OPINIÓN

El coraje de ir más allá

El espectáculo que ahora se presenta con la denominación Poppea e Nerone contempla una nueva orquestación a cargo del compositor Philippe Boesmans

Nadja Michael (Poppea) y Charles Castronovo (Nerone) / Javier del Real

Hace solamente dos años se representó en el Teatro Real L’incoronazione di Poppea. Se cerraba entonces un ciclo dedicado a la trilogía operística de Claudio Monteverdi, en un planteamiento de los considerados historicistas, con William Christie al frente de Les Arts Florissants. El espectáculo que ahora se presenta con la denominación Poppea e Nerone contempla una nueva orquestación a cargo del compositor Philippe Boesmans, que ya había realizado un primer trabajo de este tipo sobre la misma ópera para La Monnaie de Bruselas en 1989. Los dos enfoques están casi en las antípodas. Christie buscaba una recreación de los sonidos originales, Boesmans pone en bandeja a Sylvain Cambreling una sonoridad contemporánea reforzada además por la colaboración de uno de los grupos de referencia de la música de nuestro tiempo, el mítico Klangforum de Viena. Es, pues, oportuno diferenciar los títulos para que nadie se lleve a engaño. Tampoco está de más recordar que de esta obra maestra de Monteverdi se conservan únicamente la línea melódica y el bajo continuo, con lo que cada grupo que la interpreta escoge una versión a su medida, bien dando prioridad al manuscrito de Venecia o al de Nápoles, los dos supervivientes de esta aventura estética.

Boesmans no es ningún novato en materia operística. Títulos como Reigen, Wintermärchen, Julia o Yvonne, princesse de Bourgogne avalan una trayectoria ejemplar. Y dan una pista de la importancia que otorga a la componente teatral. Tomar como punto de partida obras de Schnitzler, Shakespeare, Strindberg o Gombrowicz, respectivamente, es ya una declaración de principios. Sumergirse en una ópera de Monteverdi es otra historia, por supuesto, sobre todo si se quiere mantener una fidelidad al espíritu original del compositor con una sonoridad del siglo XXI. La integración de instrumentos de varios periodos históricos en la partitura definitiva es una labor de síntesis musical llena de riesgo y de… atractivo. El compositor belga consiguió lo que buscaba y así la ópera suena a Boesmans sin dejar de sonar a Monteverdi. La propuesta musical es extraordinaria. Cambreling la defiende con absoluta convicción, claridad y expresividad, y el Klangforum de Viena, como era de esperar, se muestra impecable en la realización, con lo que el principio de relatividad de Albert Einstein que se proyecta casi al comienzo de la representación adquiere un sentido especial: “La diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es solo una ilusión persistente. El tiempo no es lo que parece, no fluye en una única dirección, y el futuro existe de forma simultanea con el pasado”.

POPPEA E NERONE

De Monteverdi-Boesmans.

Con Nadja Michael, Charles Castronovo, Maria Riccarda Wesseling, Willard White y William Towers, entre otros. Klangforum Wien.

Director musical: Sylvain Cambreling.

Dirección de escena: Krzysztof Warlikowski.

Teatro Real, 12 de junio.

La representación se acota con dos añadidos que hacen referencia a la filosofía y a la historia. Está por medio Jonathan Littell –el autor de Las benévolas-, con lo que las reconstrucciones del pasado adquieren un peso no solamente testimonial sino también científico. Antes de que suene la primera nota, el teatro se apodera del espacio escénico y Séneca da una clase de filosofía a un alumnado formado por los personajes de la ópera, cuyo tiempo de actuación lírica va a ser 6 años posterior a la disertación de diez minutos sobre el conocimiento, la duda, la comprensión, el miedo y la muerte. Los textos están inspirados en la película Wittgenstein, de Derek Jarman, y en pensamientos de Michel Foucault -un especialista en Séneca-, Thomas Hobbes y Christopher Isherwood. Al final de la representación hay un epílogo en el que se cuenta lo que les sucede cuando baja el telón a los personajes principales de la ópera. Les adelanto que es demoledor.

Entre estos parámetros más o menos realistas, Warlikowski sitúa la acción en un colegio –o una época- de corte fascista o, al menos, altamente autoritaria. El planteamiento es estimulante, pero la realización es problemática. En un espectáculo de más de cuatro horas de duración mantener la tensión con la misma escenografía es complicado aún contando con un buen trabajo de dirección de actores. Warlikowski abusa de los temas sexuales. No es su visión la de una sensualidad a lo Francis Bacon, como apunta Littell refiriéndose a las asociaciones pictóricas que le sugiere Monteverdi, sino algo mucho más primario y discursivo. El tema transexual en Nerón, Popea, Arnalta, o quien se ponga por delante, fatiga. La concentración musical se desvía por una insistencia erótica que roza el exceso. El desarrollo escénico desemboca en la monotonía, incluso en la frialdad. Está buscado así, ya lo sé, como una consecuencia de la ambición del poder, de la falta de escrúpulos, de la inmoralidad. Pero la sensación de distancia sobre lo que se está viendo, más que sobre lo que se está contando, es inevitable. A ello hay que añadir que el reparto vocal es desigual y que un personaje clave, como el de Popea, convence mucho más a niveles teatrales que vocales. Destacan Maria Riccarda Wesseling, Charles Castronovo o Willard White en sus cometidos. En conjunto, la representación posee interés y en algunos apartados es magnífica por el coraje de ir más allá de lo convencional, pero tal vez la ligazón permanente de la emoción lírica con el desasosiego ambiental puede dejar un poco fuera de juego a más de uno. El público reaccionó de manera bastante comprensiva a la compleja representación de esta ópera genial.

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