencia, pero se hallaba muy rota. A los 23 años me había separado, tenía hijos, la vida se me había adelantado con tutti. (‘Tenía hijos y la que entonces era mi primera mujer me buscaba. Habíamos roto hacía algunos meses, pero igual me buscaba’, dice un poema). Sale todo en el libro. ‘Yo también dejé a mis hijos, papá’, escribí por ahí. Era un irresponsable moralista, o sea, lo peor. Vives en la contradicción máxima. Irresponsable por un lado, y culposo por el otro. Me ronda, de entonces, la imagen de una tipa agarrándome del abrigo para que no me fuera, y yo sacándome el abrigo para irme”.

Y llega el 11.

“Esa mañana parto a la universidad a tomar el desayuno en la precariedad máxima, y como el golpe comenzó en Valparaíso, muy temprano me tomaron preso. Llevaba como cuatro o cinco noches sin dormir. Finalmente caí en Las Cachas Grandes, un boliche que abría las 24 horas, donde había un tubo fluorescente prendido siempre para que los borrachos se mantuvieran despiertos. Un tipo que ve el atardecer, ve las últimas marchas, pero sin saber que son las últimas, y pasa la noche en blanco… Esa es toda la historia del libro: un amanecer que también es la desolación máxima, y donde la única esperanza es poder algún día escribir lo que está viviendo. No hay otra salida, porque eso que ocurre no tiene nada bueno”.

¿Cómo continuó ese día? “A las seis de la mañana, cuando iba a tomar el desayuno, unos milicos en la calle me dicen: ‘Alto’. Hay algo que sé de chiquitito: si un paco [carabinero] te dice ‘alto’, sal arrancando, pero si lo dice un milico, es alto no más. Me gritó: ‘¡Al suelo! ¡Las manos en la nuca!’, y de ahí me llevaron a la universidad Federico Santa María, donde los cocineros y todos los que iban llegando a esa hora eran tendidos en el suelo, con las manos en la nuca. Abrieron el portón a metrallazos. Con lo exaltados que están los ánimos, pensé: la que se va a armar con esta violación de la autonomía universitaria. Fue mi último pensamiento democrático. Acto seguido recibí una pateadura de proporciones. No sufrí los golpes sofisticados de la tortura, sino una gran sacada de cresta. De ahí al estadio de Playa Ancha, donde estuvimos cuatro días, y luego, la bodega del Maipo, uno de los tres barcos que había en el puerto, además del Lebu y el Esmeralda. Fue fuerte el cuento. No cabían ni 50 y seríamos 800. Los gallos se desmayaban…”.

¿Cagaban ahí mismo? “Bueno, se decidió abrir un lugarcito que haría de cagadero. Era un hueveo inmenso llegar allá. Yo creo que estuve dos semanas aguantando”.

¿Cuánto tiempo estuviste ahí, en el Maipo? “Hasta después del funeral de Neruda. Esa es mi medida del tiempo. Lo primero que supe al salir fue que se había muerto Neruda. No debo haber estado más de tres semanas y media. No puedo compararme con lo que le pasó a mucha gente, pero también es como si hubiera estado ahí por 30 años. Mi decisión, entre comillas, artística, fue: ‘Ese día será mi día central’. Para el resto de la vida”.

Entonces comienza un 11 de septiembre eterno, intemporal.

“La cosa está dividida en tres partes, de más o menos la misma extensión: el atardecer, la noche y el amanecer del otro día. Cuando tú estás siendo pateado, todas las catástrofes del mundo son una sola. Se suspende la vida, y el pateado en Bagdad, en Hiroshima... todos se juntan. Son una misma cosa. No hay diferencia. Esa sería una de las tesis de esta cuestión, si acaso se puede hablar de tesis. Esas tragedias detienen el tiempo. Desde el primero hasta el último esclavo se juntan en un solo instante. Este personaje, Zurita, de pronto es una niña que ve la bomba de Hiroshima, pero también Paul Tibbets, el tipo que tira la bomba, que un día llega a su casa y encuentra la dirección cambiada; entra, lee los avisos de empleo en el periódico, porque busca trabajo, y de pronto descubre en otra sección una noticia que lo lleva, poco a poco, a darse cuenta de que fue él quien tiró la bomba atómica. Entonces corre donde su mujer y le dice: ‘¡Mira lo que he hecho!’. Son planos donde confluyen múltiples niveles de existencia. En última instancia, sin embargo, siempre quise que la base fuera algo real. Es esta casa”.

¿Qué viene después de este libro, Zurita? “Por primera vez en mi vida tengo una sensación de paz y tranquilidad. Lo que siempre quise hacer ya lo hice. Si no es mejor, son mis límites. Se acabó la ansiedad, lo que significa, quizá, que se acabó”.

¿Si se acaba la ansiedad es el fin? “Yo creo que sin angustia no hay creación. Sin la angustia de chocar con tu propia cabeza, y no poder romper, se acabó. Estoy muy en paz. No tengo ningún proyecto”.

¿Y la muerte, se te aparece? “Aparece cuando me estoy quedando dormido. Ahí siento que falta poquito, pero falta poquito para todos. Es un hecho inminente. Siempre asoma de modo angustioso. Imagino que llegará el día en que deberé enfrentar mi párkinson sin afeites, pero todavía no lo hago. También creo que lo que hemos llamado literatura, poesía, se está despidiendo del mundo, al menos de la forma en que se ha conocido. Pero fue un tremendo arte, desde la Ilíada en adelante. Por otra parte, las civilizaciones de la escritura han sido de una violencia tan grande... De verdad, creo que eso está desapareciendo, aunque me gustaría que estos últimos estertores tengan una cierta dignidad. No porque la poesía esté en su fase final nos vamos a resignar a ser pedacitos de galletita. Que tenga un cierre con trompetas. Rescatar este sueño milenario que algo significó para la humanidad. Ahora viene otra cosa, y yo creo que eso que viene es mejor. Los últimos 3.000 años han sido la sombra del primer verso de la Ilíada: ‘Cólera, canta la de Aquiles, hijo de Peleo’. Esa época se está apagando”.

Patricio Fernández, periodista chileno, dirige la revista The Clinic y escribe en el blog Lejos de todo: http://blogs.elpais.com/lejos-de-todo/

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