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ENTREVISTA

El viaje catártico de Colin Thubron

Uno de los más grandes escritores de viajes nos recibe en su casa de Londres para hablar de todo lo que la vida nos da y nos quita y de su nuevo libro, ‘Hacia una montaña en el Tíbet’

Imagen del álbum familiar.
Imagen del álbum familiar.

Llamo a la puerta de Colin Thubron consciente de que me espera un largo rodeo antes de adentrarme en el paraje más íntimo de sus sentimientos. El nuevo libro del gran viajero es un periplo al sagrado monte Kailash, la “preciosa joya de nieve”, en el Himalaya tibetano, un lugar santo para el budismo y el hinduismo y destino de peregrinación desde tiempo inmemorial. Pero dentro de ese viaje del reputado autor de En Siberia a los confines de una geografía y varias religiones anida otro personal y recóndito que nos conduce por los territorios de su alma en un trayecto sorprendente y conmovedor. He llegado a la casa de Thubron, cerca de Holland Park, con el libro en la mano, releyendo al tuntún aquí y allá párrafos especialmente hermosos mientras el viento de primavera agita las páginas como banderas de oración en el mediodía londinense. El aire es limpio y puro como una plegaria. Hacía tiempo que no leía un libro como Hacia una montaña en el Tíbet (RBA). La prosa de Thubron, que posee una capacidad única para describir paisajes, extrayéndoles una sobrecogedora dimensión lírica e incluso espiritual, alcanza aquí alturas –y valga la figura– dignas del techo del mundo. No en balde, The Times situó al autor viajero en 2008 entre los 50 mejores escritores británicos del último medio siglo. Mientras espero que abra me siento inundado de la melancolía del libro y de su extraña paz triste y purificadora, una paz que procede de los grandes horizontes perdidos de aquellas latitudes, pero también de otras pérdidas, y de su aceptación. Thubron (Londres, 1939) realizó su viaje al Kailash marcado por la muerte de su madre, una desaparición que reactivó el dolor por las de su padre y su hermana, y por la constatación de que extinguida su familia había caído sobre él una sombra de soledad y olvido. “¿Por qué hace esto, por qué viaja solo?”, le pregunta en el libro su guía sherpa. “No puedo responderle”, escribe Thubron para sí mismo, para nosotros. “Hago esto por los muertos”.

Colin me saluda con efusividad y me invita a pasar al salón de su bonita casa mientras desaparece en la cocina, donde se está encargando él mismo de preparar la comida. Vago a mis anchas con una copa de vino en la mano fisgando en la biblioteca tras saludar al gran búho real (Bubo bubo) disecado, que me mira alarmado como si recordara mi última visita en la que le birlé una pluma. Dostoievski y Montaigne se alinean con libros obviamente relacionados con el último viaje: Introducción al budismo tibetano, de Powers; An end to suffering: The Budha in the world, de Parkaj Mishra, los poemas de Tagore, El libro tibetano de los muertos, cuya relectura incidió en el viaje de Thubron al Kailash “como la luz de una estrella muerta”. En otros anaqueles se despliegan los clásicos de la literatura de viajes: Thesiger, Chatwin, Patrick Leigh Fermor y hasta ¡21 títulos! de Freya Stark, una de las grandes influencias en Thubron.

Le comento a mi anfitrión mientras nos sentamos a la mesa junto a un gran ventanal que da a su amado jardín (es un reputado jardinero), flanqueado por una vieja iglesia, que la vista parece de una novela de Jane Austen, y ríe afablemente. Le entrego entonces con la esperanza de que no lo tenga ya el libro que le he traído de regalo, The leopard of Rudraprayag, de Jim Corbett. En Hacia una montaña en el Tíbet, Thubron revela que su padre, el general Gerald Thubron (1903-1992), del que sabíamos que luchó con mucho valor en la II Guerra Mundial –en la campaña de Túnez y luego en Italia–, había servido previamente en la India y cazó en Naini Tal, los predios de Corbett, desde donde partía para expediciones en pos del tigre y del sambar. Le pregunto a Colin qué ha sido de todas esas cosas maravillosas y románticas que su padre se trajo de allí, incluidos los trofeos y especialmente la piel de aquel gran leopardo, confiando secretamente en que me la enseñe. “Al desmontar la casa de mis padres no sabía qué hacer con ese material. Había fotos y muchos animales disecados. El enorme leopardo que colgaba en el comedor de casa lo recuerdo muy bien, era algo muy excitante para un niño. Pero al final estaba muy mal conservado. Me desprendí de todo”. No puedo evitar un suspiro. “También del oso. A mi madre nunca le gustaron esas cosas, pero las toleraba porque para mi padre significaban mucho, parte de su pasado”. Hablamos de lo que se conserva y se tira cuando la gente muere. Él ha conservado las cartas de amor de sus padres porque destruirlas se le hacía insoportable.

