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La vida en un puñado de versos

Sobre las arrugas insolentes de este hombre de 93 años se ha cincelado gran parte del activismo musical y político del último siglo. Pete Seeger, que habla en esta entrevista del enorme poder que conservan las canciones, publica un nuevo disco con algunos temas inéditos

El paso del tiempo es un dios insaciable que no hace distinciones entre seres humanos. Ni siquiera las leyendas pueden evitar su dictadura biológica. Por eso los 93 años de Pete Seeger se mueven lenta y cuidadosamente al bajar la empinada escalera que separa su comedor del altillo en el que está ubicado su despacho. Icono del activismo político y musical de Estados Unidos, su cuerpo es magro, enjuto, de brazos largos, manos con palmas anchas y dedos gruesos que en otros tiempos se movieron endiablados sobre un banjo y ahora se agarran tenaces al pasamanos. Sobre ese cuerpo se apoya un rostro de mejillas sonrosadas, de ojos pequeños que reflejan el cielo y una boca que muda en sonrisa con facilidad, dejando al descubierto su vieja dentadura. Sobre las arrugas insolentes que navegan a través de ese rostro amable y limpio se cinceló gran parte de la historia musical y política del siglo XX estadounidense, de la que Seeger puede que sea el representante más longevo.

Pete Seeger

Quizás haya sobrevivido a muchos otros artistas de su generación porque nunca coqueteó con el alcohol, el tabaco o las drogas, sustancias que se entrometen a menudo en las vidas de los músicos. Resulta divertido imaginárselo bebiendo agua entre rudos obreros tras un concierto con The Almanac Singers, el grupo que montó a principios de los cuarenta junto al gran maestro del folk Woody Guthrie (quien no sobrevivió a sus propios excesos alcohólicos) o cantando sereno junto a Lee Hayes, con quien compartió fama en la mítica banda de folk The Weavers. “Lee bebía toneladas de cerveza. Al pobre le entró una diabetes terrible, yo creo que por eso se murió tan joven. Pero yo aprendí a comer poco y sano con mis padres, que en los años veinte ya practicaban yoga a diario y tenían mucha disciplina. Nunca probé las drogas y nunca me interesaron el alcohol o el tabaco. Igual por eso tampoco me encontraba a gusto en los clubes nocturnos. Cuando mi amigo Woody Guthrie probó la marihuana se sintió como el que está al borde de un precipicio. Yo probé el tabaco a los 12 años, creo… ¡y no me gustó nada!”, recordará entre carcajadas durante una larga conversación salpicada de anécdotas en el comedor de su casa.

Situada a tres kilómetros de Beacon, en el valle del río Hudson, al norte de Nueva York, su casa reposa sobre la cima empinada de un conjunto de ocho hectáreas de colinas que el músico adquirió por 1.700 dólares que pidió prestados a su familia y amigos en 1949. “Nunca tuvimos mucho dinero. Durante los años cincuenta y parte de los sesenta, tras la censura impuesta por la persecución anticomunista, vivíamos con lo mínimo. Supongo que en el campo tampoco necesitas mucho, aunque durante casi diez años ni siquiera tuvimos agua corriente. Pudo haber ganado mucho dinero con The Weavers, pero decidió abandonar el grupo después de que sus compañeros aceptaran hacer un anuncio de cigarrillos. Mi padre es así”. Tinya Seeger, ceramista, es la menor de los tres hijos de Pete Seeger, casado con Toshi, la mujer con la que ha compartido vida durante 69 años. Hoy Tinya es quien se encarga de atender a ambos en esta casa apartada del mundo y repleta de historia en cuyas entrañas se conservan los recuerdos de una existencia excepcional. Es un laberinto de habitaciones y alturas envueltas en maderas cálidas donde se mezclan trastos centenarios con cajas desordenadas, cientos de libros, archivos personales y, por supuesto, los banjos que le han acompañado a lo largo de una vida dedicada por entero a popularizar la noción de que la música puede ser uno de los motores para el cambio social. El comedor lo preside un mural con cerca de un centenar de fotos descoloridas por el paso del tiempo y colocadas con mimo cronológico por Toshi: arranca con imágenes del propio Seeger de niño y terminan con la foto de una nieta embarazada de un bisnieto.

