CRÍTICA: 'STOPPED ON TRACK'

La agonía de morir

La alemana 'Stopped on track', nueva película del siempre interesante Andreas Dresen, es una radiografía del cáncer terminal. Y no ahorra nada

Fotograma de 'Stopped on track'.

Primera secuencia: un hombre joven, cuarenta y tantos, en compañía de su esposa, escucha en boca de su médico que tiene un tumor maligno, muy extendido, inoperable, y que apenas le quedan tres meses de vida. Última secuencia: bueno, ya saben. Entre medias: la quimioterapia, el dolor, los vómitos, la radioterapia, los desmayos, los olvidos, los gritos, la morfina, los llantos, la destrucción, física y mental, de él, de su mujer y de sus dos hijos. La alemana Stopped on track, nueva película del siempre interesante Andreas Dresen, es una radiografía del cáncer terminal. Y no ahorra nada.

STOPPED ON TRACK

<MC>Dirección: Andreas Dresen.

Intérpretes: Milan Peschel, Steffi Kühnert, Talisa Lilli Lemke, Mika Nilson Seidel, Ursula Werner.

Género: drama. Alemania, 2011.

Duración: 110 minutos.

A través de un hiperrealismo casi documental, acrecentado por la cámara en mano y una imagen en digital cercana a la del vídeo casero, la película solo escapa de la crudísima cotidianidad en un par de secuencias, entre el onirismo, la comedia negrísima y el surrealismo; una en la que la radio informa en sus boletines de noticias acerca del estado de la enfermedad del protagonista, y otra en la que un personaje de comedia grotesca, que interpreta al propio tumor cerebral aunque sin disfraz alguno, acude a un programa nocturno de variedades como invitado para una entrevista. Dos atrevimientos narrativos, en la cuerda floja de la heterodoxia suicida, que, sin embargo, se encuentran entre lo mejor de un guion que, por otra parte, es puro realismo. Porque, más allá de estas dos secuencias, el resto es simplemente desolador; una radiografía del horror difícil de soportar en la que todo lo que ocurre resulta moralmente responsable por parte del director, con una única excepción, sin duda lo peor de una función en general notable: colocar a un enfermo del cerebro con problemas de memoria a armar una litera de Ikea parece un capricho del director y guionista, un modo cruel y poco plausible de maltratar al enfermo para, de paso, poner aún más de los nervios al espectador.

Dresen, objeto estos días de una retrospectiva sobre su obra en el Festival de Cine Alemán celebrado en Madrid (en España solo se han estrenado comercialmente las meritorias Encuentros nocturnos, de 1999, y En el séptimo cielo, de 2008, aunque aún mejor era Halbe treppe, exhibida en la Seminci de 2002), es un cineasta acostumbrado al realismo social de impacto, sin envoltorios formales. No en vano, con En el séptimo cielo se había atrevido a romper el tabú del sexo en la ancianidad, incluyendo momentos de desnudos y orgasmos de gran autenticidad, aunque en una película sensible, cálida y respetuosa dentro de su evidente transgresión. Además, sin ser un cineasta moral, Dresen siempre tiene un toque en el último minuto que le hace tomar partido, llevando al espectador hasta el debate ético. Aquí, con una última frase, pronunciada por la hija mayor del protagonista casi como el que pasaba por allí, al mismo tiempo comprensible y atroz, desvergonzada pero profundamente humana.

Lejos de películas sobre temas semejantes más o menos recientes, caso de la francesa Declaración de guerra (Valérie Donzelli, 2011) o el documental español Las alas de la vida (Antoni. P. Canet, 2006), en las que junto a la claudicación y la desesperación se abrían las puertas a la alegría de vivir, Stopped on track es la muerte sin aditivos. Algo, por desgracia, mucho más extendido.

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