Al Kailash (6.714 metros), que según la tradición llegó volando (!), viajan los peregrinos para realizar la kora, la circunvalación de la montaña, que tiene efectos regeneradores y salvíficos. Son 50 duros kilómetros. No es raro que mueran algunos de los penitentes, generalmente muy mal preparados. “Tu cuerpo se limpia de pecado como si lo exudara. Se dice que una sola vuelta disipa el envilecimiento de una vida entera y compensa incluso por el asesinato de un lama o de un padre; ocho koras te elevan al estado de Buda”. El viaje literario del escritor al Kailash arranca en la remota región nepalí de Humla, caminando con un guía, un cocinero y un caballista hacia la refulgente montaña más sagrada del planeta, considerada el centro del mundo y de la que brotan, según la tradición, los cuatro grandes ríos indios, el Indo, el Ganges, el Sutlej y el Brahmaputra. De la mano de Thubron entramos en un mundo en el que se disuelve la línea entre lo real y lo ilusorio, la materia y el espíritu, los hombres y los dioses. El efecto combinado de un paisaje grandioso –el cono ultraterreno del Kailash, la maravilla de cobalto puro del lago Manasarovar–, la altura y el esfuerzo de marchar días y días por terrenos agrestes contribuye a que el viajero (y el lector con él) se sumerja en un ambiente muchas veces irreal, onírico. Hay una parte, no obstante, eminentemente práctica en el libro, la intendencia, la comunicación con los locales, campesinos, monjes de carmesí y azafrán o chamanes, o los problemas con los permisos: los suspicaces chinos sospechan de los viajeros occidentales solitarios y Thubron se ve obligado a unirse nominalmente y de manera puntual a un grupo de senderistas británicos al cruzar la frontera. También hay mucha historia y antropología. Poliandria, inhumación por descarnación y entierro celeste, el palimpsesto de los dioses tras el que enseña su cabeza la vieja religión bon, el recuerdo del último líder guerrillero khamba, Gyatto Wangdu, o el de Younghusband.

Nos habla Thubron de los primeros viajeros europeos al Kailash (Desideri, Moorcroft, Sven Hadin), de la fantasía del Tíbet y de los milagros paranormales de los lamas, de Madame Blavatsky, del Shangri La y de Shambala, las reencarnaciones y la amapola azul. Pero no sucumbe a la inveterada mística de la región; hay en sus páginas también un Tíbet nada idílico y sí sórdido: pobre, violento, duro y cruel, de bandoleros y de monjes insensibles e indolentes, de monasterios desvencijados, de escoria espiritual, de estatuas de dioses hechas con excrementos y de niños sucios con camisetas estampadas.

En el viaje encontramos al mejor Thubron en su pintura de los paisajes descarnados –jalonados de chortens y de las omnipresentes banderas de oración, ondeando desvaídas– y de las gentes, a las que describe con humanidad, como personas cercanas, y nunca con afán exotizante. Una mujer lleva atado un bebé enfermo a la espalda como un juguete triste y gastado. Un monje combina el reloj digital y el rosario. Otros son seguidores del Manchester y se enfadan porque los ha derrotado el FC Barcelona. Los encuentros son el contrapunto humano a la rotundidad del paisaje, panoramas hipnóticos con altiplanicies de fría belleza en las que el Tíbet flota en su propio tiempo. Thubron conversa con un lama confrontando su desazón con la paz del religioso, que le habla de la nada y la misericordia. Dentro del ambiente melancólico del viaje hay momentos de euforia en el camino, y de humor, como el encuentro cara a cara con un yak al salir de la tienda, el testículo de un general sij que era centro de un rito tántrico en el monasterio de Shepeling o la pregunta del formulario de salud chino para viajeros: “¿Ha tenido un contacto estrecho con un cerdo durante más de una semana?”.