Hoy Pete y Toshi viven con dos gatos y un perro y pasan las tardes sentados junto a la chimenea, o en el porche rodeados de árboles centenarios. “Lavo los platos, enciendo el fuego y cuando mi espalda me lo permite, corto leña con un hacha”, explica sobre sus días en Beacon, donde la edad impone una tranquilidad alejada de la intensidad de antaño. “Tenemos suerte de seguir vivos”, murmura casi entre dientes mientras se mueve despacio entre las paredes de un hogar que construyó él mismo con la ayuda de muchos amigos.

“Lavo los platos, enciendo el fuego y, cuando mi espalda me lo permite, corto leña con un hacha”

“Durante años aquí nadie tenía muy claro quién era mi padre. Ni siquiera yo sabía que era famoso. En los setenta lo conocían los niños porque solía cantar en Barrio Sésamo. Creo que no recuperó la popularidad hasta que el Congreso le concedió la Medalla de las Artes en los años noventa”, cuenta Tinya mientras prepara la comida. Para entonces hubo incluso campañas para presentarle como candidato al Premio Nobel de la Paz, continuos homenajes desde todo el espectro musical estadounidense, incluido un disco de Bruce Springsteen titulado The Seeger sessions y hasta una invitación para cantar en la investidura del presidente Barack Obama, actos a los que él apenas concede importancia. “Mi audiencia ideal siguen siendo los niños. Son divertidos y te hacen sentir optimista incluso cuando te invade el pesimismo. Son la esperanza del mundo”, dice de quienes prácticamente fueron su único público durante las dos décadas en que sus convicciones políticas le convirtieron en proscrito musical.

A Seeger, con su largo cuerpo enfundado en unos vaqueros y una vieja camiseta verde, le cuesta contestar si también le cantaba a sus hijos. “Me avergüenza reconocerlo pero no hice un buen trabajo en ese sentido. Canté poco para ellos. A veces a mis hijas les gustaba poner una grabación de una flauta que llamábamos ‘la nada’ y nos inventábamos letras…”. Y aquí Seeger entonará desafinando alguna de las notas de ‘la nada’, tratando de cambiar de tema. No parece encontrarse a gusto hablando de asuntos personales, aunque más tarde también admitirá su arrepentimiento por haber dejado a su mujer sola con sus hijos pequeños en Beacon mientras él viajaba en los años cincuenta. “Sin la ayuda y la comprensión de Toshi, Pete Seeger no habría sido Pete Seeger”, declara cabizbajo.

Todas las preguntas que se le hacen le llevan a describir con memoria prodigiosa detalles triviales de eventos en absoluto superfluos y que le despistan (o le ayudan a escabullirse) del hilo central de sus relatos, como a menudo ocurre con quienes acumulan ya décadas de historia. Aunque eso también propicia imágenes extraordinarias como la del piano y el desierto. “A los doce años mi madre vivía en un convento en Túnez a las puertas del desierto con mi abuela y su amante, el cónsul de Francia. Era muy buena violinista y su profesor propuso comprar un piano para acompañarla en las clases. Así fue como una mañana mi madre se asomó al balcón y vio un piano solitario moviéndose despacio a través del desierto. Cuando llegó a las puertas del convento descubrió dos piernas que asomaban por debajo: un hombre lo había cargado sin ayuda para cobrar más”.

