Antes y después del ‘show’

Los grupos españoles que inauguraron Rock in Rio relatan la tensión que rodea un concierto

ÁLVARO DE LA RUA / TOMMASO KOCH

Antes de sus conciertos, Daniel Carbonell se hace “el idiota”. Así de sencillo. Es uno de los trucos que el cantante de Macaco emplea para relajarse antes de subirse al escenario. “Cuento algún chiste, me río con los compañeros”, relata el músico catalán. Aunque Carbonell tampoco rehúye de la tensión preconcierto. Es más, la considera parte del juego: “Siempre mola que haya un poco de picantillo. Si no, ¿qué gracia tiene esto?”.

Son las 21.30, es el día inaugural de la tercera edición de Rock in Rio Madrid y Macaco acaba de regalar una hora de reggae, tambores y ritmos de medio planeta. Carbonell sonríe, señal de que todo ha ido bien. “La gente ha estado a saco, coreando el 90% de las canciones y creo que ha sido un buen concierto”, sostiene el artista.

Su actuación ha sido la última del póquer español con el que Rock in Rio ha abierto sus puertas. Y que ha durado más de cuatro horas. Tanto ha pasado desde que David Otero se paseaba impaciente por el backstage. A punto de lanzarse a cantar, El Pescao lucía una camisa blancoazul, unas gafas de moderno y cierta tensión: “Estoy nerviosísimo”.

Le tocaba la tarea de abrir la jornada. Lo hizo con su álbum en solitario, Nada lógico, ante cientos de personas. Aunque, por alguna extraña razón, la perspectiva desde el escenario debe de ser distinta. “Había un montón de gente, 2.000 o 3.000”, defendía Otero tras su show. Y algo parecido ocurría un par de conciertos después con los miembros de La oreja de Van Gogh. “Había muchísima gente, un disparate”, relataba el grupo donostiarra, tras una actuación que muchos se pasaron rebotando y cantando pero muchos más tumbados en el césped que rodea el escenario.

Sea como fuere, no deja de ser un concierto en un megafestival. Es decir, una ocasión de las importantes. Más aun si coincide con la primera vez en Rock in Rio, como para Maldita Nerea. Así que todo ritual que pueda rebajar la tensión viene de maravilla. “Suelo calentar la voz. Y los últimos 10 o 15 minutos estamos únicamente la banda hablando de cómo vamos a hacerlo. Es como el previo en el vestuario antes de salir a jugar”, explica Jorge Ruiz, líder de la banda murciana. Salieron los segundos y sacaron su batería de himnos, de Fácil a El secreto de las tortugas, para invitar al público al primer karaoke del día.

Ruiz cantaba, la gente también. Aunque durante un rato. Un festival tiene su reloj de arena y las dos horas son para los Maná, los Red Hot Chili Peppers y las Rhianna. A Maldita Nerea Rock in Rio ofrecía una cata de 45 minutos. De ahí que Ruiz se quedara con ganas de más: “Al ser de día, bajas y dices: ‘¿Ya? ¿Ya se ha terminado?”. Sí. Hasta que el 7 de julio toque en Huesca. Es lo que tiene la vida del músico: llegas, subes al escenario, tocas, bajas. Una y otra vez. Y, siempre, con ciertos nervios antes de empezar. Si no, ¿qué gracia tendría?

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Periodista itañol de cultura de EL PAÍS

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