Le pregunto qué tal se encontró durante el viaje al Kailash, que realizó con 70 años y los achaques lógicos. “Tuve suerte, no padecí mal de altura. En el tramo más alto del recorrido, a 5.600 metros, sufrí algo de desorientación, pero nada grave”. Le comento que hace años, en un viaje remotamente similar, a las fuentes del Ganges, en el Himalaya del Garwhal, yo sufrí tal hemorragia nasal que se podía seguir mi rastro por todo el glaciar de Tapovan. “Posiblemente eso le salvó de algo más severo, reduciendo la presión”, comenta Thubron pasándome el suflé de pescado. Coincidimos en que lo peor de esos viajes es a veces saber que nadie te vendrá a buscar si las cosas van mal dadas y que la evacuación es una posibilidad muy remota. Tras el ventanal veo un mito, un párido de cola larga, y se lo señalo al escritor. En su último libro hay abundantes descripciones de pájaros, algo nuevo en su literatura. “Es cierto, cuando vas por esos parajes, como caminas todo el rato, ves muchos. Sobre todo en la zona de Nepal, en los desfiladeros que eran santuarios de la vieja guerrilla maoísta, se conserva mucha vida salvaje”. Sin embargo, es el paisaje, como siempre, lo más cautivador en Thubron. La soledad intimidante del Tíbet, donde “todo lo que no es esencial se ha consumido”, y sus estepas violáceas. “Tengo una fuerte reacción al paisaje cuando viajo. En Nepal hay muchos árboles y una vegetación que no desentonaría en un jardín inglés, pero después te encuentras con ese extraño mundo del Tíbet, desnudo, con sus colores minerales. La claridad del aire, la pureza de la luz, te permiten ver a mucha distancia. Es una plenitud de visión como la de un marino. Es un mundo que impacta, que a veces sobrecoge con su soledad y vacío. Pero nunca me sentí atemorizado, al igual que jamás me ha infundido miedo el desierto. El desierto es liberador. En cambio, encuentro los bosques sofocantes”.

El primer libro que se publicó de Thubron en España, en 1998, El corazón perdido de Asia, estaba bajo el signo de la muerte de su padre: el itinerario parecía una sucesión de tumbas, mausoleos y ausencias. “No lo recordaba, es cierto. Aquí, en Hacia una montaña en el Tíbet, esa relación con la muerte es más premeditada. Era consciente de que viajaba por la muerte de mi madre y la extinción de mi familia, éramos una familia feliz”. En el libro, las referencias a la muerte son continuas. ¿Qué buscaba?, ¿redención, catarsis, autosacrificio? “No, más una meditación sobre mí mismo, aunque conseguí una cierta sensación de alivio, es cierto. El viaje, el libro, no es un ejercicio religioso, yo soy agnóstico. Tenía interés en ver ese paisaje sagrado, un mundo que te hace entender que tu propia vida y muerte no son importantes. Me ha sido difícil aceptar la muerte de los que amaba”.

Thubron habla muy pausadamente mientras comemos. “Un viaje como ese te da cierta perspectiva sobre esas cosas. En la tradición budista es positivo que el individuo no sobreviva, resulta tranquilizador contrastar nuestra visión angustiada con esa tradición. No te conforta, no ofrece consuelo para la pérdida, pero la pone en otra perspectiva. Es difícil decir exactamente por qué hice ese viaje. La caminata no te libra de la pena. Un viaje no es una cura, pero produce una ilusión de cambio. Para poner algo entre yo y la muerte. Hacer algo, algo que marque”. A Thubron, el gentleman viajero, le es difícil expresar sus sentimientos íntimos. Es lo que tiene educarse en Eton. “Nunca había escrito nada tan personal como algunos pasajes de este libro. Hablo de cosas que yo mismo me sorprendo al leerlas”. El pudor tan anglosajón a exteriorizar las emociones. “Por supuesto, al acabarlo sentí cierta vergüenza, miedo al ridículo. Ahora, aquí, puedo hablar de estas cosas, pero en público…”. Le digo que no se preocupe, que el libro es emocionantísimo y hace saltar las lágrimas en más de una ocasión. Cuando interpela a su hermana muerta, rompiendo la propia forma, la estructura del libro… “No es fácil, no”. Y entonces los dos nos sentimos incómodos, y él se levanta, trajina en la cocina mientras yo carraspeo tratando de aclararme la voz, y regresa con una tarta de limón.