“Mi audiencia ideal siguen siendo los niños. Son divertidos y te hacen sentir optimista incluso cuando te invade el pesimismo”

Historias como esta a veces impiden interrumpirle, aunque haya muchas cosas que uno quiera saber. “He contado mi vida cientos de veces y me sé de memoria muchas anécdotas. Es un peligro, quizás puedan sonar falsas”, se excusa. Entonces, ¿qué le preguntaría Pete Seeger a Pete Seeger?

“Le preguntaría por su infancia, porque yo también quise ser periodista, pero nunca conseguí encontrar trabajo. Como nadie me dejó hacer prácticas nadie me quiso contratar. Quién sabe, quizás habría sido bueno”. Su capacidad para describir el mundo nunca llegó a los diarios, pero sí al imaginario de millones de personas a través de cientos de canciones con mensaje que o escribió él mismo, como Turn, turn, turn o la antibélica Waist deep in the big muddy, o contribuyó a popularizar rescatándolas del pasado. Seeger fue el culpable de que parte de su país cantara al unísono el tema We shall overcome, un góspel de principios de siglo que acabó convertido en el emblema extraoficial de la lucha contra el racismo encabezada por Martin Luther King. “Aquella fue la protesta más musical de la historia americana. Y es que lo que importa no es el virtuosismo sino la musicalidad de la gente como un todo, según decía mi padre. Por eso estoy seguro de que a los esclavos lo que les salvó fue la música”.

Nacido en Nueva York en 1919, Seeger dirigió periódicos en el colegio hasta los 17 años y luego consiguió una beca para estudiar en Harvard, universidad que abandonó en los años treinta porque se enamoró de la política, cambiando los estudios por los mítines de las juventudes comunistas y las bibliotecas por los trenes en los que recorrió la geografía estadounidense impregnándose de la música tradicional americana. “Tras dejar la universidad mi tía me ofreció cinco dólares por ir a tocar al colegio en el que enseñaba. Primero me pareció como robar porque eso era mucho más de lo que ganaba una persona en un día, pero así descubrí que podía ganarme la vida tocando para los niños”.

“Quise ser periodista, pero nunca conseguí encontrar trabajo. Como nadie me dejó hacer prácticas nadie me quiso contratar”

Era casi imposible que no ocurriera: su padre, musicólogo, y su madre, violinista, (ambos contribuirían años después a la fundación de la célebre escuela Juilliard de Nueva York) tenían la casa llena de instrumentos. “Obligaron a mis hermanos a aprender música, pero como yo era el pequeño decidieron dejarme libre a ver qué hacía. Tocaba a mi aire lo que encontraba por casa, pero fue durante un viaje con ellos cuando descubrí el banjo de Kentucky. Y me enamoré”.

Ahondó en la historia del folk trabajando precisamente en el Archivo de Música Folk de la Biblioteca del Congreso junto a Alan Lomax, un hombre hoy venerado porque gracias a su labor se recuperó y se conserva la historia musical de Estados Unidos anterior a los años treinta, de la que no había testimonio escrito y sin la que sería imposible comprender todo lo que llegó después.

En 1940 Seeger montó su primer grupo, The Almanac Singers, con el que rebuscó en la tradición oral del movimiento obrero y donde se empapó del talento y el legado musical del maestro Woody Guthrie. La banda se disolvió cuando Estados Unidos entró en la II Guerra Mundial y Seeger fue llamado a filas. “Woody era un tipo extraordinario. Inventaba canciones a todas horas. En un vuelo que hicimos a Pittsburgh para cantar junto a unos huelguistas se pasó el viaje escribiendo sobre una bolsa de las que te dan para vomitar. Se le ocurrieron varias canciones: qué se imaginarían desde el suelo al ver ese gran pájaro, qué planes tendría la azafata por la noche… Al bajar se dejó el papel en el asiento. Le daba igual porque para él componer era facilísimo”.

