‘Twin Peaks’ contra ‘Mad men’

Hoy se enfrenta el clásico de culto de la televisión creado por David Lynch con el fascinante mundo de los publicitarios neoyorquinos y sus 'variadas' vidas sentimentales

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Twin Peaks

Por Lucas Arraut

Fue la primera serie con factura, ambición y presupuesto cinematográficos. Convirtió a David Lynch en la persona más guay del universo durante unos meses (más o menos, entre el estreno de la serie, en abril de 1990, que siguió el 33% de la audiencia televisiva estadounidense, hasta mayo del mismo año, cuando ganó la Palma de Oro en Cannes por Corazón salvaje). Se adelantó hasta a las modas más inimaginables (¿hay algo más emo que el cadáver de la reina de la belleza del instituto enfundada en una bolsa? ¿Algo más grunge que un leñador existencialista con camisa de cuadros? ¿Algo más hipster que la profusión con la que se detallaba el deleite gastro-orgásmico de donuts y tartas de colores hipersaturados?). Desde Expediente X y Perdidos a los bosques washingtonianos de Crepúsculo, los folletines del género fantástico le deben todo al engendro que resultó de mezclar al director de Terciopelo azul y El hombre elefante con el guionista de Canción triste de Hill Street Mark Frost.

Twin Peaks quizá naufragara incluso antes de que descubriéramos, en la mitad de la segunda temporada, quién mató a Laura Palmer, la celebérrima incógnita que Lynch aceptó despejar a regañadientes (obligado, con mal tino, por Frost y el canal ABC, y que terminó por arruinar la magia y la audiencia de la serie). Pero los ocho extraordinarios capítulos que conforman la primera temporada convirtieron en auténtica droga una serie de elementos que pocas veces han vuelto ser tan masivamente celebrados: la narrativa, rematadamente posmoderna, en forma de mosaico, ajena a toda linealidad; la confusión y sensación de improvisación constante (¿qué demonios pintaba Sheryl Lee, la actriz que daba vida a Laura Palmer, interpretando de repente a la prima de su propio personaje?); el delirante sudoku sentimental, al borde de la parodia (hasta el más tonto de los personajes estaba metido en un triángulo amoroso de aúpa, como prueba este gráfico de Newsweek); el humor raro, los freaks y la sobredosis de idiosincrasia; la progresiva inclusión de planos y escenas que poco o nada aportaban a la trama; el abuso de escenas oníricas, enanos y cortinas de terciopelo, y la inevitable —y extrañamente adictiva— sensación de tomadura de pelo amenazando gradualmente la fe de millones de fans. Twin Peaks fue un caso muy raro de televisión mainstream.

 

Mad men


Por Jesús Ruiz Mantilla

El nuevo vehículo para el arte en que se han convertido las series de televisión se la está jugando en cuanto al hueco que cada una merece ocupar en la Historia. Mad men sin duda quedará en un lugar alto. La coherencia, el ritmo, los ademanes, la coreografía lenta, difusa y detallista que despide este drama contemporáneo ha alcanzado varios puntos álgidos en las cinco temporadas que lleva emitiéndose.

Nos impactó en la primera temporada el crudo desprejuicio con que se utilizaba su lenguaje machista. También los olores, los sabores, los vicios, las anatomías y el estado de ebriedad cortada a navaja de sus hombres en contraposición al juego de seducción y dominio encubierto que manifestaban sin alzar la voz sus mujeres. Era la lucha de sexos, la batalla de los géneros contada con una elegante complejidad y rellenando todos los matices que han podido existir desde la creación de Adán y Eva hasta nuestros días.

Después se manifestó con toda su enigmática atracción la figura de Don Draper, creada por el talento inmenso de Jon Hamm. Su dualidad y su farsa no tienen parangón. Su irresistible encanto silencioso nos cautivaron hasta los límites del mito en ese esfuerzo denodado que emplea por construir una imagen alejada de su verdadero yo. Todo un anuncio de sí mismo. Lo hemos visto caer y levantarse, hemos contemplado que posee corazón para enamorarse y talento para el dominio, se ha convertido en un icono, con todo el mérito que eso implica.

Pero lo que gira entorno a él resulta igual de fascinante. Su antigua esposa y la nueva, sus socios y los creativos bajo su mando, los clientes y sus amantes, las secretarias y quienes guardan todos los secretos de sus otras vidas… Aunque lo que más puede llegarnos a impactar es la creación de un mundo que a la vez nos es extraño por parecernos tan lejano como cercano, aquella transición con traumas entre un mundo formal y la llegada de la contracultura que han urdido entre dos orillas la playa sobre la que desembocan todas las mareas de las pasiones humanas. Esas son las únicas que no cambian. Las únicas que son tratadas en Mad men como un eterno retorno del alma, en toda su complejidad y ajena a las modas.

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Periodista de EL PAÍS

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