M83: “Mi vida es épica, soy artista”

Anthony González lleva su mezcla de rock y electrónica al Bacardí Ibiza 123 Festival, experimento novedoso centrado en ese género

Anthony González, líder de M83.

Cuando se cumplen 30 años de Blade Runner, ha quedado claro que del universo que Ridley Scott imaginó solo queda la moraleja de que como los replicantes, la sociedad es más humana que sus fabricantes. Luego están los inconformistas que nacieron en los ochenta y se niegan al carpe diem de este sistema que parece que se autodestruirá cada 30 segundos, y repiten como un mantra que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Anthony González, responsable del grupo M83, se ha empeñado en que además del mensaje de la película, quede la banda sonora de una época que alguien, un día, a principios de los noventa, decidió resetear.

Hurry up, we´re dreaming, su último trabajo, un doble álbum de pop electrónico con sintetizadores y saxofones, lleva ya unos cuantos meses dando vueltas por el mundo -en España puso a la gente a bailar en la última edición del Primavera Sound-. A tenor de lo complicado que es hablar con González –“no, lo siento, está volando desde Helsinki… Hoy tampoco va a poder ser, su vuelo se ha retrasado otra vez”-, parece que su objetivo de perpetrar una obra épica se está cumpliendo. “Mi vida es épica. Soy un músico, un artista. Vivo en la carretera y es un tipo de vida bastante intenso. Pero también es un trabajo, y muy duro, la gente se hace una idea errónea de lo que significa estar de gira”, cuenta al otro lado del teléfono desde Ámsterdam.

No confundan épica con rock star y tampoco con la necesidad de hacer una obra magna de 32 canciones. El álbum retrata a un joven emigrante francés que llega a Los Ángeles en busca de nuevos sueños y acaba escribiendo los de la infancia. “Me sentía muy solo”, confiesa el músico, “de repente me di cuenta de que los mejores momentos de mi vida, cuando eres pequeño y adolescente y todo te hace ilusión por primera vez, habían terminado, tenía que seguir hacia delante”. Su habilidad, reconoce, es hacer de la melancolía y la nostalgia un sentimiento positivo, alegre, “terapéutico”.

La traducción sonora es una amalgama de instrumentos acústicos y electrónicos que crean un gran muro de sonido bailable, de fácil escucha, con la habilidad del eclecticismo, sin caer en la incongruencia musical por falta de creatividad. Y una gran ancla en los ochenta. “Me crie con esa música, es una influencia que está en mi trabajo desde siempre, de manera natural, aunque sé que se ha convertido en una moda, no voy a dejar de hacer lo que me gusta por eso”. González ha llevado al extremo su voz –“estaba harto de ser ese chico tímido detrás de un micrófono, a fin de cuentas, el grupo soy yo solo”- y recupera otro ¿clásico? de la década, el saxofón. “Cuando llegué a Los Ángeles me di cuenta de que era necesario incluir algún solo de saxofón en el disco. Me asustó la idea porque podía ser un desastre, pero al mismo tiempo me parecía necesario”. El truco para reducir el riesgo y no caer en la horterada está en las trampas sonoras que el artista coloca alrededor del instrumento para que no se quede solo en ningún momento.

Antes de colgar, la gira debe continuar –hará parada en el Bacardí Ibiza 123 Festival el 3 de julio-, González desvela un pequeño secreto:

- “Estoy trabajando en algo nuevo, no puedo adelantar mucho, pero no va a ser un disco de estudio”.

- ¿En directo?

- “No, no tiene nada que ver con un disco tradicional”.

- ¿A usted le gusta mucho el cine y las bandas sonoras, no?

- “En eso es en lo que estoy trabajando”.

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