A finales de los cuarenta, de vuelta en Nueva York, Seeger fundó The Weavers, un cuarteto que siguió la estela de The Almanacs y rebuscó en el blues, el góspel, y las baladas folk tradicionales. Contra todo pronóstico The Weavers alcanzó la cima del éxito con un clásico de otro gran maestro del folk: Lead Belly, a quien Seeger frecuentó a menudo ya que “la música era de los pocos espacios donde los negros y los blancos nos relacionábamos de forma natural”. Good night Irene vendió cuatro millones de copias y sonó imparable en radios y televisiones en 1950, mientras la obsesión anticomunista se apoderaba del país. Finalmente, la persecución iniciada por el senador McCarthy también alcanzó a Seeger, que tuvo que declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas, y fue condenado a un año de cárcel por negarse a admitir su relación con el partido comunista y reivindicar su derecho a la primera enmienda (libertad de asociación). La sentencia fue revocada años después, pero él y The Weavers ya habían entrado en la lista negra, así que su música se transformó en herejía.

Sin embargo, para la generación de Joan Baez y Bob Dylan, Seeger se convirtió en héroe y figura ejemplar. Él fue el influyente padrino del revival folk que puso banda sonora a las revoluciones sociales del 68 y también protagonista de incidentes que han pasado al anecdotario universal de la música, como el que le acusa de haber querido cortar con un hacha la corriente de la guitarra eléctrica con la que Dylan “electrocutó simbólicamente” el Newport Folk Festival de 1965, marcando un antes y un después en la historia de la música. “Bob Dylan es uno de los mejores compositores de la historia, un tipo extraordinario”, se limita a decir sobre un incidente que ha explicado así en docenas de entrevistas: “Estaba cantando Maggie’s farm y no se entendía nada porque el micrófono distorsionaba su voz. Le dije al técnico de sonido que lo arreglara y dijo que no. Yo solo quería que se escuchara la letra, pero no tenía nada en contra de su guitarra eléctrica”.

Los sesenta fueron también años difíciles marcados por el asesinato político de líderes como JFK, el senador Bobby Kennedy, Martin Luther King o Fred Hampton. Y Seeger también sufrió amenazas de muerte, aunque dice no haber sentido nunca miedo, a pesar de que llegó incluso a conocer a un hombre que fue a uno de sus conciertos para matarle y acabó enamorándose de su música y abortando su plan. “A veces me he reído pensando en lo cerca que he estado de la muerte porque sé que hasta lo han discutido a escasos kilómetros de mi casa (un grupo del Ku Klux Klan aún está activo cerca de Beacon). Si no lo hicieron yo creo que fue porque conmigo muerto más gente habría cantado mis canciones. Y esa idea no les hacía gracia”. Es decir, ¿la música le salvó la vida? “Es muy posible. La música es poderosa. Mira lo que ocurrió hace poco en Oslo. Es una de las cosas más emocionantes que se han hecho con mis canciones”. El pasado abril Anders Behring Breivik, autor confeso de la masacre de la isla de Utoya (donde murieron 69 personas), declaró ante un juez que la versión local de la canción de Seeger My rainbow race “es un instrumento marxista para lavarle el cerebro a los niños”. La respuesta de los noruegos fue contundente: 40.000 personas acudieron a las puertas de la prisión de Oslo donde está encerrado Breivik y cantaron al unísono aquel tema que ahora Seeger vuelve a tararear para recordarle a la periodista una letra que habla de la necesidad de aprender a compartir.

No recuerda cuántas canciones ha escrito, ni los conciertos que ha protagonizado, ni muchos de los discos que ha publicado (más de un centenar), ni siquiera el que propicia esta entrevista: The Complete Bowdoin College Concert 1960, cuya grabación homónima acaba de editarse en España, con dos canciones inéditas, Al Smith holds the bottle y I had a dream. “No suelo escuchar discos”, se excusa. El motivo es solo uno: “Todavía tengo demasiada música en la cabeza”. Tanta que incluso acuciando el cansancio de las casi dos horas de conversación, Seeger decide cantar el último tema que ha compuesto, “el más breve de mi repertorio, escrito hace unas semanas mientras pasaba la tarde en el sillón junto a Toshi”. Y es que aunque haya tenido una existencia apasionante, a los 93 años las cosas que realmente importan se reducen a la sencillez de un puñado de versos: “Afuera llueve, afuera hay niebla, afuera hay viento, pero no importa porque estamos juntos frente al fuego”.

