Venecia propone un baile reflexivo

Sylvie Guillem, León de oro en esta edición, y William Forsythe insuflan energía conceptual a la Bienal de Danza

Philip Bussmann

Dos obras muy diferentes han marcado en positivo, y quizás salvado, la zona final de la Bienal de la Danza de Venecia 2012: el tríptico 6000 miles away, propuesto por la bailarina francesa Sylvie Guillem con obras de Jiri Kilian, Mats Ek y William Forsythe, y la instalacion coreográfica del propio Forsythe vista en la Artillería del Arsenale, titulada Nowhere and everywhere at the same time, un dilatado experimento de cuatro horas de duración bailada por el joven Brock Labrenz con una concentración ejemplar.

El fenómeno Guillem, León de Oro de este año, se mostró en todo su esplendor. En forma física óptima a sus 47 años, entregada a darlo todo y con un notable cambio en la expresividad que la hace hoy una bailarina mucho mas emotiva y cercana que antaño, tanto en el largo solo de Ek como en el dúo se acompañó del italiano Massimo Murro y que Forsythe le creara expresamente para esta gira, Sylvie respiró de manera aérea y sensible, aportó una médula artística a todo un abanico técnico irreprochable, aun casi perfecto en su dibujo y su limpieza. Hoy la artista parisiense es transparente y a veces resulta de una ternura solitaria, casi desesperada, lo que está en los someros argumentos de esas obras coreográficas a su medida. En la obra de Ek hay una búsqueda incesante de contacto con los recuerdos; en la de Forsythe, tamizado por sus estándares de oscuros y rupturas, la bailarina se somete a una disección del plano expositivo, frase a frase.

La instalación coreográfica de Forsythe es un experimento complejo que se enmarca en su acercamiento a la plástica. Dos bienales de artes visuales atrás, ya presentó otra instalación con más humor: un espacio degradado lleno de cuerdas y anillas de gimnasia. El espectador, a su propio riesgo, podía atravesar la obra saltando sin tocar el suelo. Esta vez, la dura sala de Artillería se ha poblado de un bosque de plomadas, péndulos cónicos que el bailarín convierte en un figurado cuerpo de ballet, bascula entre ellos, dialoga con los círculos aéreos que provoca la oscilación pendular. Es en silencio. El público se agolpa en unos rígidos bancos de madera. Al final, de más de un centenar al inicio, unos ocho espectadores estaban todavía en el hipnótico espacio, una metáfora fría del actor de danza y su soledad, un monólogo espacial donde se razona sobre gravitación, centro, suelo y fugado.

El sábado por la noche, en el Teatro alle Tese, el esperado estreno de la creación mundial de Wim Vandekeybus ha sido, a pesar de ciertas escenas logradas, una decepción y demuestra como ciertos creadores consagrados se enrocan en un manierismo sin consecuencias. Es Booty Looting un amasijo no terminado de escenas inconexas donde seis performers dan rienda suelta a sus personalidades acompañados por la música en directo de Elko Blijweert, que fue lo mejor.

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