Tàpies se hace carne en Barcelona

La fundación del artista presenta una poderosa muestra de su último periodo

Su obra del siglo XXI se debate entre la pornografía y lo escatológico

'Cuerpo' (2007), una de las piezas de la exposición de Antoni Tàpies. / MARCEL. LÍ SÁENZ

Cinco meses después de su muerte, una sorprendente exposición nos devuelve al Tàpies más potente y corrosivo, a un artista que en el último tramo de su vida bucea abiertamente en lo carnal. Entre la pornografía en el sentido más noble del término y lo escatológico, como si el presagio de un final inminente lo hubiera liberado de todas las ataduras. La fundación del artista en Barcelona presenta la muestra Antoni Tàpies. Cabeza brazos piernas cuerpo. Está formada por 74 obras del su último periodo, el transcurrido entre 1999 y 2011. Es decir, su producción del siglo XXI.

Muchas de las piezas son inéditas y pertenecen a coleccionistas privados de todo el mundo que las han prestado para esta ocasión. Otras proceden de la colección particular de la familia. Centrada en la condición corporal humana y exquisitamente instalada, podrá verse hasta el 4 de noviembre.

La muestra ha sido comisariada por la directora de la fundación, Laurence Rassel, y por Miquel Tàpies, hijo del artista y presidente de esta institución hasta el año pasado en que fue sustituido por Xavier Antich. Suya es, probablemente, la dosis de atmósfera procedente de los dos estudios del pintor: el de la calle Zaragoza, de Barcelona, y el de la localidad de Campins, en el Montseny, donde pasaba los meses de verano. “A veces la proximidad con el artista en su estudio no te permite ver la obra”, explicó ayer Miquel. Para Russel, uno de los objetivos de la muestra es renovar la lectura del artista e incidir en que Tàpies no solo es un pintor moderno, sino también un artista contemporáneo que se extiende al siglo XXI.

Miquel Tàpies, ante una de las obras de la muestra. / M. SAÉNZ

¿De dónde surge en Tàpies esta renovada obsesión por el cuerpo humano? “Siempre ha estado presente”, asegura Rassel, “desde los primeros dibujos, como el Autorretrato,[DE 1945] hasta los últimos trabajos. La condición humana, la filosofía, la política. Todo pasa por el cuerpo...”. El hijo del pintor tiene una explicación más doméstica, más carnal, sobre cómo sucedió. “Fue cuando se dio cuenta de lo mucho que le costaba ponerse los calcetines”, apunta. “Esta constatación banal pudo poner en marcha un proceso que le hizo volver al cuerpo, a la condición humana”. También, añade, representar fragmentos de cuerpo serviría para aliviar el dolor, una especie de exorcismo que también se encuentra en Louise Bourgeois. “Pero no estamos ante una exposición del Tàpies erótico”, puntualiza, “sino ante el cuerpo, aunque el erotismo es parte de él”.

La muestra retoma la producción de Tàpies a partir de la exposición El tatuaje y el cuerpo, de 1998 y arranca con la serie Látex, cuadros realizados con este peculiar material, “una materia viva que cambia de color y varía con el tiempo”, según Rassel. Supone “el retorno a la intimidad del dibujo y los fragmentos”. Hay pies y calcetines, y penes y semen, y objetos cotidianos banales que adquieren una curiosa identidad.

La exposición ocupa las tres plantas de la fundación. En el sótano están los dibujos. En la planta central aguardan las grandes piezas de madera que no están colgadas, sino de pie, en la sala buscando la gravidez, de modo que el espectador se mide con ellas, como si fueran esculturas. Representaciones de cabezas, pies, torsos tallados, piernas, brazos esparcidos y sexos provocan un gran impacto diseminadas por el luminoso espacio de la fundación. Son masas matéricas, algunas a modo de jirones, que fuerzan a asumir la conciencia del propio cuerpo y tal vez entrar en la “experiencia sensorial” que proponen los comisarios de la muestra.

Rassel cita al filósofo Maurice Merleau-Ponty en el sentido de que la materia es una extensión de uno mismo, algo que Tàpies supo desde el primer momento. “El espesor del cuerpo, lejos de rivalizar con el del mundo, es, por el contrario, el único medio que tengo para ir hasta el corazón de las cosas, convirtiéndome en mundo y convirtiéndolas a ellas en carne”, dice Merleau-Ponty. Estamos frente al Tàpies que utiliza todo lo que tiene a mano. Un sexo, por ejemplo, que está hecho con las cerdas de un cepillo; los hilos negros que forman las axilas de un torso cuyo relieve parece querer ocupar la sala; dos piernas distintas y el calzoncillo en el tobillo de una de ellas.

La primera planta recoge alguna de las piezas más poderosas, como la inquietante y violenta Composición y cuerda, de 1999, propiedad de un coleccionista neoyorquino, que exploran la pornografía, la muerte y lo escatológico. Son, precisamente, las más recientes las más radicales. Piernas y diario, de 2005, es directamente escatológica, al igual que Piernas sobre madera, del mismo año. Cuerpo y bastón, también de 2005, introduce una violencia de extremo sadismo. La muestra se cierra con Lobo y Dos formas, ambas de 2011, el año antes de su muerte. “Todo pasa por el cuerpo y sin él no podemos ver, leer ni hablar”, sentenció Rassel, para quien esta es una exposición viva donde “la muerte vibra como parte de la condición humana, por lo que también se ve reflejada”.

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