Una adicción irrefrenable

El actor Sergio Peris-Mencheta estrena como director 'La tempestad' de Shakespeare

Sergio Peris-Mencheta dirige 'La tempestad', de Shakespeare. / CARLOS ROSILLO

El pasado lunes la actriz María Isasi, al recoger el Premio de la Unión de Actores en la categoría de actriz de reparto, por su trabajo en Incrementum (un delicioso espectáculo que el pasado año puso en pie Sergio Peris-Mencheta) dio encarecidamente las gracias al director, no tanto por haberla elegido, que también, sino por la importancia de que existan profesionales de la escena que arriesguen su tiempo y su dinero en hacer lo que quieren, cuando quieren, con quien quieren y como quieren.

Lo cierto es que este polifacético actor que ha alcanzado la fama, incluso internacional, con sus trabajos en cine y televisión, es un auténtico adicto al teatro, desde muy joven. Conoce a Shakespeare al dedillo, al cual ha interpretado y puesto en escena en múltiples ocasiones, aunque él considera que su carrera teatral profesional es más corta. La inició el año pasado con Incrementum, de Georges Pérec, con seis actrices: "Nunca me atreví a salir de un circuito aficionado, fue una apuesta concreta y a fondo por el tipo de teatro que me gusta ver como espectador y hacer como actor. Y con artistas que comparten este sentir", dice.

Una carrera que continúa, a partir de mañana, en el Festival de Teatro Clásico de Cáceres, con una de las obras cumbre de Shakespeare, La tempestad, que ha puesto en pie con su compañía Barco Pirata y seis actores, todos hombres, que como se hacía en la época del autor, interpretan indistintamente papeles femeninos y masculinos.

Este madrileño nacido en 1975, a pesar de haber trabajado sobre los escenarios bajo las órdenes de directores como Tomaz Pandur o Bigas Luna, entre otros muchos, apenas es conocido como hombre de teatro: "Supongo que porque no me prodigué mucho como actor. Me harté de estar inmerso en proyectos donde el componente creativo estaba vedado a los actores; me marcaban los tonos en el trabajo de mesa, y los movimientos, y hasta las respiraciones, al poner las escenas en pie. Para eso ya hago cine o televisión. Hacer teatro para mí es entrar a imaginar, probar, desechar, inventar y equivocarse... Supongo que esto es imposible por falta de tiempo, o falta de confianza del director en el equipo o ambas cosas”.

Este actor ha alcanzado la fama, incluso internacional, en cine y televisión

La pasión por Shakespeare le viene de cuando empezó hace casi 20 años en la fundación que lleva su nombre: "Siento que el teatro de Shakespeare le abre las puertas de par en par a la imaginación y al juego". Lo cierto es que cuando un director elige un texto, suele ser porque hay algo en él que le toca las entrañas. Él no es una excepción: "La tempestad habla del poder y su ostentación: mi poder sobre el otro y mi poder con respecto al otro, e incluso a mí mismo. Describe el viacrucis, o tempestad interior, que todos los personajes atraviesan durante la obra para dejarlo a un lado, y abrazar el perdón; a los demás, de los demás y a uno mismo", señala.

A la hora de plantearse la puesta en escena busca las respuestas en los talleres previos a empezar a montar, con lo que los planteamientos previos e ineludibles van quedando de lado: “Aparece La tempestad que a este grupo humano y artístico le sale. Digamos que mi criterio es la flexibilidad de criterio", dice riéndose de sí mismo.

Lo que tiene claro es que la única manera de hacer teatro en tiempos de crisis es poniendo mucho corazón y poca cabeza: "El que ama de verdad el teatro pagaría por hacerlo. Dejémonos de exigirle, y entreguémosle nuestro presente. A mí esto me sana el alma. Sin esto, sí que entro en crisis". El dinero sale de su trabajo como actor y del de Xabier Murúa (cofundador de Barco Pirata) y en esta función han iniciado el micropatrocinio: "Bendita idea para sacar proyectos adelante", dice de esta fórmula que han puesto en pie y con la que disciplinas como la música, las artes plásticas, la danza y la escena han visto la luz al final del túnel gracias al denominado crowfunding, que consiste en encontrar parte indispensable de la financiación en el mismo público. Para apoyarles sólo hay que entrar en esta página web.

Quizá una de las razones por las que Peris-Mencheta está tan enganchado al teatro sea que él piensa que el teatro sirve para escupirle a la vida la verdad a la cara: "Lo he tomado de Sabina". Para su tempestad, ha cogido la traducción de la Fundación Shakespeare, dirigida por Conejero. El espectáculo inicia mañana y pasado su andadura en Cáceres y viajará a otros festivales (15 de julio, Almagro; 25 de julio, Olmedo; enero 2013, Málaga) además de una gira que inicia ahora con esos actores (Víctor Duplá, Quique Fernández, Antonio Galeano, Xabier Murúa, Raúl Peña, Eduardo Ruiz y Javier Tolosa).

Pero aún hay más proyectos, como es su viejo sueño de montar Los Justos, de Albert Camus, cuyo texto ya tradujo e incluso hizo la adaptación a cuatro manos con Carlos Bardem, pero los derechos volaron y ahora prefiere no hablar más de la cuenta de los proyectos: “No vaya a ser que la historia se repita”.

En cuanto a subirse al escenario, aunque es reticente, hará un Julio César, con Paco Azorín para el año que viene, y no oculta que sus reservas se disiparían si le propusieran trabajar directores como Mario Gas o Andrés Lima en España y Lepage o Arianne Mnouchkine fuera.

Mantiene aún su cara de niño que muchos tendrán fijada en la memoria por su trabajo en series como Al salir de clase, pero también mantiene el cuerpo del jugador de rugby que fue, la contundencia de carácter que se le vio en Los Borgia, y la mirada noble que supo imprimir en la película El capitán Trueno y el santo Grial. Él sueña con tener una salita donde poderse encerrar con sus actores: "A jugar a esto de darle latido a las palabras. Una cocina teatral". Y lo hace con actores que no son figurones ni vistosas cabezas de cartel: "Hay un montón de buenos actores sin cara, que además son amigos. Y el teatro, con amigos, mejor; además la manera que yo tengo de afrontar un proyecto está fuera de protocolos, al estar está fuera del sistema, no hay productora detrás, ni distribuidora, ni teatro donde caerse muertos con el montaje; no hay 45 días de ensayos, hay mes y pico de taller para abrir el melón, y luego empezamos a montar hasta que la cosa esté", señala. "No hay que olvidar que empezamos a trabajar sin saber a dónde vamos. Todo esto es difícil de hacérselo asumir a un rostro conocido".

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