El evangelio ártico según Björk

La apuesta intimista de la artista deja frío al público de su único recital en España

La cantante Björk, durante su única actuación en España, en la Cidade da Cultura de Santiago. / ÓSCAR CORRAL

Su música parece nacer del aislamiento total. Como si al construirla únicamente la rodease el cielo del norte y de la tierra inhóspita que hay a pocos kilómetros del Círculo Polar Ártico. Las metáforas, y los tópicos, se agolpan cuando la islandesa Björk (Reikiavik, 1965) expone su música sinuosa y como arrancada de un cristal helado. Anoche en Santiago de Compostela —su única parada en España tras anular, por un problema de garganta, conciertos en Oporto y Barcelona—, sonó a criatura boreal y mostró que lo suyo hace ya muchos años que ha escapado de los convencionalismos.

Biophilia, su séptimo elepé, publicado el año pasado, centró el repertorio de Björk. Hace ya 10 años, tal vez desde aquel hermoso y hermético Vespertine, que sus canciones adelgazan, abandonan patrones rítmicos mecánicos y se abandonan a una suerte de melodía sin retornos, con escasos o muy ocultos estribillos, y donde la voz manda sin contestación. Un coro de 14 mujeres nórdicas, también empleadas a modo de cuerpo de danza, reforzó ayer esta suerte de gospel ártico en que ha convertido su sonido en vivo. Un batería centrado en los tambores electrónicos y un encargado de teclados, samplers y otros aparatos, pusieron la carne instrumental. Tres enormes pantallas proyectaron vídeos que convenían a la canción, en ocasiones abstractos, en ocasiones con extraños aires new age.

Entre el público, repartido en la inhóspita y faraónica Cidade da Cultura, cinco mil personas no cumplieron las expectativas de aforo de la organización. La Xunta de Galicia había puesto a la venta 7.000 entradas, a 40 euros, en uno de esos actos que la Administración ha programado para intentar colocar el macrocomplejo ideado por Manuel Fraga en el circuito cultural europeo. Pero la trama no lineal de su música o la eliminación del acento dance de sus primeros discos seguramente pedían un auditorio a cubierto y con asientos.

Björk, que una vez funcionó de musa de cierta posmodernidad aún procediendo de familia obrera con militancia sindical, se reservó el material que la hizo viajar más allá de su isla-país de 300.000 habitantes para el tramo final. One day o Declare Independence, de cuando la cantante cruzaba beats de baile con su voz a punto de romperse, acabaron por caer ya cerca de la medianoche. Pero reconfigurados, y pese a los intentos de algún espectador habitual de Debut (1993), resultó difícil soltar los pies.

A Biophilia lo encarnan campanillas tintineando, cuentas de vidrio sonando unas contra las otras, un cruce de gamelán —instrumento de la tradición balinesa— y celeste. Para el directo, Pagan poetry todavía arranca ovación nada más sonar los primeros compases, pero Hollow, Virus o Thunderbolt se quedan con el asombro de los oyentes y un aplauso extrañado y generoso al final. El lugar estético que ha conquistado Björk, pese que los últimos episodios de su discografía no han cosechado el entusiasmo de la crítica indie que antes cosechaba con su mera presencia, se encuentra más cercano al de solitarios como Kate Bush o Robert Wyatt —quien le hizo coros en Medulla (2004), la más radical de sus investigaciones vocales—, que a la prensa de tendencias donde ella era habitual.

Sus canciones se mueven ahora con tracción orgánica —ella misma ha explicado que los latidos del corazón tocan a la misma velocidad que los temas de Biophilia— y la electrónica solo irrumpe rota y sucia. Con Náttúra lo hizo a la vez que los fuegos artificiales que los promotores se habían encargado de anunciar los días antes y justo antes del bis. Se despidió, en una de las frías noches más breves del año, con los dos cortes más populares de los interpretados en Santiago, One Day y Declare independece.

 

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