CORRIENTES Y DESAHOGOS

Richter y el orgasmo

Gerhard Richter es el pintor vivo que hoy se cotiza más. En 1980 expuso 24 pinturas de palmatorias encendidas y no vendió nada de nada. El pasado otoño Christie’s de Londres adjudicó una sola vela por 16,5 millones de dólares.

Más aún: sus ingresos por obras subastadas sumaron en otoño 200 millones de dólares, lo equivalente a lo recaudado por Monet, Giacometti y Rothko juntos. Naturalmente su caso ha sido objeto de estudio por The Wall Street Journal puesto que, además, sus obras forman parte de coleccionistas como Bernard Arnault (LVHM, el hombre más rico de Francia) o los Fisher, amos de Gap.

Gerhard Richter tiene 80 años y nació en Dresde. Se ha casado tres veces y ha sufrido, sin embargo, tan solo un ataque al corazón. Casi todo ello se cuenta en una película que se exhibe junto al Pompidou donde se exponen hasta el 24 de septiembre más de 100 obras suyas bajo el título de Panorama.

Pinta con un método entre lo artesanal y lo industrial que le permite una producción infinita

Entre unos críticos existe la opinión de que este artista tiene más de lo que merece mientras otros lo proclaman como el icono de nuestro tiempo, sea Andy Warhol o Jasper Johns. De ambos tiene algo Gerhard Richter, a la vez que él mismo no se explica tanto éxito. Lleva gafas y no se afeita por dejación.

¿Qué se aprende pues de todo ello? Según la película que proyectan en las salitas de cine aledañas al Pompidou, Richter pinta ahora empleando un método que entre lo artesanal y lo industrial le permite producir cuadros con una fecundidad infinita. El procedimiento consiste en impregnar el lienzo, de grandes proporciones, con trazos de brocha gorda. Un color, el otro, un trazo, el siguiente.

La secuencia (obviamente) va dictándola el acontecer del lienzo cada vez que se incide sobre él. A la manera exacta de un ser vivo, el cuadro cambia con el trato que se le dé y si un color llama a otro, a un trazo se llega para eludir o sumarse a la mancha anterior. De este modo, el cuadro va cargándose disfrutando de los colores y espesuras de la materia, formándose como un sujeto que es obra solo en el sentido de que se obra en él y opera desde él.

La etapa siguiente, sin embargo, es la del máximo interés. En cualquier periodo se goza con el proceso de creación, pero hay uno en que la creación deja de ser propia del creador para expresarse como un personaje absoluto. El gozo es entonces máximo y se basa en que tras haber pintado el lienzo con relativo cierto control, la obra se ofrece a nuestra copulación. Todo es, finalmente, sexo. Para qué mentir.

El lienzo se expone en su condición salvaje. Y entonces llega Richter con una llana de cristal que arrastra la pintura fresca de aquí para allá, de la cabeza a los pies y de un flanco al otro. El lienzo se estremece con estas caricias que alteran el estado del cuadro, el cuadro se estremece con la mano de la gran llana. Y se excita o se apaga según el instrumento acierta con su erógeno caudal.

Con 80 años, Richter arrastra una enorme llana sobre la superficie del cuadro cargado de espeso color. ¿Este amarillo? Jamás hubiera imaginado de dónde viene, dice Richter en el filme. Y ahí mismo acaba la película. El cuadro posee un interior que inesperadamente se expresa con la frotación.

¿Toda su reacción será entonces válida? Claro que no. El mérito del artista es saber captar el momento en que el cuerpo del cuadro se halla en un punto orgasmático crucial. Esto no lo sabe la obra misma sino su buen amante que es el buen pintor. Todas las obras en las que este cénit surge las convierte, sin fallo, en el objeto extremo del deseo y, en consecuencia, en el máximo punto de su cotización.

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