Le digo que sus libros tienen una gran carga poética. “He leído mucha poesía desde niño”. De hecho, lleva la poesía en la sangre. Desciende por parte de su madre, Evelyn, del gran poeta John Dryden (“Happy the man, and happy he alone / He who can call today his own”). Hijo de soldado y descendiente de poeta: pluma y espada. “Será por eso que necesito escribir y viajar”. ¿Viajar es la parte marcial de su alma y escribir la otra? “Viajar te hace atrevido, y más aún viajar para escribir, te obliga a hacer cosas que no harías viajando por placer, como en el periodismo, olvidas el riesgo. Concentrarte en algo frena el miedo”. Pensando en esa herencia de poeta le comento qué importantes son las madres. “Lo son, los heridos, en accidentes o guerras, llaman a sus madres, no a sus esposas o a sus hijos. Estaba muy cerca de mi madre. Esa cercanía aumentó con la muerte de mi hermana. He escrito cosas inconscientemente, que no imaginaba nunca contar”. Es un momento de gran intensidad. Thubron se cubre las manos con la cara y prosigue. “Cosas que aparecen en las páginas y en las que no había pensado mucho. La muerte de mi hermana, cómo fue”. Carol falleció con 21 años en los Alpes mientras esquiaba, a causa de una avalancha. Él tenía 19. En otro pasaje, el escritor se ahoga en un ascenso y sin solución de continuidad pasa a explicar la asfixia de su madre cuando le retiran la mascarilla en el hospital. ¿Escribir ese libro ha sido una experiencia dolorosa? “En algunos aspectos escribirlo fue más triste y solitario que el viaje. Durante el viaje sentí una gran melancolía, pero no dolor. Escribiendo, sí. Percibir el parecido del Kailash con la cara norte del Eiger visto desde Grindelwald, donde murió mi hermana, fue duro, pero escribirlo, más. Algo pasó en ese viaje entre yo y mis muertes. Una conmoción, una despedida; es confuso, no puedo responder bien. Me preguntan si hubo algo como un despertar espiritual. No, es mucho más complicado”. ¿Hay algo de la culpabilidad del superviviente? “Sí lo hay. Eso es. Hay una culpa, un elemento de autoacusación”. ¿Peregrinó al Tíbet, al Kailash, como una penitencia, una expiación? Dicen que una sola vuelta a la montaña borra los pecados de toda una vida. “Hay un elemento, pero no puedo ser más específico. Es la parte de realizar una actividad muy dura en un país agreste. Un viaje así tiene algo de sufrimiento”. Miramos hacia fuera: contemplar el jardín resulta un alivio. Distingo rosales formando un arco entre dos cupidos; un manzano, alheña, mimosa, acanto, procedente del viejo jardín de la madre de Thubron…

‘Hacia una montaña en el Tíbet’ posee esa parte íntima, personal. Pero es a la vez el libro de un gran escritor profesional, un maestro del género. Están esos flashes sobre su familia engastados en el relato de un trayecto en el que Thubron vuelca toda su experiencia, su destreza y su oficio. De nuevo, como en otros de sus libros, aparecen los efectos de la globalización. “Sí, incluso, en esos parajes encuentras latas de cerveza vacías y paquetes de tabaco arrugados”. La gente, la capacidad que tiene Thubron para extraer de las personas con que se topa en el viaje sus inquietudes y esperanzas, es, como de costumbre, uno de los grandes puntos de interés. “Encontré mucha gente desesperanzada, es una zona muy pobre y perciben que no hay salida para ellos”. Hay muchísima información en el libro sobre esa región del Tíbet poblada de espíritus y demonios. “El Kailash nunca ha sido escalado. De alguna manera sigue puro. Me gusta esa tradición de respeto. Hablé con Reinhold Messner sobre el tema. Me dijo que no es una montaña difícil, pero que escalarla sería un sacrilegio. No se ha de perturbar a sus dioses”.

A la vista de la intensidad de la escritura y el desnudamiento a que se somete el escritor, algunos se han preguntado si no será el último libro del viajero. “Me sorprendió que dijeran eso. No, no es un libro de despedida. Ahora toca escribir una novela, como suelo hacer, la alternancia pendular entre viajes y narrativa, que es otra forma de introspección. Y será una novela muy ambiciosa. Pero luego volveré a viajar. Sin duda. No sé adónde iré”. Tal y como está el patio no será Siria. “No, y eso que adoro Siria, fue el tema de mi primer libro, Mirror to Damascus. Hablando de obras anteriores, el libro sobre la ruta de la seda, el viaje anterior al del Kailash, fue como una especie de preparación para este: allí ya rompía el espejo del narrador y pasaba al otro lado. “Es cierto, era la primera vez que hacía algo así, las referencias directas a mí mismo, cierta irrupción del yo novelista. Me preparó para ser capaz de escribir estos pasajes tan personales sobre mis padres y mi hermana”.

