LA LIDIA

Aroma de buen toreo

Se toreaba a la verónica clásica, despacio, muy despacio, con el cuerpo entero, las manos bajas y el corazón en vilo para que no se rompa el encanto

Daniel Luque, con la muleta, ayer por la tarde en las Ventas. / CARLOS ROSILLO

Hubo un momento en que por toda la plaza se esparció el aroma del toreo bueno, el que surge de la inspiración y el alma de alguien que, por ese misterio de la belleza, se siente artista. Se toreaba a la verónica clásica, despacio, muy despacio, con el cuerpo entero, las manos bajas y el corazón en vilo para que no se rompa el encanto, con un gusto exquisito todo, temple y lentitud inseparables, y surge el ole y se funde con esa media que desborda el entusiasmo.

SAN LORENZO/EL CID, LUQUE, DUFAU

Toros de Puerto de San Lorenzo, bien presentados y de juego desigual; primero , blando y noble; tercero, bravo y noble; inválido el segundo; manso y muy peligroso el cuarto; manso y deslucido el quinto, y soso y noble el sexto.

Manuel Jesús El Cid: estocada (silencio); media caída y un descabello (pitos).

Daniel Luque: estocada (oreja); estocada caída (ovación).

Thomas Dufau, que confirmó la alternativa: estocada trasera _aviso_ (ovación); dos pinchazos y bajonazo (silencio).

Plaza de las Ventas. 7 de junio. Segunda corrida de feria. Casi tres cuartos de plaza.

Es lo que suele ocurrir cuando alguien torea de verdad, que entras como en éxtasis, se detiene el tiempo, fijas la mirada en un espacio que desaparece al instante porque lo que queda es una ráfaga que se graba en la memoria para siempre.

Toreaba a la sazón un joven sevillano llamado Daniel Luque, que bordó el toreo a la verónica en un quite a su primero; pero ya lo había intentado, y también con acierto, al recibirlo de salida y en otro quite en ese mismo toro. Que estaba en racha, era la impresión que daba. Y lo estaba por lo que vino después.

Fue ese un toro bravo en el caballo, que acudió con presteza en banderillas y llegó a la muleta con nobleza, recorrido y las fuerzas muy justas. Lo suficiente para que el torero en racha se luciera con el toreo auténtico. Se amoldó al viaje del toro, y los derechazos brotaron con suavidad y suprema calidad, a pesar del fuerte viento que corría en esos momentos. Grandes fueron dos tandas de naturales, e inspiradísimas, de menos a más, en un alarde variedad, salpicadas de molinetes, trincherillas, pases del desprecio y largos de pecho.

No fue, ciertamente, una faena de apoteosis, pero sí de esencia, de hondura, de gracia, y, sobre todo, de aroma ante un toro con clase y dulzura. La oreja fue muy merecida. Quiso rematar su tarde en el quinto, pero no hubo manera; era un manso dificultoso que se encerró en la puerta de toriles y huyó despavorido de la actitud valiente, entregada y responsable de un Daniel Luque en plan de torero grande.

Y se esfumó el aroma. Hizo mucho viento, todo hay que decirlo; y cada toro y cada torero es un mundo.

OVACIÓN: Lugar de honor para el diestro sevillano Daniel Luque, que ayer se sintió torero y artista con capote y muleta.

PITOS: Un marrajo fue el precioso cuarto toro, muy peligroso y deslucido, que se defendió a base de tornillazos y gañafones.

El francés Dufau confirmó su alternativa con un noble toro que le permitió hacer el toreo que él no sabe. Lo intentó de veras, pero le faltó mando y templanza; y arrojo y entrega para exprimir la buena embestida del animal. La sosería del sexto justificó de algún modo la actitud del torero, que no consiguió despertar el interés de los tendidos.

Y El Cid escuchó pitos cuando mató al marrajo cuarto. Más que una protesta parecía un lamento: tres corridas y nada ha dejado Manuel Jesús para el recuerdo. Ese toro, de preciosa estampa, no tenía un pase, pero a él se le sigue viendo sin la clarividencia de la figura que es; sin los recursos que, sin duda, atesora; y sin la alegría de su toreo de antaño. Y así lo expresó ante el descastado que mató, muy bien por cierto, en primer lugar.

Total, que, como hubo aroma del bueno, se aventó el aburrimiento. Es la fuerza de la belleza…

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