‘Frasier’ contra ‘Juego de tronos’

En el combate de hoy el psiquiatra cáustico con programa de radio (y maravillosa familia disfuncional) se enfrenta a toda una cohorte de ejércitos y clanes traicioneros en pos del trono del hierro


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Frasier

Por Álvaro P. Ruiz de Elvira

Casi en el mismo momento en que se apagaron las luces y se recogieron los taburetes por última vez de Cheers nació Frasier (1993-2004). Apenas unos meses separaron el final de la primera con el inicio de la segunda. Incluso se utilizó el mismo estudio de Los Ángeles. Una de las series estadounidenses más grandes de la historia dio paso, a través de uno de sus personajes (Frasier salió en 206 de 273 capítulos), a la mejor comedia para adultos de la televisión americana.

Tras finalizar su matrimonio, el doctor en psiquiatría Frasier Crane (Kelsey Grammer, no dejen de escucharle en versión original), un asiduo de la barra del bar Cheers de Boston, vuelve a su ciudad natal, Seattle, donde trabajará en un programa de radio de consultas. Allí retomará el contacto con su hermano Niles, también psiquiatra, y su padre, un policía al que tendrá que cuidar tras ser herido en un atraco y retirarse.

Frasier trata de alejarse todo lo posible de su predecesora: Transcurre en la otra punta del país, muestra el aspecto familiar de los personajes frente a la vida de compadreo y evasión del bar. Todo desde un punto de vista de dos esnobs pijos (los hermanos) muy lejanos a la cercanía de los personajes que poblaban el bar de Boston.

Niles y Frasier Crane son la mejor pareja cómica posible. Ambos son psiquiatras, tienen personalidades neuróticas y un gusto por el elitismo cultural y social que no terminan de alcanzar y que acaba siempre por enfrentarles. Como contrapeso están: Martin, el padre expolicía, una persona directa, simple (en el mejor término), dura, que ve las cosas venir; Daphne, una fisioterapeuta con un acento imposible de Manchester que será el objetivo amoroso de Niles (¡Qué de grandes momentos, miradas y suspiros deja este hilo argumental a lo largo de las primeras temporadas¡); Roz, la productora del programa de radio de Frasier; Y Eddie, el perro de Martin, que tiene una habilidad especial para molestar al protagonista principal con largas y frías miradas fijas.

Los brillantes personajes y diálogos son las esencia de esta serie que ha sabido entremezclar como ninguna en la trama inmensos detalles de lo mejor de los clowns, tanto en gestos como en acción (hay míticas escenas como en la que Niles acaba quemando el sofá de Frasier o el duelo de esgrima entre el hermano del protagonista y el instructor alemán). Frasier aguantó once temporadas, las mismas que Cheers, y consiguió 37 Emmys.

 

Juego de tronos

Por José Marcos

La casta política baja a la arena como pocas veces se ha visto en Juego de Tronos, la versión con dragones y sacerdotisas del fuego de El ala oeste de la Casa Blanca pero sin los eufemismos detrás de los que se esconden los dirigentes actuales. El secreto del folletín ideado por George R. R. Martin radica precisamente ahí, en su habilidad –y crudeza- para recordarnos que quienes nos dirigen tampoco escapan a la condición humana. Lobos huargos y espectros del otro lado del Muro son la guinda de un pastel que engancha porque, al contrario de lo que venden los gabinetes de los líderes que presuntamente nos gobiernan, disecciona a unos políticos que sudan, aman, odian, dudan… Y ante todo conspiran las 24 horas, motivados más veces por la entrepierna que por la cordura.

Juego de tronos desbarata la forma tradicional de narrar en televisión cargándose a supuestos protagonistas tras diálogos inolvidables: O ganas o mueres. Así de sencillo, así de extremo. En España, como mucho, los diputados y senadores que pierden el puesto dejan de viajar a costa del contribuyente en business. Si la clase política nacional es más cuestionada que nunca por la calle, en los Siete Reinos y más allá de los mares sucede lo contrario, precisamente porque los gobernantes son como son, con sus contradicciones a la vista del respetable. Y no lo esconden. Quizás el mejor ejemplo sea Tyrion Lannister, despreciado por su condición de enano y putero y al final más listo que nadie para escarmiento de unos hermanos mayores que se quieren demasiado. Por no hablar de John Nieve, un bastardo de madre desconocida que busca su redención en el exilio del Muro con los cuervos de la Guardia de la Noche.

En tiempos de incertidumbre, los antihéroes son el nuevo arquetipo que representa los gustos y tendencias de una sociedad que tras años de fiesta está más que nunca pendientes del frío. En eso consiste Juego de tronos, que a sangre y sexo nos recuerda lo rápido que se acerca el Invierno. Los españoles lo llamamos prima de riesgo.

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