Le pregunto a Thubron si conserva cosas de su padre, el general. “Sí, las medallas, la espada…”. Hace un gesto vago señalando hacia el piso superior. “Por allá arriba”. Creo que me voy a quedar sin ver ninguna de las reliquias de la casa, excepto el búho, cuando, hablando de Freya Stark, Colin me dice que la escritora, “una buena amiga”, le dejó en su testamento dos tazas de té de porcelana china. Se levanta, va a la cocina y vuelve con ellas. No puedo creerlo: ¡¡¡voy a tomar café en una taza que perteneció a Freya Stark!!! “Era como una abuela para mí, murió con más de 100 años, pero le gustaban los jóvenes. También me dio un mandala nepalí. Ella ha sido una de mis grandes influencias”. ¿Como lleva la amistad? Viajar es hacer amigos en ruta y perderlos continuamente. “Sí, haces muchos amigos que sabes que nunca volverás a ver. En especial en esas zonas remotas. Es duro. Todo el tiempo pierdes gente. Todo es transitorio en el camino”. Con el café, hablamos del padre de Uma Thurman, de Lobsang Rampa –“ahora lo recuerdo”–, de la diáspora tibetana, –“el budismo está muy contaminado en Estados Unidos, esa obsesión americana con la espiritualidad y la salud mental”–, de Mallory, un personaje que le interesa mucho, y del nuevo libro que le ha dedicado al montañero perdido y hallado Wade Davis. Le pregunto si escribe poesía. “Sí, pero hace tiempo que ya no la publico. ¿Y usted?”. Le contesto que sí, pero que una vez escrita me produce tal sonrojo, que se la envío por correo a mi hermana para no destruirla. “Está bien tener a alguien así, con quien hay tanta confianza”, dice con un deje triste, y me doy cuenta de que hablarle de mi hermana no va a alegrar la sobremesa. Así que le pregunto por su pareja, Margreta de Grazia, una especialista en Shakespeare de 30 años. “Nos casamos en septiembre”. Ella es el contrapunto en la vida de Thubron. Un faro en sus viajes y su soledad.

Pero hoy no vamos a escapar de la sombra de la muerte. Hablamos de Paddy Leigh Fermor, escritor, héroe de guerra y amigo de ambos. Thubron leyó uno de los textos en su funeral hace un año, The garden of Cyrus, de Thomas Browne, antes de que un miembro de los Irish Guards tocara The last post. “Ha dejado un enorme vacío”. ¿Cómo fue su muerte? “Como sabe, padecía un cáncer de garganta, no podía hablar, era muy penoso. Le trajeron de Grecia para morir aquí como era su deseo, en Worcestershire. Lo visité la noche antes. Murió tranquilo”. Siento una honda tristeza. ¿Qué será de su gato? Aún conservo una foto del felino que me dio otra amiga de todos, Jan Morris. “Por ahí estará en Kardamyli, lo alimenta la gente”. La casa de Paddy en el Peloponeso parece que se va a convertir en museo en su memoria. Los griegos, por cuya causa luchó con las armas en la mano como Byron, y cuyo país y cultura veneraba, lo apreciaban mucho. Le pregunto por el material literario que dejó Paddy, especialmente la tercera parte de su viaje de adolescente por Europa antes de la II Guerra Mundial, la continuación de El tiempo de los regalos y Entre los bosques y el río, que nunca llegó. Thubron, que es albacea de Paddy, es una de las pocas personas que han leído ese texto que finalmente se publicará. “Hay mucho material, da perfectamente para un libro. No estaba seguro de ese texto, yo creo que se llevó una desilusión al llegar a la meta de su largo viaje: no encontró Bizancio”.

Nos quedamos en silencio. Recordando rostros y contabilizando pérdidas. Echando las cuentas de todo lo que la vida entrega y arrebata. En un pasaje de Hacia una montaña en el Tíbet, un monje le habla a Thubron del despojamiento y de la disolución del individuo. “¿Conoce el dicho budista?”, le dice. “El hombre debe separarse de todo cuanto ama”. Miro a Colin de reojo y le envidio: al menos él ha ido hasta la montaña y encontrado el camino de vuelta a casa.