The Complete Bowdoin College Concert 1960 está distribuido en España por Karonte.

 

El primer ecologista

Los años setenta le vieron alejarse del activismo tradicional para concentrarse en una forma nueva de hacer política: las reivindicaciones ecologistas y la lucha a pequeña escala, como la que le llevó a construir el velero Clearwater, una réplica de los barcos que recorrían el río Hudson en el siglo XIX y con la que inició una campaña para descontaminar las aguas de aquel río, una quimera que cuarenta años después es una realidad. Seeger concienció a los vecinos del valle del Hudson de la necesidad de limpiarlo y de exigir a las autoridades locales mano dura contra las industrias que lo contaminaban, obligando con la presión ciudadana —y un festival anual, el Clearwater— a cambiar las leyes. En tiempos tan necesitados de sueños como los que vivimos, sin duda un ejemplo inspirador de cómo la lucha de David contra Goliat no es necesariamente una fábula. “Yo me atrevo a decir que la gente con dinero desearía que el partido comunista renaciera porque era mucho más fácil de controlar. Ahora sabemos cómo atacarles. Miles de pequeños grupos aquí y allá. Es imposible controlarlos a todos. Y cuando sepamos usar aún mejor Internet ya verás…”. Él no utiliza la Red, pero es consciente de cómo la están utilizando movimientos como Ocupa Wall Street, para el que cantó en las calles de Nueva York el pasado otoño. “No creo que la juventud de este país esté adormecida. Al contrario. Creo que hoy se escriben más canciones protesta que nunca. El trabajo más importante de mi vida ha sido enseñarle a la gente que no tienes que ser rico y famoso para hacer una canción que invite a otra gente a cantar. El poder de la música está en la gente”. Con su aire risueño asegura que la edad le ha convertido en un tipo más optimista. “Sigo escuchando a la gente cantar conmigo y eso me sube la moral”. Durante sus años marxistas creyó ciegamente en el dicho “la religión es el opio del pueblo”. “Hoy creo que dios es la eternidad y que en la eternidad hay música”. Y sorprendentemente en su conversación se cuelan a menudo parábolas bíblicas. “Yo me veo como ese agricultor del que habló Cristo que ha puesto semillas aquí y allá. Por eso es difícil definir la canción protesta. Unas semillas crecen brevemente y mueren rápido y otras permanecen. Las canciones son así: a veces algunas se interpretan de forma literal incluso si su autor no lo siente así. El mejor ejemplo es The times they are A-changing. Dylan nunca se imaginó que la gente se la tomaría tan en serio”. Cita a menudo al primer gran sociólogo de raza negra, W. E. B. du Bois, pero quiere terminar la conversación con las palabras de otro de esos grandes hombres que pueblan su biblioteca: Adlai Stevenson, un demócrata que fue embajador de Kennedy ante la ONU y que falleció de un ataque al corazón en 1965. “Sobre su escritorio se encontró un fragmento extraordinario de un discurso que dio ante la ONU y que siempre llevo conmigo”. Y sacando de su cartera un papel viejo y arrugado, Seeger recita casi de memoria un mantra que a pesar de haberse escrito hace 50 años, desgraciadamente suena tan actual como alejado del pensamiento de los políticos del siglo XXI: “Viajamos juntos, pasajeros de esta pequeña nave que depende de sus vulnerables reservas de aire y tierra; comprometidos para nuestra seguridad con la paz y la seguridad; a salvo de la aniquilación solo por el cuidado, el trabajo y, yo diría, el amor que le damos a nuestra frágil embarcación”. 

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