CRÍTICA: 'UNA NOCHE CON KYLIÁN'

Las heridas en el telón

Bailarinas fuera de forma, otros descuidando el ritmo y hasta los pasos, errores en el canon y actitudes inaceptables en los saludos: se añora el pasado tal como era

Un momento de 'Una noche con Kilian'. / Jesús Vallinas

La comprensión de un repertorio está en el sostenimiento de su excelencia, eso que va de los detalles del estilo a la correcta musicalidad en la ejecutoria. Por un lado, este programa monográfico del gran coreógrafo checo de nuestro tiempo podía sonar a despedida de una etapa. Una noche bisagra que abre el espectro a un campo nuevo, hoy por hoy, desconocido o mantenido con obstinado secretismo. Pero no es así. La sensación es compleja y hasta contradictoria. Se trataba de una tríada de obras vistas en sentido inverso cronológicamente, pero justamente por tratarse de títulos señeros comportan una responsabilidad mayor en la asunción. Y es por estos fallos que tanto Petite morte (1991) como Sinfonía de los salmos (1978) no estuvieron ni por asomo a la altura de cuando, otrora, la CND ponía estas obras. Podía decirse aquello de que “el que tuvo, retuvo”, pero aquí se sostiene poco, como si las formas fueran líquidas y se escurrieran dolosamente de entre los dedos.

Algunas bailarinas fuera de forma, otros bailarines descuidando el ritmo y hasta los pasos, ostensibles errores en el canon y el terminado, hasta actitudes inaceptables en los saludos (la disciplina siempre es sagrada en la institución). Tales asuntos ponen en liza algo que este crítico pensaba nunca iba a escribir: se añora el pasado tal como era. Porque lo importante, lo medularmente ético, es la calidad, lo que se ofrece. Hubo un momento en que, especialmente en las obras de Kilian, la CND no tenía nada que envidiar a la compañía madre: el Nederlands Dans Theater. La de anteayer fue una función desgastada y sin control.

Probablemente Martínez hace ahora lo que puede, formula con lo que tiene a mano, y así ha sabido este diario que los próximos programas de la CND también se componen de obras contemporáneas por lo general de medio formato. Eso es frustrante para un sector del público, pero es lógico profesionalmente. Es la única salida seria, por estrecha que parezca. Otra cosa es el ánimo reinante en la agrupación y palpable en escena.

Lo mejor de la velada, paradójicamente, fue el estreno: Sleepless (2004) pieza a medio camino entre dos etapas de Kylián: del conceptualismo al tenebrismo, rechazando todo contenido alegórico y concentrándose en un estricto imaginario plástico y abstracto para el que se sirve de la impronta del pintor Lucio Fontana y sus lienzos heridos (antes lo había hecho con Mondrian). Pero la herida no está en el telón diagonal sino en la danza. Es una propuesta de estructuras quebradas y enlaces difuminados por esa pared mágica que sutilmente evoca un acto estético sobre el que han corrido ríos de tinta: acuchillar el lienzo, sacarlo de su pureza, mostrar una decisión que es a la vez rendición y grito.

UNA NOCHE CON KYLIÁN

Compañía Nacional de Danza. Coreografías de Jiri Kilian: Sleeplees (Dirk Haubrich); Petite mort (Mozart); Sinfonía de los Salmos (Stravinski). Teatro de La Zarzuela, Madrid. Hasta el 27 de junio.

Siempre será bueno que la CND mantenga en repertorio obras de Kylián, como todos los entes líricos y grandes compañías del planeta. Esto no se discute, pero montarlas informa de una dimensión al ensemble, desde los corifeos a los técnicos, desde el maquinista al director, en que el argumento principal sigue estando entre signos de interrogación: ¿qué compañía de ballet queremos tener?

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